Teresa cumplió su amenaza esa misma tarde.
Mi padre me llamó a las cinco.
—Mariana, ¿puedes venir mañana a comer?
—¿Te llamó Teresa?
Hubo una pausa.
—Vino personalmente.
Cerré los ojos.
—Papá, no tienes que darle nada.
—Ya lo sé.
Su tranquilidad me preocupó más que si hubiera gritado.
—Trae a Diego.
Al día siguiente llegamos a casa de mis padres.
Teresa ya estaba sentada en el comedor.
Había llevado una carpeta.
Diego evitaba mirarme.
Mi padre, Roberto, sirvió café y preguntó:
—Entonces, Teresa, ¿qué necesitas exactamente?
Ella abrió la carpeta.
—No es para mí. Es para ellos. Su hija gana muy poco y Diego está cargando prácticamente con el matrimonio.
—¿Cuánto quieres que les dé?
—Veinticinco mil pesos mensuales.
Mi padre sacó el teléfono.
Abrió la calculadora.
—Perfecto.
Teresa sonrió.
Yo casi me levanté.
—Papá…
—Espera.
Tecleó durante unos segundos.
—Mariana y Diego llevan casados cuatro años. El departamento donde viven es mío. Un departamento similar se renta actualmente por aproximadamente veintidós mil pesos mensuales.
Diego bajó la mirada.
—Son alrededor de un millón cincuenta y seis mil pesos de renta que no han pagado.
Teresa dejó de sonreír.
Mi padre continuó.
—Yo pagué también el refrigerador, la lavadora y parte de los muebles cuando se casaron. Pero olvidemos eso.
Giró el teléfono hacia Diego.
—Ahora quiero entender otra cosa.
Mi esposo tragó saliva.
—¿Qué?
—Ganas cincuenta y ocho mil pesos mensuales.
Diego asintió.
—Mariana me dice que ella paga mantenimiento, internet, gas y buena parte de la despensa.
Silencio.
—Así que explícame dónde está tu dinero.
Teresa intervino.
—Mi hijo ahorra.
Mi padre miró a Diego.
—Excelente. ¿Cuánto tienes ahorrado?
Diego no respondió.
Yo lo observé.
Nunca le había hecho esa pregunta directamente.
Diego siempre hablaba de “nuestro futuro”.
Supuse que tenía inversiones.
Tal vez un fondo.
—Diego —repetí—. ¿Cuánto?
—No sé exactamente.
Mi padre dejó el teléfono sobre la mesa.
—Un ingeniero que gana cincuenta y ocho mil pesos no sabe cuánto tiene ahorrado.
Teresa empezó a ponerse nerviosa.
—Roberto, eso no viene al caso.
—Viene completamente al caso si usted está pidiendo que yo entregue trescientos mil pesos al año porque su hijo supuestamente no puede comer.
Entonces mi padre dijo la cifra que hizo que Diego dejara de mirarlo a los ojos.
—En cuatro años, Diego ha recibido aproximadamente 2.784.000 pesos de salario bruto, sin contar prestaciones ni aumentos.
La habitación quedó muda.
—¿Dónde está el dinero?
Miré a Diego.
Por primera vez empecé a hacer mis propias cuentas.
La bicicleta.
Los aparatos.
Los viajes con amigos.
Nada explicaba semejante diferencia.
—Enséñame tus ahorros.
—Mariana, esto es ridículo.
—Enséñamelos.
—Son mis cuentas.
Aquella frase me dio la respuesta antes de ver un solo estado bancario.
Mis gastos eran “nuestros”.
Su dinero era “suyo”.
Me levanté.
—Nos vamos.
Teresa también se puso de pie.
—¿Ves? Tu hija siempre hace dramas.
Mi padre habló sin levantar la voz.
—Y otra cosa, Teresa.
Ella se volvió.
—Si cree que mi hija es una carga para Diego, puedo resolverlo hoy mismo.
Sacó unas llaves.
—El departamento es propiedad mía. Mariana puede vivir allí mientras yo quiera. Diego no tiene ningún derecho automático a vivir gratis en una propiedad que no es suya.
Teresa palideció.
—¿Lo estás amenazando?
—Estoy haciendo exactamente lo que usted hizo.
Mi padre guardó las llaves.
—Poner números sobre la mesa.

Aquella noche Diego finalmente me mostró parte de sus cuentas.
Y descubrí algo que me dolió más que los insultos de Teresa.
Durante casi tres años había transferido entre ocho y doce mil pesos mensuales a su madre.
—¿Para qué?
—Gastos.
—¿Qué gastos?
Teresa tenía casa propia y una pensión.
Diego se quedó callado.
Revisamos más movimientos.
Había pagos de una camioneta que yo creía que Teresa había comprado con sus ahorros.
Diego la estaba pagando.
También cubría su tarjeta departamental.
Su teléfono.
Dos viajes.
Y varias compras que jamás me había mencionado.
No era ilegal.
Era su dinero.
El problema era la mentira.
Mientras Teresa me llamaba mantenida, su hijo utilizaba miles de pesos cada mes para mantenerla a ella.
—¿Ella sabe cuánto pagas?
Diego miró el suelo.
—Sí.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
—Entonces cuando vino a exigirle veinticinco mil pesos a mi padre…
—Mamá piensa que tu familia tiene más posibilidades.
—No. Tu mamá quería que mi padre financiara nuestra casa para que tú pudieras seguir financiándola a ella.
Diego intentó tocarme.
Retrocedí.
—No hagas eso.
Al día siguiente cambié la cerradura con autorización de mi padre.
No eché inmediatamente a Diego.
Le di tiempo para decidir qué clase de matrimonio quería.
Pero la llave de Teresa dejó de funcionar.
Cuando apareció aquella tarde y descubrió que no podía entrar, llamó furiosa.
—¡Soy su madre!
—Y esta no es su casa.
—Diego me dio una llave.
—De una propiedad que no es de Diego.
Después puse un límite que debí establecer años antes.
Teresa no volvería a entrar sin invitación.
Y nuestro refrigerador dejó de ser su despensa particular.
Diego y yo iniciamos terapia de pareja.
Duramos cinco meses.
El matrimonio no sobrevivió.
No porque ayudara económicamente a su madre.
Yo habría podido entenderlo si hubiese sido transparente.
Terminó porque durante años permitió que Teresa me llamara inútil mientras él conocía perfectamente la verdad.
Incluso peor, había participado en la idea de pedirle dinero a mi padre.
—Solo quería aliviar presión —me dijo durante nuestra última sesión.
—¿Qué presión?
No supo responder.
—Vivías gratis. Yo pagaba buena parte de los gastos cotidianos. ¿Qué presión querías aliviar?
Finalmente lo dijo.
—Quería tener más dinero disponible.
Ahí terminó todo.
Nos divorciamos sin guerra.
Mi padre nunca le cobró aquellos años de renta. Aquella cifra no había sido una deuda.
Había sido un espejo.
Yo continué trabajando en el salón.
Un año después alquilé un pequeño local con otra técnica.
Después contratamos a una tercera.
Nunca me convertí en una magnate.
No necesitaba hacerlo.
Ganaba mi dinero haciendo un trabajo que me gustaba y, por primera vez, nadie podía utilizar mi sueldo para medir cuánto respeto merecía.
Teresa me encontró una tarde saliendo del local.
—Diego está gastando muchísimo en renta ahora.
La miré.
—Lo siento.
—Tu padre podría haberle permitido quedarse.
—Pero según usted, Diego me mantenía.
Teresa cerró la boca.
Sonreí.
—Entonces supongo que ahora debería resultarle más barato vivir sin mí.
Seguí caminando.
Aquella mañana, Teresa había ido a buscar veinticinco mil pesos mensuales.
Mi padre no le dio un centavo.
Solo abrió una calculadora.
Y resultó que eso era mucho más peligroso.
Porque cuando pusimos todos los números sobre la mesa, descubrimos que la mujer que supuestamente vivía del salario de su marido era quien llevaba años sosteniendo buena parte de la casa.
Y el ingeniero que “no tenía ni para comer” sí tenía dinero.
Simplemente había decidido que mantener a su madre era obligación suya… y financiar esa decisión debía convertirse en obligación de mi padre.