PARTE 2: CUANDO DESCUBRÍ QUE MI ESPOSO LLEVABA MESES CUIDANDO A SU BECARIA COMO JAMÁS ME HABÍA CUIDADO A MÍ, DEJÉ DE LUCHAR POR NUESTRO MATRIMONIO… Y ÉL SOLO ENTENDIÓ LO QUE HABÍA PERDIDO CUANDO YA ERA DEMASIADO TARDE.

No dije nada durante el resto del trayecto.

Ni una pregunta.

Ni una acusación.

Ni siquiera volví a mirar a Camila.

Cuando llegamos a Linhai, Nicolás estacionó frente al centro de exposiciones.

Camila abrió los ojos lentamente.

—¿Ya llegamos?

—Sí —respondió él.

Bajó inmediatamente para ayudarla con la mochila.

Yo seguí sentada.

Desde el asiento delantero vi cómo Nicolás sacaba una botella de agua del maletero, comprobaba que estuviera bien cerrada y se la entregaba.

Después señaló el edificio.

—Cuando termines, escríbeme.

Camila sonrió.

—¿Vendrás por mí?

Nicolás dudó.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

—Si seguimos cerca, sí.

Camila miró hacia donde yo estaba.

—Pero hoy es vuestro aniversario.

Él respondió:

—No pasa nada.

No pasa nada.

Tres palabras.

Eso era nuestro aniversario para él.

Camila finalmente se marchó.

Cuando Nicolás regresó al coche, arrancó sin mirarme.

—Ahora sí podemos disfrutar.

Solté una pequeña risa.

—¿Disfrutar qué?

—El viaje.

—Ya no quiero ir.

Frenó la mano sobre el cambio.

—¿Otra vez vas a empezar?

—Déjame en la estación.

Me miró.

—Estamos a horas de casa.

—Lo sé.

—Clara, deja de hacer escenas.

Giré la cabeza.

—No estoy haciendo ninguna.

Y era verdad.

Nunca había estado tan tranquila.

—Quiero volver.

Nicolás me observó varios segundos.

—Todo esto porque llevé a una becaria.

—No.

—Entonces ¿por qué?

Lo miré.

Durante siete años había esperado que hiciera esa pregunta.

Ahora ya no necesitaba responderla.

—Porque estoy cansada.

Él resopló.

—Siempre estás cansada últimamente.

Aquello casi me hizo sonreír.

—Sí.

Me dejó frente a la estación treinta minutos después.

No bajó del coche.

Solo desbloqueó las puertas.

—Cuando se te pase el berrinche, llámame.

Saqué mi maleta.

Antes de cerrar, lo miré por última vez.

—Nicolás.

—¿Qué?

—No vuelvas por mí.

Él frunció el ceño.

—Qué dramática eres.

Cerré la puerta.

Mientras el coche desaparecía, mi teléfono vibró.

Era mi abogado.

“Puedo tener los documentos preparados mañana.”

Respondí:

“Hazlo.”

Volví sola a la ciudad.

Durante el viaje de tren, dormí.

Dos horas enteras.

Sin alguien despertándome.

Sin sentir culpa.

Sin preocuparme de si el hombre a mi lado tenía sed, hambre, sueño o mal humor.

Cuando abrí los ojos, lloré.

No por Nicolás.

Por mí.

Por todos los años en que pensé que descansar era egoísmo.

Llegué a casa antes que él.

Saqué una maleta pequeña.

No tomé los regalos que me había dado.

Ni las joyas.

Ni la vajilla que había elegido su madre.

Metí ropa, documentos, medicamentos y la caja donde guardaba los recuerdos de mi embarazo perdido.

Encontré dentro una pulsera del hospital.

La sostuve mucho tiempo.

Aquel día, después de la cirugía, Nicolás me había obligado a permanecer despierta durante cuarenta minutos de carretera porque “el conductor también sufría”.

Ahora recordaba cómo había acomodado el cojín detrás de la cabeza de Camila.

Y algo dentro de mí terminó de morir.

Dejé mi alianza sobre la mesa.

A las nueve de la noche, Nicolás llamó.

No contesté.

Después llegaron mensajes.

“¿Dónde estás?”

“Estoy en el hotel.”

“Deja de hacer tonterías.”

Una hora después:

“Camila terminó tarde. La llevé a cenar porque no había comido.”

Miré el mensaje.

No sentí nada.

Bloqueé la pantalla.

Al día siguiente firmé la solicitud de divorcio.

Mi abogado me preguntó:

—¿Quieres intentar mediación primero?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Hay infidelidad?

Pensé en ello.

No necesitaba demostrar una cama compartida.

Había cosas que dolían mucho antes de llegar a eso.

—No sé.

Hice una pausa.

—Y ya no me importa averiguarlo.

Dos días después, Nicolás regresó.

Yo había alquilado un pequeño apartamento temporal.

La mitad de mis cosas ya no estaba.

Cuando abrió la puerta de nuestra casa y vio los cajones vacíos, me llamó inmediatamente.

Esta vez contesté.

—¿Dónde demonios estás?

—En otro sitio.

—¿Qué significa eso?

—Que me fui.

Silencio.

—Clara, deja de jugar.

—No estoy jugando.

—¿Por Camila?

—No.

—Entonces vuelve.

—No.

Su respiración cambió.

—Somos marido y mujer.

—Por ahora.

—¿Qué significa “por ahora”?

—Los papeles te llegarán esta semana.

Silencio absoluto.

Después se rio.

Pero era una risa extraña.

—¿Divorcio?

—Sí.

—Por una tontería en un viaje.

—No.

Mi voz fue tranquila.

—Por siete años.

Nicolás dejó de hablar.

Continué:

—Por cada vez que me hiciste sentir culpable por necesitar descanso. Por cada vez que esperaste que yo recordara todo de ti mientras tú ni siquiera recordabas lo que yo no podía comer. Por cada vez que convertiste mis cuidados en obligación y los tuyos en privilegio para otra persona.

—Estás exagerando.

—Puede ser.

—Clara—

—Ya no necesito que estés de acuerdo conmigo.

Colgué.

Los papeles llegaron a su oficina dos días después.

Ese mismo día recibí diecisiete llamadas.

No respondí.

Después llamó su madre.

—Clara, Nicolás dice que quieres divorciarte.

—Sí.

—Los matrimonios tienen problemas.

—Este ya no es mi problema.

—¿Por una becaria?

Cerré los ojos.

—Señora Zhou, su hijo puede llevar a quien quiera en su coche.

Colgué también.

Durante las semanas siguientes, Nicolás pasó por todas las etapas que yo había vivido durante años.

Primero, desprecio.

“Volverás.”

Después, irritación.

“No tienes motivos.”

Después, negociación.

“Camila cambiará de departamento.”

Y finalmente, miedo.

“Clara, necesito verte.”

No acepté.

Hasta que mi abogado me llamó.

—Hay un problema.

—¿Qué pasó?

—Nicolás está rechazando firmar.

—¿Puede impedirlo?

—No para siempre.

Hizo una pausa.

—Pero hay algo más.

Nos reunimos esa tarde.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

—Solicitamos registros financieros porque hay bienes comunes que repartir.

—Sí.

—Encontramos pagos frecuentes de Nicolás.

—¿A Camila?

—A su nombre no.

Me mostró una cuenta.

Transferencias mensuales.

Hotel.

Comidas.

Viajes.

Un alquiler.

Todas iban hacia una empresa llamada Tang Consulting.

—¿Es de su familia?

—Eso parece.

Sentí un vacío.

—¿Desde cuándo?

Mi abogado señaló la primera fecha.

Once meses.

Camila llevaba oficialmente tres meses como becaria.

—Eso no tiene sentido.

—Exactamente.

Buscamos más.

Tang Consulting había recibido dinero mucho antes de que Camila apareciera en la empresa.

Y había algo todavía más extraño.

Un gasto médico.

Una clínica privada.

Una fecha de seis meses atrás.

—¿Qué es eso?

—No lo sabemos.

Mi teléfono sonó.

Nicolás.

Lo rechacé.

Inmediatamente llegó un mensaje.

“Tenemos que hablar de Camila. No es lo que piensas.”

Lo leí dos veces.

Respondí por primera vez en semanas.

“Entonces explícaselo a mi abogado.”

Cinco minutos después llegó otro.

“No puedo. Tiene que ver contigo.”

Me quedé inmóvil.

A la mañana siguiente, Nicolás apareció en la oficina de mi abogado.

Parecía no haber dormido.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—Clara, antes de que sigas con esto, necesitas saber algo.

—No necesito saber nada para divorciarme.

—Sí necesitas saber esto.

Abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía.

Camila.

Mucho más joven.

Junto a una mujer que reconocí inmediatamente.

Mi madre.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Dónde conseguiste esto?

Nicolás tragó saliva.

—Camila no llegó a mi empresa hace tres meses.

—Ya lo sé.

—La conocí hace casi un año.

—También lo sé.

Su mirada cayó.

—Ella se acercó a mí porque estaba buscándote.

Se me helaron las manos.

—¿Qué?

Sacó otro documento.

Era una partida de nacimiento.

Leí el nombre de la madre.

Después el apellido.

Tang.

Volví a mirar la fotografía.

—No entiendo.

Nicolás habló muy despacio.

—Tu madre conocía a la madre de Camila.

—¿Y?

—Antes de morir, dejó algo a su nombre.

—¿Qué cosa?

Él empujó una última hoja hacia mí.

Era una carta.

Reconocí la letra de mi madre.

Mis dedos empezaron a temblar antes de terminar la primera línea.

“Clara, si algún día Camila Tang llega a encontrarte, quiero que sepas que no es una desconocida.”

Levanté los ojos hacia Nicolás.

—¿Qué significa esto?

Él cerró los ojos.

—Significa que Camila no entró en nuestras vidas por casualidad.

Bajé otra vez la mirada.

La siguiente frase me dejó sin respiración.

“Ella es la hija que tu padre tuvo antes de casarse conmigo.”

El silencio llenó toda la oficina.

Mi abogado dejó lentamente el bolígrafo.

Yo apenas podía pensar.

Camila.

La mujer a la que había creído amante de mi esposo.

La mujer a la que él cuidaba con una intimidad que me había destruido.

Era mi media hermana.

Pero entonces levanté la cabeza.

—Eso no explica por qué le ocultaste todo.

Nicolás palideció.

—Lo sé.

—Ni por qué la llevabas a hoteles.

—Clara…

—Ni por qué la tratabas como si fuera más importante que yo.

Nicolás apretó los labios.

Y fue entonces cuando comprendí que todavía faltaba algo.

—¿Qué más estás escondiendo?

No respondió.

La puerta del despacho se abrió.

Camila estaba allí.

Tenía los ojos rojos.

En las manos sostenía otro sobre.

—Señora Zhou…

Por primera vez no me llamó Clara.

Se acercó lentamente.

—Nicolás no te contó toda la verdad porque yo se lo pedí.

Dejó el sobre delante de mí.

—Pero ya no puedo permitir que cargue solo con esto.

Abrí el documento.

Era un informe médico.

Mi nombre aparecía arriba.

La fecha correspondía al día de mi aborto espontáneo.

Leí las primeras líneas.

Después dejé de respirar.

Porque según aquel informe, lo que perdí siete años atrás quizá nunca había sido un aborto espontáneo.

Y Camila susurró:

—Tu madre me pidió que encontrara al médico que te atendió aquella noche.

Levanté los ojos.

—¿Por qué?

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Porque antes de morir descubrió que alguien había alterado tu expediente hospitalario.

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