PARTE 2: LA MANCHA DEL SUELO REVELÓ EL CRIMEN QUE CARMEN HABÍA OCULTADO DURANTE TREINTA AÑOS

—¡Deja ese abanico!

Mateo se lo arrancó de las manos y lo arrojó sobre la mesa. Las gotas rojizas continuaron cayendo de sus varillas negras, formando pequeños círculos sobre la madera.

Carmen soltó una carcajada seca.

—Ya es demasiado tarde.

Mateo encendió todas las luces de la cocina. Bajo la claridad, descubrió algo que le heló el cuerpo: el líquido no salía del abanico.

Brotaba de una grieta entre las baldosas.

—¿Qué hay debajo del suelo?

Carmen bajó la cabeza. Sus dedos se aferraron con fuerza a los brazos de la mecedora.

—Tu padre me obligó a guardar silencio.

Mateo sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Su padre, Julián, había desaparecido dieciocho años atrás. Carmen siempre aseguró que había abandonado a la familia por otra mujer. Desde entonces, nadie había vuelto a pronunciar su nombre dentro de aquella casa.

—¿Qué hizo papá?

La bombilla comenzó a parpadear nuevamente.

Carmen levantó los ojos llenos de lágrimas.

—No fue él quien se marchó.

Un golpe sordo resonó bajo las baldosas.

Mateo retrocedió.

El golpe volvió a escucharse.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Como si alguien estuviera llamando desde debajo de la cocina.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Mateo, sujetando a su madre.

Pero Carmen se resistió.

—No podemos dejarla sola otra vez.

—¿A quién?

La anciana señaló la mancha.

—A tu hermana.

Mateo quedó inmóvil.

—Yo no tengo ninguna hermana.

—La tuviste.

La confesión cayó sobre él como una piedra.

Carmen explicó que, antes de que Mateo naciera, ella había tenido una hija llamada Clara. La niña desapareció a los siete años, durante una noche de tormenta.

Julián dijo que Clara había escapado. La policía buscó durante semanas, pero jamás encontró rastros.

—Yo sabía que mentía —susurró Carmen—. Vi barro en sus zapatos y sangre en su camisa.

Mateo miró el suelo con horror.

—¿Está enterrada aquí?

Carmen comenzó a llorar.

—No tuve valor para levantar las baldosas.

Mateo tomó una barra de hierro del cobertizo. Regresó a la cocina y golpeó el suelo.

La primera baldosa se quebró.

Un olor húmedo y antiguo llenó la habitación.

Carmen gritó al reconocerlo.

—¡Detente!

Mateo siguió golpeando hasta abrir un agujero. Debajo encontró tierra negra, pedazos de tela infantil y una pequeña pulsera oxidada.

Carmen cayó de rodillas.

—Era suya.

Mateo sintió náuseas, pero continuó excavando. Unos centímetros más abajo, la barra chocó contra algo metálico.

No era un ataúd.

Era una caja fuerte.

La sacaron entre los dos. Dentro había documentos, fotografías y una cinta de casete cubierta de polvo.

Mateo encontró un viejo reproductor en el salón y colocó la cinta.

La voz de Julián surgió entre interferencias.

—Carmen, si estás escuchando esto, significa que no logré regresar.

La anciana se llevó ambas manos a la boca.

—Clara no está muerta. Aquella noche descubrí que mi hermano Esteban planeaba venderla a cambio de una deuda. Conseguí rescatarla, pero él amenazó con matar a Mateo, que acababa de nacer.

Mateo apretó los puños.

La grabación continuó.

—Llevé a Clara con una familia segura y escondí las pruebas bajo la cocina. Esteban me siguió. Si desaparezco, él será responsable.

La cinta terminó con un ruido violento y un grito lejano.

Carmen quedó completamente paralizada.

—Esteban nos dijo que Julián había huido —murmuró—. Él inventó toda la historia.

En ese instante, alguien golpeó la puerta principal.

Tres golpes lentos.

Mateo miró por la ventana.

Un anciano permanecía bajo la lluvia, sosteniendo un paraguas oscuro.

Era su tío Esteban.

—Abran —ordenó desde fuera—. Sé que encontraron la caja.

Mateo apagó las luces y llamó a la policía. Después fotografió rápidamente todos los documentos.

Esteban comenzó a golpear la puerta con violencia.

—¡Esas pruebas pertenecen a la familia!

La madera cedió.

El anciano entró con una expresión deformada por la rabia. Llevaba una herramienta pesada en la mano.

—Tu padre debió obedecerme —dijo mirando a Mateo—. Igual que tu madre.

Carmen se colocó delante de su hijo.

—Ya no te tengo miedo.

Esteban levantó el brazo, pero antes de que pudiera acercarse, varias sirenas iluminaron las ventanas.

Los agentes entraron y lo redujeron en el suelo.

Los documentos hallados en la caja demostraron que Esteban había participado en una red criminal y que Julián llevaba dieciocho años enterrado en un terreno cercano a la casa.

También revelaron la nueva identidad de Clara.

Vivía en otra ciudad.

Tres semanas después, una mujer de ojos oscuros llegó frente a la vieja casa. Carmen la reconoció antes de que pronunciara una sola palabra.

—Mamá.

Carmen corrió hacia ella y la abrazó llorando.

Mateo observó a su hermana por primera vez, incapaz de hablar.

Aquella noche retiraron todas las baldosas de la cocina.

No encontraron ningún cuerpo bajo el suelo.

Solo tierra húmeda y las pruebas que Julián había escondido para proteger a sus hijos.

Cuando instalaron el nuevo piso, la mancha desapareció para siempre.

Sin embargo, Carmen conservó el abanico negro.

Una madrugada, Mateo la encontró observándolo en silencio.

—¿Por qué no lo quemaste? —preguntó.

Carmen abrió lentamente el abanico.

Entre sus varillas apareció una última gota roja.

—Porque todavía falta descubrir quién grabó los últimos segundos de aquella cinta.

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