PARTE 2: ELEANOR POR FIN REVELÓ QUÉ HABÍA OCURRIDO LA NOCHE DEL INCENDIO, PERO HANNAH DESCUBRIÓ QUE ALGUIEN HABÍA PASADO CUARENTA AÑOS OCULTANDO LA VERDAD.

Hannah permaneció inmóvil.

La cicatriz no parecía el resultado de una caída ni de un accidente pequeño. Cubría casi toda la espalda de Eleanor, formando zonas irregulares de piel endurecida que habían sanado hacía décadas.

Eleanor recogió lentamente la esponja del suelo.

—No pongas esa cara.

—¿Quién te hizo esto?

La anciana apretó la esponja entre los dedos.

—Nadie.

—Eleanor…

—Fue un incendio.

Hannah se sentó frente a ella.

—¿Cuándo?

Eleanor tardó tanto en contestar que Hannah creyó que no lo haría.

—Hace cuarenta años.

Su voz había cambiado.

Ya no sonaba como la mujer mordaz que discutía sobre crucigramas y café. Sonaba pequeña.

Asustada.

—Marcus tenía seis años —continuó—. Vivíamos en una casa cerca de Rockford. Una noche desperté oliendo humo.

Hannah guardó silencio.

—El fuego estaba abajo. Corrí al dormitorio de Marcus. Lo saqué por una ventana del segundo piso y lo dejé sobre el techo del porche.

Eleanor se tocó el hombro.

—Después regresé.

—¿Por qué?

Los ojos de Eleanor se llenaron de lágrimas.

—Porque había otro niño dentro.

Hannah dejó de respirar por un instante.

Marcus era hijo único.

Eso figuraba incluso en la ficha familiar de Eleanor.

—¿Otro niño?

Eleanor cerró los ojos.

—Daniel.

El nombre salió como si llevara cuatro décadas atrapado detrás de sus dientes.

—Mi hijo menor.

Hannah sintió un escalofrío.

—¿Marcus tenía un hermano?

Eleanor asintió.

—Cuatro años.

La lluvia golpeaba suavemente la ventana.

—Entré por él. Parte del techo cayó mientras subía. Me quemé, pero conseguí llegar hasta su habitación.

Su voz se quebró.

—La cama estaba vacía.

Hannah frunció el ceño.

—¿Vacía?

—Busqué debajo. Abrí el armario. Grité su nombre.

Eleanor comenzó a temblar.

Hannah se acercó, pero no la tocó.

—¿Qué ocurrió con Daniel?

Eleanor abrió los ojos.

—Eso es lo que llevo cuarenta años intentando averiguar.

Antes de que Hannah pudiera preguntar más, alguien golpeó la puerta.

La jefa de enfermeras entró.

—Eleanor, tienes visita.

Marcus apareció detrás de ella.

La reacción de Eleanor fue instantánea.

Se cubrió la espalda y se puso la bata.

Marcus miró el recipiente con agua.

Después miró a Hannah.

—¿Qué está pasando?

—Nada —respondió Eleanor.

Pero Marcus había visto suficiente.

—¿Le mostraste la espalda?

Eleanor palideció.

Hannah sintió inmediatamente que algo no encajaba.

Marcus no había preguntado qué le ocurría.

Había preguntado si se la había mostrado.

—Marcus —dijo Eleanor—, vete.

—Mamá.

—He dicho que te vayas.

Él miró a Hannah.

—Necesito hablar contigo afuera.

—Puede hablar delante de mí —dijo Eleanor.

Marcus ignoró a su madre.

—Ahora.

Hannah salió al pasillo.

En cuanto la puerta se cerró, Marcus bajó la voz.

—Mi madre está confundida.

—No me pareció confundida.

—Tiene setenta y seis años.

—Eso no significa que tenga demencia.

Marcus apretó la mandíbula.

—No conoces nuestra historia.

Hannah recordó el nombre.

—¿Quién era Daniel?

El rostro de Marcus cambió.

Fue apenas un segundo.

Pero Hannah lo vio.

—No sé de qué estás hablando.

—Su hermano.

—Nunca tuve un hermano.

Demasiado rápido.

Demasiado firme.

Marcus dio un paso hacia ella.

—Escúchame. Mi madre sufrió un incendio cuando yo era niño. Desde entonces inventa detalles.

—¿Durante cuarenta años?

—Trauma. Culpa. Llámalo como quieras.

Sacó el teléfono.

—Voy a hablar con la administración. Desde hoy quiero que otra persona se encargue de ella.

Hannah sintió un golpe en el pecho.

—Eleanor confía en mí.

—Precisamente por eso.

Marcus se marchó.

Aquella tarde, Hannah encontró a Eleanor junto a la ventana.

—Marcus quiere que deje de atenderte.

La anciana soltó una risa amarga.

—Claro que quiere.

—Dice que Daniel nunca existió.

Eleanor se levantó.

Abrió el cajón inferior de su cómoda y sacó una vieja Biblia.

Entre sus páginas había una fotografía amarillenta.

Dos niños estaban sentados en unos escalones.

El mayor tendría seis años.

El pequeño, quizá cuatro.

En el reverso había una fecha.

Y dos nombres escritos con tinta azul:

Marcus y Daniel.

—Dios mío.

—Mi marido, Walter, dijo que Daniel murió en el incendio —explicó Eleanor—. Pero nunca me dejaron ver su cuerpo.

—¿Nunca?

—Estuve hospitalizada durante semanas. Cuando desperté, Walter dijo que ya habían celebrado el funeral.

Hannah sintió que se le erizaban los brazos.

—¿No había certificado de defunción?

—Lo había.

—Entonces…

—Yo lo vi años después.

Eleanor abrió otra página de la Biblia.

Había una copia doblada de un documento.

—Mira la fecha.

Hannah la leyó.

El supuesto certificado había sido emitido diecinueve días después del incendio.

—Eso puede ocurrir por trámites —dijo Hannah cuidadosamente.

—Mira quién declaró la identificación.

Hannah bajó hasta la firma.

Walter Vance.

El marido de Eleanor.

—Mi esposo identificó el cuerpo.

—¿Por qué eso te parece extraño?

Eleanor levantó la mirada.

—Porque Walter no estaba allí.

Hannah sintió frío.

—¿Dónde estaba?

—En Canadá.

Sacó otro papel.

Una tarjeta de embarque antigua.

La fecha coincidía.

—Guardé esto porque durante años pensé que estaba perdiendo la cabeza.

Eleanor se acercó.

—Pero eso no es lo peor.

Hannah apenas respiraba.

—¿Qué puede ser peor?

Eleanor señaló su cicatriz.

—Cuando desperté en el hospital, Walter me dijo que yo había provocado el incendio.

—¿Tú?

—Según él, había dejado una hornilla encendida.

Sus ojos se endurecieron.

—Lo creí durante veinte años.

—¿Y después?

—Encontré el informe original de los bomberos.

Eleanor abrió la última página de la Biblia.

Vacía.

Su expresión cambió.

Revisó otra vez.

Luego otra.

—No.

—¿Qué ocurre?

—Estaba aquí.

Empezó a sacar papeles frenéticamente.

—Eleanor.

—¡Estaba aquí esta mañana!

—¿Qué documento?

La anciana se volvió hacia Hannah.

—El informe que decía que el incendio comenzó con gasolina en la escalera.

Las dos quedaron en silencio.

Alguien había entrado en la habitación.

Y sabía exactamente qué buscar.

Hannah salió al pasillo y pidió revisar el registro de visitantes.

Sólo aparecía una persona aquella mañana.

Marcus Vance.

Pero cuando Hannah regresó, Eleanor sostenía algo que había encontrado en el fondo de la Biblia.

Un pequeño sobre que Hannah no había visto antes.

En el frente estaba escrito:

PARA ELEANOR. SI ALGUNA VEZ DESCUBRES LA VERDAD SOBRE DANIEL.

Eleanor se llevó una mano a la boca.

—Reconozco esa letra.

—¿De quién es?

La anciana empezó a llorar.

—De Walter.

Su marido llevaba muerto doce años.

Hannah abrió cuidadosamente el sobre.

Dentro había una llave diminuta y una nota con una dirección de Chicago.

Sólo contenía una frase más:

“Perdóname. Daniel no murió aquella noche.”

Entonces sonó el teléfono de Eleanor.

Marcus.

Hannah contestó.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Finalmente Marcus dijo:

—Hannah, sé que encontró la fotografía.

Ella sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Cómo sabes eso?

Silencio.

Después Marcus respondió:

—Porque Daniel acaba de llamarme.

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