PARTE 2: GIDEON CREYÓ QUE PODÍA CONSERVAR A SU AMANTE, SU EMPRESA Y MI TRABAJO, HASTA QUE HALCYON LE PUSO DELANTE LA CIFRA QUE PODÍA HACERLO PERDER TODO.

Gideon cerró la puerta antes de que el mensajero llegara al final del camino.

—Evelyn, espera.

Yo ya tenía una mano sobre la maleta.

—Mañana.

—No podemos esperar hasta mañana.

Casi sonreí.

Hacía diez minutos podía instalar a su amante embarazada en nuestra habitación y pedirme que durmiera en el estudio.

Ahora quince años parecían importarle muchísimo.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Halcyon tiene prisa?

Gideon miró el documento.

—El cierre estaba previsto para el viernes.

Aquello sí era información nueva.

—Me dijiste que seguían negociando.

Silencio.

Frances intervino:

—Los asuntos empresariales de Gideon no son asunto tuyo.

Gideon giró bruscamente.

—Mamá, cállate.

La expresión de Frances fue casi cómica.

Nunca le había hablado así.

Gideon volvió hacia mí.

—Halcyon ofrece ciento ochenta y cuatro millones por el setenta y dos por ciento de Mosaic.

Naomi levantó la cabeza.

Ella tampoco conocía la cifra.

—¿Ciento ochenta y cuatro millones? —repitió.

La miré.

Por primera vez comprendió que quizá sabía menos de Gideon de lo que creía.

—¿Y cuánto de esa valoración depende de Meridian? —pregunté.

Gideon tardó demasiado en responder.

—Es complicado.

—Entonces tus abogados podrán explicármelo.

Tomé la maleta.

Él bloqueó el paso.

—Evelyn, por favor.

—Apártate.

—Sólo necesito que firmes una extensión temporal de la licencia. Noventa días. Después negociamos lo que quieras.

Aquello confirmó mis sospechas.

No necesitaba mi firma para una formalidad.

La necesitaba para mantener viva la venta.

—Envíalo a mi abogado.

—Ni siquiera tienes un abogado corporativo.

—Todavía.

Pasé junto a él.

Esta vez no intentó detenerme.

A las once y veinte de la noche estaba en un hotel de West Hollywood.

No lloré hasta que cerré la puerta.

No por Naomi.

Ni siquiera por Gideon.

Lloré por la mujer de veintiséis años que había diseñado Meridian durante noches enteras porque creía que estaba construyendo algo con el hombre al que amaba.

Aquella mujer había aceptado propiedad intelectual en lugar de salario porque Mosaic no tenía dinero.

Había trabajado desde una mesa plegable.

Había convencido a dos antiguos clientes de contratar a Gideon.

Y cuando la empresa empezó a crecer, dejó su propia carrera en segundo plano porque alguien tenía que sostener la vida que ambos estaban construyendo.

Durante años, Gideon contó aquella historia de otra manera.

Él había creado Mosaic.

Yo había sido “su apoyo”.

Abrí la caja metálica.

Leí el contrato completo por primera vez en años.

A las doce y siete encontré la cláusula que hizo que me incorporara en la cama.

Al vencimiento, Mosaic debía cesar cualquier explotación comercial de los activos Meridian salvo renovación escrita.

Pero había otra disposición.

Cualquier sublicencia, transferencia corporativa o inclusión de esos activos en una operación de cambio de control requería mi consentimiento expreso.

Tomé el teléfono.

Llamé a Lena Ortiz.

Habíamos sido amigas desde la universidad.

Ahora era socia de un despacho especializado en propiedad intelectual.

Contestó medio dormida.

—Si esto no implica una muerte, te odio.

—Mi matrimonio acaba de morir. ¿Cuenta?

Cinco minutos después estaba completamente despierta.

Le envié el contrato y la carta de Halcyon.

A las doce cuarenta y tres volvió a llamarme.

—Evelyn, no firmes absolutamente nada.

—No pensaba hacerlo.

—No entiendes.

Su tono cambió.

—Esto puede ser mucho más grande que una renovación.

Me explicó que la carta de Halcyon mencionaba una “deficiencia material en cadena de titularidad”.

Eso significaba que sus abogados habían descubierto que Mosaic posiblemente había presentado como propios activos cuya propiedad seguía siendo mía.

—Necesito ver los documentos de la venta —dijo Lena—. Y cualquier contrato donde aparezca Meridian.

—No tengo acceso.

—Halcyon sí.

A la mañana siguiente, a las ocho y doce, recibí el primer mensaje de Gideon.

Feliz aniversario. Tenemos que hablar.

Lo miré durante varios segundos.

Después llegaron otros cuatro.

No respondí.

A las nueve, Lena ya había contactado con los abogados de Halcyon como mi representante.

A las diez y media recibimos una videollamada.

Había seis personas conectadas.

El abogado principal fue directo.

—Señora Price, necesitamos determinar qué derechos posee y qué información recibió usted sobre la transacción.

—Ninguna.

—¿Su esposo nunca le informó de que ciertos activos Meridian estaban incluidos entre los activos tecnológicos esenciales de Mosaic?

—No.

Silencio.

Una mujer de Halcyon miró hacia otra pantalla.

—¿Nunca autorizó su transferencia?

—No.

—¿Ni firmó una renovación?

—No.

Lena intervino.

—Nos gustaría recibir copia de cualquier documento que indique lo contrario.

El abogado de Halcyon dejó de escribir.

—Hay uno.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Qué documento?

Compartió una página en pantalla.

MERIDIAN INTELLECTUAL PROPERTY EXTENSION AND ASSIGNMENT.

Fecha: seis meses antes.

Duración: perpetua.

Y debajo aparecía una firma.

Evelyn Price.

Mi firma.

Excepto que yo jamás había firmado aquello.

—Eso es falso —dije.

Nadie habló durante unos segundos.

Lena se inclinó hacia la cámara.

—¿Quién proporcionó este documento?

El abogado respondió:

—Mosaic North Media.

—¿Específicamente?

Otra pausa.

—Según nuestros registros, fue incluido en el paquete de diligencia remitido desde la oficina ejecutiva del señor Price.

Sentí náuseas.

Gideon no sólo había olvidado que Meridian era mío.

Alguien había intentado hacer desaparecer ese problema falsificando mi consentimiento.

A las once y cinco, Lena envió una notificación formal disputando la autenticidad del documento.

A las once y diecisiete, Halcyon suspendió indefinidamente el cierre.

A las once y veintidós, Gideon empezó a llamarme.

Diecisiete veces.

No contesté.

A las doce apareció en el hotel.

No sé cómo averiguó dónde estaba.

Lena estaba conmigo cuando seguridad llamó desde recepción.

—El señor Price dice que es urgente.

—Que suba —dijo Lena.

Gideon entró sin chaqueta, con el cabello desordenado.

Parecía haber envejecido diez años.

—¿Qué les dijiste?

Lo miré.

—La verdad.

—Halcyon congeló todo.

—Lo sé.

—Si se retiran, perdemos la operación.

Lena corrigió:

—Usted pierde la operación.

Gideon apenas la miró.

—Evelyn, tienes que retirar la impugnación.

—¿Firmé esa cesión?

Su expresión cambió.

Eso bastó.

Me puse de pie.

—¿Firmé ese documento, Gideon?

—No es tan sencillo.

—Sí lo es.

—El acuerdo original estaba a punto de vencer. Los abogados necesitaban continuidad para la diligencia.

—¿Falsificaste mi firma?

—Yo no falsifiqué nada.

La frase salió demasiado rápido.

Lena lo notó también.

—Entonces sabe quién lo hizo —dijo.

Gideon se quedó callado.

Mi teléfono vibró.

Un correo nuevo de Halcyon.

Lena lo abrió primero.

Su rostro se endureció.

—Evelyn.

Me pasó la computadora.

Halcyon había iniciado una revisión interna de todos los contratos relacionados con Meridian.

Habían encontrado veintitrés.

Veintitrés acuerdos comerciales firmados durante nueve años.

Licencias para escenarios virtuales.

Sistemas de producción.

Plataformas para eventos.

Clientes internacionales.

Millones en ingresos.

Todos vinculados, directa o indirectamente, con mis diseños.

Y había algo más.

Una columna mostraba el supuesto titular de los derechos.

En diecisiete contratos figuraba Mosaic North.

En cinco, una subsidiaria que yo no conocía.

Pero el último pertenecía a una compañía llamada NK Creative Holdings LLC.

Miré las iniciales.

N. K.

Después miré a Gideon.

—¿Naomi Kerr?

Él palideció.

Lena abrió el registro corporativo adjunto.

La empresa había sido creada ocho meses antes.

Exactamente cuando Gideon decía que había comenzado la relación.

Y su administradora registrada era Naomi.

Gideon dio un paso hacia la computadora.

—Eso no debería estar ahí.

—¿Qué significa?

No respondió.

Entonces mi teléfono sonó.

Era un número desconocido.

Contesté.

—¿Señora Price? Soy Daniel Weaver, de Hollis, Brandt & Weaver. Necesitamos hablar inmediatamente.

—Estoy escuchando.

—Hemos encontrado el archivo original desde el que se generó la cesión con su supuesta firma.

Miré a Gideon.

—¿Y?

El abogado respiró.

—Los metadatos identifican al usuario que creó el documento.

Gideon cerró los ojos.

Pero Daniel continuó:

—No fue el señor Price.

Sentí que todo se detenía.

—Entonces, ¿quién?

Hubo un silencio breve.

—El archivo fue creado desde la cuenta corporativa de Naomi Kerr.

Levanté lentamente la mirada.

Gideon seguía pálido.

Pero ya no parecía un hombre sorprendido.

Parecía un hombre que llevaba meses esperando que aquel secreto finalmente saliera a la luz.

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