Tong Tieu Hoa miró el billete de lotería que su padre había dejado sobre el escritorio.
—¿Cuánto ganaron?
Tong Kien Quoc no respondió inmediatamente.
Abrió un cajón, sacó una carpeta y colocó delante de su hija varios documentos.
—Ya verificamos el boleto. También hablamos con un abogado y con el banco.
Tieu Hoa sintió que algo extraño estaba ocurriendo.
—Papá, ¿cuánto?
Su padre respiró profundamente.
—Después de impuestos y deducciones, nos corresponden casi cuarenta millones.
Tieu Hoa creyó haber escuchado mal.
—¿Cuarenta… millones?
Chu Tu Mai apareció en la puerta.
—Tu padre revisó los números tantas veces que pensé que iba a romper el boleto.
En cualquier otro momento, Tieu Hoa habría gritado de alegría.
Aquella noche sólo miró a sus padres.
Horas antes había estado en una vivienda vacía, llorando porque su esposo había desaparecido llevándose prácticamente todo lo que habían construido durante tres años.
Ahora había una fortuna sobre aquella mesa.
Pero lo primero que sintió no fue felicidad.
Fue claridad.
—Papá, ese dinero es de ustedes.
Tong Kien Quoc negó con la cabeza.
—Eso puede esperar. Primero resolveremos tu problema.
—No quiero utilizar su dinero para vengarme de Tuan Kiet.
—¿Quién habló de venganza?
Su padre empujó otra carpeta hacia ella.
—Hablo de impedir que te robe.
Dentro estaba la tarjeta de un abogado.
Tran Minh Duc, especialista en disputas patrimoniales y fraude financiero.
—Mañana a las nueve —dijo Tong Kien Quoc—. Ya tenemos cita.
Por primera vez desde que había encontrado la casa vacía, Tieu Hoa sintió que podía respirar.
A la mañana siguiente llevó todo.
Comprobantes de transferencias.
Recibos del depósito inicial.
Pagos de la hipoteca.
Fotografías de su dote.
Mensajes con Lu Tuan Kiet.
Incluso encontró conversaciones donde él reconocía que ambos habían pagado la vivienda.
El abogado pasó casi una hora revisando documentos.
Después levantó la cabeza.
—Hay algo que necesito comprobar inmediatamente.
—¿Qué?
—La venta.
Hizo varias llamadas.
Pidió registros.
Cerca del mediodía recibió un documento electrónico.
Su expresión cambió.
—Señora Tong, oficialmente usted autorizó la operación.
Tieu Hoa se levantó.
—¡Eso es imposible!
El abogado giró la computadora.
En el contrato aparecía su nombre.
Y debajo…
una firma.
Tieu Hoa sintió un escalofrío.
Se parecía muchísimo a la suya.
Pero no era suya.
—Yo estaba de viaje de negocios.
—¿Puede demostrarlo?
Tieu Hoa sacó inmediatamente su teléfono.
Billetes.
Reserva del hotel.
Registros de acceso de su empresa.
Incluso fotografías con fecha y ubicación.
Tran Minh Duc comenzó a escribir.
—Entonces ya no estamos hablando solamente de una disputa de divorcio.
La miró directamente.
—Podríamos estar hablando de falsificación documental y fraude.
Tieu Hoa recordó inmediatamente las palabras que había dicho a su suegra.

Los abogados y la policía vendrán uno por uno.
No imaginó que ocurriría tan rápido.
Aquella misma tarde presentó una denuncia.
También prepararon una solicitud para impedir que determinados fondos relacionados con la operación desaparecieran mientras se investigaba la venta.
Pero surgió otro problema.
El dinero ya se estaba moviendo.
La casa había sido vendida con una urgencia extraña y por debajo del valor esperado.
Parte del pago había pasado por una cuenta de Lu Tuan Kiet.
Después había sido distribuido.
Una transferencia a Lu Thuy Phan.
Otra a Lu Dinh Dinh.
Y una tercera mucho mayor hacia una cuenta que Tieu Hoa no reconocía.
—¿Quién es el titular? —preguntó.
El abogado negó con la cabeza.
—Todavía estamos averiguándolo.
Entonces sonó su teléfono.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Hola?
—Tieu Hoa.
Reconoció inmediatamente aquella voz.
Lu Tuan Kiet.
Durante varios segundos ninguno habló.
Finalmente él dijo:
—Escuché que estás causando problemas.
Tieu Hoa casi se rio.
—Vendiste nuestra casa utilizando una firma que no hice y dices que yo estoy causando problemas.
—No sabes lo que ocurrió.
—Entonces explícame.
Silencio.
—Retira la denuncia.
Aquellas tres palabras eliminaron cualquier duda que pudiera quedarle.
—¿Dónde estás?
—Eso no importa.
—Claro que importa. También quiero mis cosas.
Tuan Kiet suspiró.
—Olvídate de ellas.
—Mi joyería, la dote de mis padres, mis documentos…
—Tieu Hoa, escucha. Si sigues investigando, vas a arrepentirte.
La oficina quedó completamente silenciosa.
Tran Minh Duc levantó la mirada.
Tieu Hoa había activado el altavoz.
—¿Me estás amenazando?
Tuan Kiet pareció comprender demasiado tarde que había cometido un error.
—No quise decir eso.
—Entonces vuelve y dilo delante de la policía.
Colgó.
El abogado guardó la grabación.
—Eso nos servirá.
Pero Tieu Hoa estaba pensando en otra cosa.
Tuan Kiet no sonaba arrogante.
Sonaba nervioso.
Casi asustado.
Aquella noche, cuando regresó a casa de sus padres, encontró a su madre mirando varias cajas sobre la mesa.
—Llegaron para ti.
—¿Quién las envió?
—No tienen remitente.
Tieu Hoa abrió la primera.
Dentro estaba parte de su ropa.
La segunda contenía cosméticos y algunos objetos personales.
Pero faltaban todas las cosas de valor.
En la tercera encontró algo diferente.
Un viejo álbum de bodas.
Lo abrió.
Entre dos fotografías había un sobre.
Dentro sólo había una memoria USB y una nota escrita a mano.
“Si quieres saber por qué Tuan Kiet vendió la casa, mira esto antes de que él pueda borrarlo.”
Tieu Hoa levantó la cabeza.
—Papá.
Tong Kien Quoc conectó la memoria a una computadora que no utilizaban habitualmente.
Había varias carpetas.
Fotografías.
Extractos bancarios.
Contratos.
Y grabaciones de audio.
La primera conversación era entre Tuan Kiet y su madre.
—Cuando Tieu Hoa vuelva del viaje, ya será demasiado tarde —decía Lu Thuy Phan.
Después habló Tuan Kiet.
—¿Y si denuncia?
—Para entonces tendremos el dinero.
Tieu Hoa apretó los puños.
Pero la segunda grabación fue mucho peor.
Apareció la voz de Lu Dinh Dinh.
—¿Ella todavía cree que la casa es lo único que vendimos?
Silencio.
Después, una carcajada.
Tieu Hoa sintió que se le helaba la espalda.
Su padre detuvo el audio.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
Revisaron las carpetas.
Entonces Tieu Hoa encontró un documento con su nombre.
No estaba relacionado con la casa.
Era una solicitud financiera realizada seis meses antes.
Luego otra.
Y otra.
Había préstamos que ella jamás había solicitado.
El importe acumulado era enorme.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Usaron mis datos.
Tong Kien Quoc tomó el teléfono.
—Llamaré al abogado.
Pero antes de hacerlo, apareció una notificación en la pantalla de Tieu Hoa.
Era un mensaje de un número desconocido.
Una fotografía.
En ella aparecían Lu Tuan Kiet, su madre y su hermana dentro de un aeropuerto.
Detrás podía distinguirse un cartel de salidas internacionales.
Debajo había una frase:
“Si quieres recuperar lo que te quitaron, date prisa. La casa sólo fue el principio.”
Y segundos después llegó otro archivo.
Era la fotografía de un contrato firmado con su nombre.
Tieu Hoa amplió la imagen.
Leyó la primera página.
Luego la segunda.
Cuando llegó a la última cláusula, se quedó completamente inmóvil.
—Papá…
Tong Kien Quoc se acercó.
—¿Qué pasa?
Tieu Hoa levantó lentamente el teléfono.
Porque acababa de descubrir que Lu Tuan Kiet no sólo había utilizado su identidad para vender la casa y solicitar préstamos.
También había puesto como garantía algo que pertenecía a la familia Tong desde mucho antes de que ella se casara con él.