La fotografía permaneció sobre la mesa de la comisaría mientras yo intentaba convencerme de que estaba equivocada.
Pero conocía aquel rostro.
Lucía Herrera.
Mi mejor amiga desde la universidad.
La mujer que había dormido en mi apartamento después de cada ruptura, que tenía una copia de mis llaves y que incluso me había acompañado al banco dos meses antes para preguntar por la hipoteca.
—¿Está segura? —preguntó el investigador.
—Completamente.
La fotografía había sido tomada tres años atrás.
Lucía llevaba el cabello más corto, gafas oscuras y un vestido sencillo.
Pero era ella.
Estaba sentada junto a Daniel Brooks frente al funcionario que había registrado nuestro supuesto matrimonio.
Y delante de Lucía había una identificación.
La mía.
Sentí náuseas.
Entonces recordé algo.
El viaje durante el cual desapareció mi bolso.
Lucía había estado conmigo.
Fue ella quien lo encontró dos días después.
—Quiero hablar con ella.
El investigador negó lentamente.
—Primero hablaremos nosotros.
Esa misma tarde fueron a buscarla.
No estaba en su apartamento.
Su teléfono estaba apagado.
En su oficina dijeron que había solicitado vacaciones esa mañana.
Aquello eliminó cualquier posibilidad de una explicación inocente.
Lucía sabía que la habían descubierto.
La policía emitió una alerta.
Mientras tanto, Daniel seguía detenido.
Su abogado insistía en que él también había sido engañado.
Cuando me lo dijeron, casi me reí.
—¿Engañado? ¿Se casó durante tres años con una mujer que usaba mi identidad y nunca se dio cuenta?
El investigador cerró la carpeta.
—Eso mismo queremos preguntarle.
Dos días después me permitieron asistir a una parte del interrogatorio.
Daniel parecía muy diferente del hombre arrogante que había gritado por teléfono.
Estaba agotado.
—Yo conocí a esa mujer como Elena —dijo.
El investigador puso la fotografía de Lucía frente a él.
—Se llama Lucía Herrera.
Daniel negó con la cabeza.
—Para mí era Elena.
—¿Y nunca conoció a la verdadera mujer cuyo nombre utilizaba?
Daniel me miró por primera vez.
—No.
No sabía si creerle.
—Entonces, ¿por qué transferiste tus deudas a tu esposa?
Daniel apretó la mandíbula.
—Porque Elena me dijo que podía reorganizarlas legalmente utilizando nuestros bienes matrimoniales.
—¿Dos millones de yuanes?
—Mi empresa estaba quebrando.
Lo observé.
—Qué conveniente.
Daniel golpeó la mesa.
—¡Yo creía que estaba casado con ella!
El investigador intervino.
—Entonces explíquenos esto.
Sacó un documento bancario.
Daniel dejó de hablar.
Era una transferencia realizada apenas una semana después del matrimonio.
El dinero había salido de una de sus empresas y terminado en una cuenta vinculada indirectamente a Lucía.
Ochocientos mil yuanes.
Luego otra.
Trescientos mil.
Otra más.
Ciento cincuenta mil.
Lucía no había ayudado simplemente a falsificar un matrimonio.
Había recibido más de un millón.
—¿Por qué le pagaba?
Daniel bajó la mirada.
—No eran pagos.
—¿Qué eran?
Tardó demasiado en contestar.
—Inversiones.
Nadie le creyó.
Esa noche recibí una llamada.
Número desconocido.

Respondí.
Silencio.
Después escuché una respiración.
—¿Lucía?
Comenzó a llorar.
—Lo siento.
Sentí una rabia tan fría que ni siquiera pude levantar la voz.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo.
—Usaste mi nombre para casarte.
—No era así al principio.
—Entonces explícame cómo era.
Lucía respiró profundamente.
—Daniel necesitaba una esposa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Tenía problemas financieros. Había propiedades y préstamos que no podía mover sin levantar sospechas. Alguien le dijo que un matrimonio podía ayudar.
—¿Y elegiste mi identidad?
—Yo necesitaba dinero.
Aquellas cinco palabras destruyeron veinte años de amistad.
—¿Cuánto valía mi vida para ti?
Lucía lloró más fuerte.
—Pensaba arreglarlo.
—Durante tres años pudiste arreglarlo.
Silencio.
Entonces pregunté:
—¿Robaste mis documentos durante aquel viaje?
—Sí.
Cerré los ojos.
Finalmente lo había admitido.
—¿Daniel sabía que eras tú?
—Al principio, no.
Al principio.
Abrí los ojos.
—¿Y después?
Lucía dejó de llorar.
Su silencio cambió.
—Lucía.
Escuché ruido al otro lado.
Como una puerta cerrándose.
—Daniel descubrió la verdad unos meses después.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—Entonces mintió a la policía.
—Sí.
—¿Por qué continuó?
—Porque para entonces el matrimonio falso le resultaba útil.
Apreté el teléfono.
—¿Y tú seguiste ayudándolo?
—Tenía miedo.
—Recibiste más de un millón.
—No sabes todo.
Entonces su voz bajó.
—Daniel tampoco era quien dirigía esto.
Me quedé completamente quieta.
—¿Quién?
Lucía comenzó a hablar rápido.
—El matrimonio, las deudas, tu residencia… alguien preparó todo antes de que Daniel y yo nos conociéramos.
—Eso no tiene sentido.
—Tu nombre ya estaba seleccionado.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Seleccionado por quién?
Escuché tres golpes fuertes al otro lado de la llamada.
Lucía jadeó.
—Tengo que irme.
—¡Lucía!
—Busca la solicitud original del registro matrimonial.
—Ya la tiene la policía.
—No. Tienen la copia digital.
Su respiración se volvió desesperada.
—Busca el documento físico. Mira quién aparece como testigo.
La llamada terminó.
Marqué inmediatamente al investigador.
Veinte minutos después, la policía comenzó a buscar a Lucía mediante la ubicación aproximada de la llamada.
No la encontraron.
Pero sí solicitaron el expediente físico original de mi matrimonio.
Había permanecido archivado durante tres años en una oficina administrativa.
A la mañana siguiente me llamaron.
—Necesitamos que venga.
Cuando llegué, el investigador tenía el documento dentro de una funda transparente.
Me señaló la parte inferior.
Había dos firmas de testigos.
Una pertenecía a un hombre desconocido.
La segunda me resultó familiar.
Demasiado familiar.
Leí el nombre una vez.
Después otra.
—Esto es imposible.
—¿Reconoce a esa persona?
No pude responder inmediatamente.
Porque aquella firma pertenecía a alguien que tenía acceso a mi número de identificación desde que nací.
Alguien que sabía dónde vivía.
Dónde trabajaba.
Cuánto dinero tenía.
Y exactamente cuándo había perdido aquellos documentos.
Mi propio hermano, Adrián.
Saqué el teléfono con manos temblorosas y lo llamé.
No contestó.
Volví a marcar.
Nada.
Entonces el investigador recibió un mensaje.
Leyó la pantalla y su expresión cambió.
—Tenemos otro problema.
—¿Qué pasó?
Giró el teléfono hacia mí.
La policía acababa de localizar el automóvil de Lucía abandonado en un estacionamiento.
Dentro encontraron su bolso, su teléfono y una carpeta.
Pero Lucía había desaparecido.
Y en aquella carpeta había documentos correspondientes a otros seis matrimonios registrados con identidades aparentemente robadas.
Todos tenían algo en común.
El mismo testigo aparecía una y otra vez.
Adrián.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mi hermano.
Sólo decía:
«Si la policía encontró la carpeta de Lucía, no vuelvas a tu apartamento. Daniel nunca fue el hombre del que debías tener miedo».