PARTE 2: CUANDO LOS MÉDICOS REVISARON LAS “VITAMINAS” QUE MI SUEGRA LE DABA A MI HERMANA EMBARAZADA, DESCUBRIMOS QUE LA COMIDA ECHADA A PERDER ERA SOLO EL PRINCIPIO.

Mi padre llegó dieciocho minutos después.

Mi madre venía con él.

En cuanto vio a Abigail apoyada contra mí, dejó de hacer preguntas.

—Nos vamos al hospital.

Brenda se plantó frente a la puerta.

—Abigail no necesita ningún hospital. Está embarazada, no enferma.

Mi padre la miró con una frialdad que rara vez le había visto.

—Apártese.

—Esta es la casa de mi hijo.

—Y esa es mi hija.

Brenda cedió.

Durante el trayecto, Abigail permaneció en silencio, abrazándose el vientre.

Mi madre le ofreció agua.

Ella tomó apenas un sorbo.

—Despacio —murmuró—. Brenda dice que demasiada agua hace que me hinche.

Mi madre me miró.

Aquella frase fue suficiente para que ambas entendiéramos que el problema era mucho peor de lo que habíamos visto.

En urgencias, una enfermera tomó la presión de Abigail dos veces.

Luego llamó al médico.

Después llegó otro.

Le hicieron análisis de sangre, orina y una ecografía para revisar al bebé.

Yo esperaba fuera cuando mi madre salió de la habitación con los ojos húmedos.

—Está deshidratada.

—¿Y el bebé?

—Tiene latido.

Solté el aire que llevaba conteniendo.

Pero mi madre no parecía aliviada.

—¿Qué más?

Antes de responder, apareció la doctora.

—¿Familia de Abigail?

Entramos.

Abigail estaba conectada a líquidos intravenosos.

Parecía diminuta debajo de las sábanas blancas.

La doctora cerró la puerta.

—El bebé está estable por ahora, pero necesitamos mantener a Abigail bajo observación.

Mi padre preguntó:

—¿Por qué?

La doctora miró a mi hermana.

—Presenta anemia importante, deshidratación y varios desequilibrios nutricionales que no corresponden con lo que esperaríamos en una paciente que asegura estar tomando suplementos prenatales regularmente.

Sentí un escalofrío.

Las vitaminas.

El cajón que no había abierto.

—Abigail —pregunté—, ¿qué estabas tomando?

Ella señaló su bolso.

—Brenda me las daba todas las mañanas.

Busqué dentro.

Había un pequeño pastillero blanco.

La doctora lo tomó.

—¿Estos son sus suplementos?

—Sí.

—¿Tiene los envases originales?

Abigail negó con la cabeza.

—Brenda decía que ocupaban demasiado espacio. Ponía todo aquí cada domingo.

Mi padre se quedó inmóvil.

—¿Nunca viste los frascos?

—Al principio sí. Después ella empezó a prepararlos.

La doctora dejó el pastillero sobre una bandeja.

—No tome ninguna más hasta que sepamos exactamente qué contienen.

Entonces Abigail comenzó a llorar.

—Hay algo que no les he contado.

Me senté junto a ella.

—Dímelo.

Miró hacia la puerta, como si todavía esperara que Brenda pudiera entrar.

—Hace unas semanas empecé a marearme mucho. Le dije a Brandon que quería ir al médico.

—¿Y?

—Su mamá dijo que estaba exagerando.

—¿Brandon qué hizo?

Abigail cerró los ojos.

—Le creyó.

Mi padre apretó la mandíbula.

Pero ella todavía no había terminado.

—Después empecé a vomitar algunas comidas. Brenda decía que era porque mi cuerpo rechazaba la comida moderna y comenzó a prepararme platos diferentes.

Recordé aquel pescado.

—¿Diferentes cómo?

—Sobras. Cosas muy saladas. A veces comida que llevaba varios días en el refrigerador.

Mi madre se tapó la boca.

—¿Por qué no nos llamaste?

Abigail empezó a llorar con más fuerza.

—Porque cada vez que intentaba hacerlo, Brenda estaba cerca.

Entonces sacó su teléfono.

Había algo que yo no había notado.

La pantalla estaba rota.

—¿Qué pasó?

—Lo dejó caer.

—¿Quién?

Abigail me miró.

—Brenda.

Silencio.

—Dijo que fue un accidente. Después convenció a Brandon de que yo estaba demasiado ansiosa y que las redes sociales me hacían mal.

—¿Te quitaron el teléfono?

—No exactamente.

Me mostró la configuración.

Varias aplicaciones tenían restricciones.

Algunos contactos estaban bloqueados.

Entre ellos estaban mi número, el de mamá y el de papá.

Sentí que se me helaban las manos.

—Abigail, yo te escribía todos los días.

—Lo sé ahora.

Me miró destrozada.

—Brenda me decía que ustedes estaban ocupados.

Mi padre salió de la habitación sin decir palabra.

Lo seguí hasta el pasillo.

—Papá.

Sacó su teléfono.

—Voy a llamar a Brandon.

—Espera.

—Ese hombre permitió esto.

—Primero necesitamos saber qué son esas pastillas.

Mi padre respiró profundamente.

Tenía razón y lo sabía.

Regresamos.

Dos horas después, la doctora volvió acompañada por otro médico.

Su expresión había cambiado.

—Necesitamos hacer más pruebas.

Mi estómago se cerró.

—¿Qué encontraron?

—Algunas de las tabletas del pastillero parecen suplementos normales.

Hizo una pausa.

—Pero otras no coinciden con las vitaminas prenatales que Abigail tenía prescritas.

Mi madre se puso de pie.

—¿Qué significa eso?

—Significa que necesitamos identificar exactamente qué estaba tomando antes de sacar conclusiones.

La doctora miró directamente a Abigail.

—¿Alguien más tenía acceso a sus medicamentos?

Mi hermana respondió sin dudar.

—Mi suegra.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era Brandon.

Contesté.

—¿Dónde está Abigail?

No preguntó cómo estaba.

No preguntó por el bebé.

Preguntó dónde estaba.

—En el hospital.

Silencio.

Después escuché su respiración cambiar.

—¿Por qué la llevaste?

—Porque está enferma.

—Mi mamá dijo que hiciste una escena y te la llevaste sin permiso.

Me quedé helada.

—¿Sin permiso de quién?

—Nora, no compliques esto.

—Tu esposa está deshidratada, anémica y los médicos están analizando las pastillas que tu madre le daba.

Entonces ocurrió algo extraño.

Brandon dejó de discutir.

Completamente.

—¿Qué pastillas?

—Las del pastillero blanco.

Escuché algo caer al otro lado.

—Nora.

Su voz había cambiado.

—Escúchame con atención.

Miré a mi padre.

—Estoy escuchando.

—No dejes que la policía vaya todavía a la casa.

Aquello hizo que todos me miraran.

—Yo no mencioné a la policía.

Brandon permaneció callado.

Mi padre extendió la mano.

Activé el altavoz.

—¿Por qué estás hablando de la policía, Brandon?

—Porque conozco cómo reaccionan ustedes.

—Entonces ven al hospital.

—No puedo.

—¿Por qué?

Silencio.

Después dijo:

—Necesito encontrar algo primero.

La llamada terminó.

Mi padre ya estaba marcando otro número.

Pero antes de que pudiera hablar, Abigail se incorporó bruscamente.

—Nora.

—¿Qué pasa?

Su rostro había perdido todavía más color.

—La maleta.

—¿Qué maleta?

—Cuando recogiste mis cosas, no abriste el cajón de las vitaminas.

—No.

Abigail comenzó a temblar.

—Había otra cosa ahí.

Nos quedamos mirándola.

—¿Qué?

Se llevó una mano al vientre.

—Hace tres días escuché a Brenda y Brandon discutiendo. Él le dijo que tenía que detenerse porque los médicos podían darse cuenta.

Mi corazón comenzó a golpearme.

—¿Darse cuenta de qué?

—No lo sé. Cuando entré, dejaron de hablar.

Mi madre tomó su mano.

—¿Y qué había en el cajón?

Abigail tragó saliva.

—Un frasco marrón que nunca había visto.

—¿Tenía etiqueta?

Asintió.

—Sólo alcancé a leer una parte.

—¿Qué decía?

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

La doctora entró sosteniendo una bolsa transparente con una de las tabletas dentro.

Su expresión era grave.

—Abigail, necesito que me diga exactamente quién le entregaba estas pastillas cada mañana.

Mi hermana empezó a llorar.

—Brenda.

La doctora miró a mi padre.

—Entonces creo que ya es momento de llamar a la policía.

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