Me apoyé contra el escritorio y crucé los brazos.
—Profesor Gu, todavía no ha respondido.
Adrián fingió revisar unos documentos.
—¿A qué?
—A si está celoso.
—No.
Respondió demasiado rápido.
Sonreí.
—Entonces aceptaré el té de Ethan.
Su mano dejó de moverse.
—No.
—¿Por qué?
Adrián levantó finalmente la mirada.
—Tiene demasiado azúcar.
—Puedo pedirlo sin azúcar.
—La cafeína tampoco te conviene.
—Era té de frutas.
Silencio.
Tuve que morderme el labio para no reír.
Aquel hombre podía permanecer doce horas en un quirófano sin perder la calma, pero un residente con un vaso de té acababa de destruir todo su autocontrol.
Me acerqué un poco.
—Adrián.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre dentro del hospital.
Sus ojos cambiaron inmediatamente.
—¿Qué?
—Si no quieres que otros hombres me compren bebidas, podrías decirlo directamente.
Sus dedos se tensaron alrededor de la carpeta.
Durante unos segundos pensé que finalmente admitiría algo.
Pero alguien llamó a la puerta.
—Profesor Gu, lo esperan en quirófano.
Adrián cerró los ojos brevemente.
Cuando volvió a abrirlos, el famoso jefe de neurocirugía había regresado.
—Puedes irte.
Me dirigí hacia la puerta.
Entonces escuché:
—Sofía.
Me giré.
Adrián evitó mirarme.
—Esta noche llegaré temprano.
—¿Para hablar de mi seguridad alimentaria?
Sus orejas volvieron a ponerse rojas.
Salí antes de echarme a reír.
Durante los días siguientes decidí no mencionar el asunto.
Pero Ethan, sin saber absolutamente nada, parecía decidido a empeorarlo.
El viernes apareció durante el almuerzo.
—Sofía, unos compañeros iremos a cenar después del turno. ¿Vienes?
—Puede ser.
—Entonces paso por ti.
Una enfermera que estaba cerca sonrió.
—Doctor Chen, eso sonó sospechosamente como una cita.
Ethan se rio.
—Si Sofía quiere considerarlo una cita, no voy a protestar.
Varias personas comenzaron a bromear.
Entonces el pasillo quedó extrañamente silencioso.
No necesité girarme.
Adrián estaba detrás de nosotros.
—Profesor Gu —saludó Ethan.
Adrián asintió.
Después me miró.
—Estudiante Su, venga conmigo.
Casi suspiré.
—¿Otra observación sobre mi investigación?
Algunas enfermeras escondieron sonrisas.
Adrián permaneció impasible.
—Sí.
Lo seguí hasta una sala vacía.
En cuanto cerró la puerta, pregunté:
—¿Qué error cometí esta vez?
—Ninguno.
—Entonces…
—No vayas.
Parpadeé.
—¿A dónde?
—A cenar.
—¿Por qué?
Adrián apretó la mandíbula.
—Porque esta noche cenaremos juntos.
—¿Tenemos algún compromiso?
—Somos marido y mujer. ¿Necesitamos pedir cita para cenar juntos?
Lo miré sorprendida.
Él pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

Me acerqué.
—Entonces sí estás celoso.
Esta vez no lo negó.
Adrián bajó la mirada hacia mí.
—Sí.
Una sola palabra.
Pero mi corazón empezó a latir como si acabara de correr diez pisos.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
—Mientes.
Suspiró.
—Desde antes de casarnos.
Ahora fui yo quien quedó en silencio.
Adrián metió una mano en el bolsillo de su bata.
—Aquella cita no fue casual para mí.
—¿Qué quieres decir?
—Sabía quién eras.
Resultó que nos habíamos visto casi un año antes.
Yo ni siquiera lo recordaba.
Durante una conferencia, una estudiante se había desmayado en un corredor y yo había permanecido con ella hasta que llegó ayuda.
Adrián estaba allí.
Después preguntó mi nombre.
Meses más tarde, cuando su familia mencionó una posible cita con Sofía Su, él aceptó antes incluso de que terminaran de hablar.
—¿Entonces por qué actuaste como si casarte conmigo te diera igual?
—Pensé que si parecía demasiado interesado, te negarías.
Lo miré incrédula.
El brillante profesor Gu podía realizar una cirugía cerebral de altísima complejidad.
Pero aparentemente su estrategia romántica consistía en comportarse como un refrigerador.
—¿Y mantener el matrimonio en secreto?
Su expresión cambió.
—Eso sí tenía una razón.
Adrián explicó que yo todavía era estudiante de posgrado y él ocupaba una posición de autoridad en el hospital.
Aunque no fuera mi supervisor directo, cualquier rumor podía convertir mis logros en “favores del profesor Gu”.
Quería esperar hasta que terminara mi evaluación principal.
—No quería que nadie dijera que llegaste hasta aquí por mí.
Toda la irritación que había acumulado desapareció lentamente.
—Podrías habérmelo explicado.
—Lo sé.
—También podrías haberme dicho que preparaste el congee.
—Eso no puedo admitirlo.
Solté una carcajada.
Por primera vez vi a Adrián sonreír abiertamente.
Aquella noche cenamos juntos.
No como dos personas unidas por un acuerdo.
Como marido y mujer.
Y durante las siguientes semanas nuestro matrimonio secreto cambió.
Adrián comenzó a esperarme después del turno.
Yo dejaba café en su despacho.
En casa hablábamos hasta medianoche.
Una noche se quedó dormido sobre el sofá mientras revisaba mis apuntes y descubrí que había marcado cuidadosamente cada página donde yo había cometido un error.
Al final había escrito:
“Lo estás haciendo mejor de lo que crees.”
Guardé aquella hoja.
Sin embargo, en el hospital continuábamos fingiendo.
Hasta el día de mi presentación de investigación.
Había profesores, residentes y estudiantes reunidos en el auditorio.
Terminé mi exposición y recibí una de las mejores evaluaciones del grupo.
Al salir, Ethan me alcanzó con un ramo pequeño.
—Felicidades.
Acepté las flores.
—Gracias.
Entonces Ethan respiró profundamente.
—Sofía, ahora que terminó la evaluación quiero preguntarte algo.
Tuve un mal presentimiento.
—¿Quieres cenar conmigo este sábado? Solo nosotros dos.
Alrededor comenzaron los murmullos.
Antes de que pudiera responder, una voz fría llegó desde atrás.
—No puede.
Adrián.
Caminó hacia nosotros.
Ethan pareció confundido.
—Profesor Gu, sólo estaba…
—Lo escuché.
—Entonces sabrá que estaba preguntándole a Sofía.
—Precisamente.
Yo miré a Adrián.
Habíamos acordado mantener el secreto unas semanas más.
Pero él se detuvo frente a mí, tomó tranquilamente las flores de mis manos y se las devolvió a Ethan.
—Gracias por felicitarla.
Ethan parpadeó.
—¿Pero por qué no puede cenar conmigo?
Todo el corredor quedó en silencio.
Adrián me miró.
Vi la pregunta en sus ojos.
Esta vez la decisión era mía.
Sonreí y asentí apenas.
Entonces hizo algo que dejó petrificadas a las enfermeras del puesto de control.
Tomó mi mano.
Nuestros dedos se entrelazaron.
—Porque Sofía tiene planes conmigo.
Ethan frunció el ceño.
—¿Planes?
Adrián levantó nuestras manos.
En su dedo anular había vuelto a aparecer el anillo que llevaba tres meses escondiendo durante el trabajo.
—Sí.
Después dijo con absoluta tranquilidad:
—Tenemos que ir a casa de mis padres a cenar. Después de todo, ella es mi esposa.
Nadie respiró.
Una carpeta cayó al suelo.
La enfermera que meses atrás había jurado que la esposa del profesor Gu no trabajaba en el hospital abrió la boca sin emitir sonido.
Ethan me miró.
Luego miró nuestros anillos.
—¿Esposa?
—Desde hace tres meses —respondí.
Aquella tarde, la noticia recorrió todo el hospital antes de que llegáramos al ascensor.
Pero cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, el profesor Zhao apareció corriendo.
—¡Gu! ¡Sofía! Esperen.
Adrián detuvo el ascensor.
El profesor Zhao llevaba un sobre en la mano.
Ya no estaba sonriendo.
—Acaba de llegar una denuncia formal al comité académico.
Mi alegría desapareció.
—¿Una denuncia contra quién?
El profesor Zhao me miró.
—Contra ti.
Adrián dio un paso adelante.
—¿Por qué motivo?
Zhao dudó antes de responder.
—Alguien afirma que Sofía ocultó deliberadamente su matrimonio con un superior para obtener ventajas académicas.
Sentí que Adrián apretaba mi mano.
—Eso es falso.
—Lo sé —respondió Zhao—. Pero hay algo más.
Sacó una fotografía del sobre.
Era una imagen de Adrián y yo entrando juntos en nuestro edificio.
Había sido tomada dos semanas antes de nuestra boda.
En el reverso aparecía escrita una sola frase:
“Pregúntenle al profesor Gu qué hizo realmente para conseguir que Sofía Su aceptara casarse con él.”
Levanté la mirada.
Por primera vez desde que lo conocía, el rostro de Adrián perdió completamente el color.