Claudia apretó el teléfono contra su pecho.
—Es mi propiedad privada.
Sebastián extendió la mano.
—Entonces dime por qué estabas grabando a mi esposa.
—¡No estaba grabando!
—Claudia.
Nunca había escuchado aquel tono dirigido hacia ella.
Frío.
Militar.
Definitivo.
Varios soldados que pasaban por el corredor redujeron discretamente el paso.
Claudia miró alrededor y comprendió que ya no podía representar el papel de muchacha inocente.
—Está bien.
Desbloqueó el teléfono.
Pero antes de entregárselo, intentó borrar algo.
Sebastián fue más rápido.
Le quitó el aparato de la mano.
—¿Qué acabas de eliminar?
—Nada.
Él abrió la carpeta de eliminados recientemente.
Había un video.
El nuestro.
Claudia había grabado desde el pasillo casi toda la conversación sobre el divorcio.
Pero eso no fue lo que cambió el rostro de Sebastián.
Había enviado el archivo hacía menos de tres minutos.
A su madre.
Debajo aparecía la respuesta:
“Perfecto. Ahora haz que parezca que Valeria está abandonándolo por otro hombre.”
El pasillo quedó en silencio.
Sentí una extraña calma.
Después de dos años preguntándome si estaba exagerando, finalmente tenía una respuesta delante de mí.
Sebastián levantó lentamente los ojos.
—¿Qué significa esto?
Claudia empezó a llorar.
—Tu mamá solamente estaba preocupada.
—¿Preocupada por qué?
—Por ti.
—No vuelvas a responderme con evasivas.
Ella retrocedió.
—Sebastián, estás dejando que ella te ponga contra nosotros.
Casi me reí.
Nosotros.
Ahí estaba el verdadero problema.
Para Claudia, ella y la familia Rivas siempre habían sido un “nosotros”.
Yo era “ella”.
Incluso siendo la esposa.
Me acerqué a Sebastián.
—Devuélvele el teléfono. Ya vi suficiente.
—Yo no.
Su respuesta me sorprendió.
Abrió la conversación con su madre.
Había cientos de mensajes.
Sebastián comenzó a desplazarse.
Su rostro fue endureciéndose.
“Valeria volvió a llamar. Le dije que estabas ocupado.”
“Claudia te llevará la comida.”
“No regreses este fin de semana. Tu esposa necesita aprender a no depender tanto de ti.”
Luego apareció uno que reconocí inmediatamente por la fecha.
Nuestro primer aniversario.
Su madre había escrito:
“Valeria canceló la cena. Dice que está cansada y prefiere que no vuelvas.”
Me quedé helada.
—Yo nunca cancelé esa cena.
Sebastián levantó la mirada.
—Me dijo que tú no querías verme.
—Te esperé tres horas.
Su expresión se quebró.
Continuó buscando.
Encontró la noche de mi fiebre.
Claudia había escrito:
“Tu esposa llamó otra vez.”
Su madre respondió:
“No se lo digas. Está en ejercicios y no necesita dramas.”
Claudia:
“¿Y si realmente está enferma?”
La respuesta llegó segundos después.
“Que aprenda a arreglárselas sola.”
Sebastián dejó de respirar por un instante.
—¿Tú sabías?
Claudia empezó a negar con la cabeza.
—Yo pensaba que tu madre te lo contaría después.
—¿SABÍAS QUE ESTABA EN URGENCIAS?
Su voz retumbó por el corredor.
Un oficial apareció desde una oficina cercana.
—Capitán Rivas, ¿ocurre algo?
Sebastián recuperó inmediatamente el control.
—No, señor.
Después miró a Claudia.
—Vete.
Ella intentó tocarle el brazo.
—Sebastián…
Él retrocedió.
—No vuelvas a entrar al cuartel utilizando mi nombre sin autorización.
Claudia palideció.
—Pero siempre he venido.
—Eso terminó.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Esta vez no sentí satisfacción.
Solamente cansancio.
Claudia salió.
Sebastián permaneció mirando el teléfono durante varios segundos antes de entregármelo.
—Valeria…
—No.
Recogí la carpeta.
—Que tu madre haya manipulado cosas no borra tus decisiones.

Pareció sorprendido.
—Yo no sabía…
—Precisamente.
Lo miré directamente.
—Nunca quisiste saber.
Se quedó inmóvil.
—Podías llamarme. Podías preguntarme. Podías volver a casa. Podías recordar nuestro aniversario sin necesitar que tu madre administrara nuestra relación.
Cada palabra parecía hundírsele un poco más.
—Tienes razón.
No esperaba escucharlo.
—Creí que darte espacio era respetarte —continuó—. Creí que estabas acostumbrándote mal al matrimonio y que mi madre sabía cómo ayudarte.
Sentí una punzada amarga.
—¿Ayudarme?
—Ahora sé cómo suena.
—No. Ahora sabes cómo se ve desde afuera.
Abrí la puerta.
—Firma los papeles.
Esta vez no intentó detenerme.
Salí del cuartel.
Pensé que aquello terminaba ahí.
Me equivoqué.
Esa misma tarde, mientras empacaba algunas cosas en casa, alguien golpeó violentamente la puerta.
Era la madre de Sebastián.
Entró antes de que pudiera detenerla.
—¿Estás satisfecha?
Tenía el rostro desencajado.
—Mi hijo acaba de llamarme como si yo fuera una criminal.
—Eso tendrás que hablarlo con él.
—¡Yo salvé ese matrimonio durante dos años!
La miré incrédula.
—¿Salvarlo?
—Sebastián necesitaba una esposa adecuada. Discreta. Obediente. Alguien que entendiera su carrera.
Entonces comprendí algo.
—Por eso interferías en nuestros mensajes.
No respondió.
—¿Cuántas veces?
Silencio.
—¿Cuántas veces, señora Rivas?
Su expresión cambió.
—Más de las que imaginas.
Aquello dolió menos de lo esperado.
Quizá porque ya no quedaba mucho por romper.
—Salga de mi casa.
Ella sonrió.
—Pronto tampoco será tu casa.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
Sacó un sobre de su bolso y lo dejó sobre la mesa.
—Sebastián nunca te contó cómo se compró esta propiedad, ¿verdad?
Abrí el sobre.
Había documentos bancarios.
La casa figuraba relacionada con un fideicomiso familiar.
Pero algo no cuadraba.
Mi nombre aparecía en una página.
Debajo había una firma.
Supuestamente mía.
La observé.
—Yo jamás firmé esto.
Su madre perdió la sonrisa.
Demasiado tarde.
Tomé fotografías.
—¿Quién falsificó mi firma?
—No sabes lo que estás diciendo.
—Soy perfectamente consciente.
Ella intentó quitarme los documentos.
No se lo permití.
En ese momento se abrió la puerta.
Sebastián estaba allí.
Había escuchado suficiente.
Su madre palideció.
—Hijo…
Él no la miró.
Miraba la hoja que yo sostenía.
—Dámela.
Se la entregué.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Su expresión pasó de confusión a incredulidad.
—Mamá, ¿qué hiciste?
—Lo necesario para proteger el patrimonio familiar.
Sebastián levantó la vista.
—Esta firma no es de Valeria.
Nadie habló.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi abogado.
Había revisado la solicitud de divorcio y los documentos financieros que le había enviado aquella mañana.
Contesté.
—¿Sí?
Su voz fue inmediata.
—Valeria, necesito que no firmes absolutamente nada que te entregue la familia Rivas.
Miré a Sebastián.
—¿Por qué?
Hubo una breve pausa.
—Porque encontré algo en los registros patrimoniales.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué encontraste?
—Alguien presentó documentos usando tu nombre hace dieciocho meses.
La madre de Sebastián retrocedió hacia la puerta.
Él la vio.
Y también lo entendió.
—¿Qué documentos? —pregunté.
Mi abogado respiró profundamente.
—Documentos que transfirieron una propiedad y una cantidad considerable de dinero utilizando una autorización que supuestamente firmaste tú.
Sebastián cerró la puerta antes de que su madre pudiera salir.
—¿Cuánto dinero?
Escuché unas hojas moverse al otro lado de la llamada.
Entonces mi abogado dijo la cifra.
Ochocientos cuarenta mil dólares.
El rostro de Sebastián se volvió blanco.
Pero mi abogado todavía no había terminado.
—Y hay otra cosa, Valeria. El dinero no terminó en una cuenta de la señora Rivas.
—¿Entonces dónde terminó?
Silencio.
—En una cuenta vinculada a Claudia Ferrer.