La ceremonia estaba a punto de comenzar cuando el teléfono del asistente de Adrian volvió a sonar.
Contestó.
Su rostro cambió casi inmediatamente.
—Señor Wolfe…
Adrian ni siquiera se volvió.
—¿Encontraste a Emma?
—Creo que debería venir conmigo.
—Estoy a punto de casarme.
—Es sobre Emma.
Por primera vez, Adrian soltó lentamente la mano de Celeste.
Yo permanecía a pocos pasos de él.
Invisible.
Incapaz de hablar.
Incapaz de tocarlo.
Pero podía verlo todo.
El asistente le mostró el teléfono.
—La policía encontró sus pertenencias cerca de la costa esta mañana.
Adrian frunció el ceño.
—Entonces ve por ella.
—Señor…
—He dicho que la traigas.
El hombre tragó saliva.
—No pueden traerla como usted espera.
El salón quedó en silencio.
Celeste se acercó.
—Adrian, quizá deberíamos continuar con la ceremonia y resolver esto después.
Él no respondió.
Miraba fijamente al asistente.
—¿Dónde está Emma?
Antes de que pudiera contestar, las puertas se abrieron.
Dos agentes entraron acompañados por una mujer que llevaba una bolsa sellada con pertenencias recuperadas.
El murmullo de los invitados desapareció.
Uno de los agentes preguntó:
—¿Adrian Wolfe?
—Soy yo.
—Necesitamos hablar con usted sobre Emma Hayes.
Adrian perdió la paciencia.
—¿Está herida? ¿En qué hospital está?
El agente sostuvo su mirada.
—Señor Wolfe, lo siento.
Aquellas palabras fueron suficientes.
Vi cómo algo cambiaba en el rostro de Adrian.
Retrocedió.
—No.
Celeste intentó tomarle el brazo.
Él se apartó.
—No. Emma hace estas cosas para llamar mi atención.
Sentí una extraña calma al escucharlo.
Incluso entonces necesitaba creer que todo giraba alrededor de él.
El agente abrió la bolsa de pertenencias.
Dentro estaba mi teléfono.
Mi abrigo.
Y un recibo del crematorio.
Adrian lo reconoció.
Su expresión se congeló.
—¿Qué es eso?
Nadie respondió.
Entonces vio el nombre impreso.
MILA HAYES WOLFE.
—¿Por qué aparece el nombre de Mila?
El asistente bajó la cabeza.
Adrian lo miró.
—Te hice una pregunta.
—Porque Emma recogió sus cenizas ayer.
La respiración de Adrian se volvió irregular.
—¿Sus cenizas?
Celeste palideció.
Y entonces comprendí algo.
Adrian no sabía que Mila había sido cremada.
Porque después de todo lo ocurrido, ni siquiera se había ocupado de despedir a su propia hija.
—¿Dónde está la urna? —preguntó.
El agente respondió con cautela.
—Fue recuperada junto con Emma.
Adrian se agarró al respaldo de una silla.
El salón entero parecía contener la respiración.

Entonces sucedió algo que nadie esperaba.
El asistente sacó su teléfono.
—Señor Wolfe, hay otra cosa.
—¿Qué?
—Emma me envió varios archivos antes de desaparecer.
Adrian levantó la mirada.
—¿Qué archivos?
El hombre miró a los agentes.
—Documentos médicos.
Celeste dio un paso atrás.
Yo entendí inmediatamente.
Durante semanas había reunido pruebas.
Informes.
Autorizaciones.
Mensajes.
Registros de llamadas.
Todo aquello que demostraba cómo se habían tomado decisiones sobre Mila mientras yo rogaba que la protegieran.
El asistente continuó:
—También dejó instrucciones para que fueran entregados a un abogado si algo le ocurría.
Celeste reaccionó inmediatamente.
—Esto no tiene nada que ver con nuestra boda.
Uno de los agentes la miró.
—Eso tendremos que determinarlo.
Adrian abrió el primer archivo.
Leyó.
Después el segundo.
Sus manos empezaron a temblar.
—Esto dice que había otra alternativa.
Celeste no respondió.
—Celeste.
Ella apretó los labios.
—Los médicos dijeron que Leo tenía pocas posibilidades.
—No pregunté eso.
Adrian levantó la voz.
—¡ESTO DICE QUE HABÍA OTRA ALTERNATIVA!
Los invitados comenzaron a mirarse.
La boda perfecta estaba desapareciendo frente a todos.
Celeste susurró:
—Tú tomaste la decisión.
Adrian se quedó inmóvil.
Aquella frase atravesó la habitación.
Porque era verdad.
Él podía culpar a Celeste.
A los médicos.
A mí.
Al mundo entero.
Pero al final, había sido él quien decidió que Mila podía pagar el precio.
De repente miró hacia el altar.
Las flores blancas.
Las velas.
Leo esperando junto a Celeste.
La vida que había elegido.
Y por primera vez pareció comprender qué había dejado atrás para conseguirla.
—Quiero ver a Emma.
El agente negó suavemente.
—Eso no es posible ahora.
Adrian cerró los ojos.
—Entonces lléveme con ella.
Celeste lo agarró.
—¿Y nuestra boda?
Él abrió los ojos.
La miró durante mucho tiempo.
—¿Todavía estás pensando en la boda?
Celeste soltó su brazo.
Adrian salió del salón sin mirar atrás.
Yo fui arrastrada detrás de él por aquella fuerza invisible que todavía me mantenía ligada a su existencia.
Horas después, llegó el reconocimiento oficial.
Mi padre estaba allí.
Había envejecido diez años en una sola noche.
Cuando Adrian apareció, mi padre caminó hacia él.
No gritó.
No lo golpeó.
Sólo preguntó:
—¿Dónde estabas cuando murió tu hija?
Adrian no respondió.
—¿Dónde estabas cuando Emma te llamó anoche?
Silencio.
Mi padre volvió a preguntar:
—¿Dónde estabas?
Adrian cerró los ojos.
—Preparando mi boda.
Mi padre asintió lentamente.
—Entonces vivirás recordándolo.
Se marchó.
Adrian permaneció completamente solo.
Fue entonces cuando escuché nuevamente al sistema.
—Anfitriona.
Me sobresalté.
—¿Qué quieres?
—Se ha detectado una anomalía.
Frente a mí apareció aquella luz que había visto al comienzo de cada una de mis siete vidas.
—Tu misión terminó.
—Entonces déjame ir con Mila.
Hubo una pausa.
—Existe una última condición pendiente.
Miré a Adrian.
Estaba sentado, sosteniendo entre las manos una pequeña pulsera que había pertenecido a nuestra hija.
—¿Cuál?
La voz respondió:
—Adrian Wolfe debía comprender lo que perdió.
Casi me reí.
—Demasiado tarde.
—Correcto.
La luz comenzó a rodearme.
Por primera vez, pude sentir que aquella fuerza que me mantenía junto a él desaparecía.
Adrian levantó repentinamente la cabeza.
Miró directamente hacia donde yo estaba.
Me congelé.
Era imposible.
Pero sus labios pronunciaron mi nombre.
—Emma.
La luz aumentó.
—No puede verte —dijo el sistema—. Pero durante tres segundos podrá escucharte.
Después de siete vidas persiguiendo su amor, el universo me concedía tres segundos.
Adrian se puso de pie.
—Emma, por favor.
En otra vida habría usado aquellos segundos para preguntarle por qué nunca me eligió.
Esta vez no.
Miré al hombre por quien había desperdiciado siete oportunidades.
Y pronuncié únicamente:
—Mila y yo ya no te estamos esperando.
Adrian extendió la mano hacia un espacio que ya estaba vacío.
Entonces escuché una risa infantil.
Suave.
Familiar.
Me volví.
A cierta distancia había una luz cálida.
Y dentro de ella me esperaba aquello que reconocería en cualquier vida.
Mi hija.
Detrás de mí, Adrian seguía llamándome.
Pero por primera vez desde que comenzó aquella absurda misión, no me volví hacia él.
La séptima vida no terminó cuando Adrian dejó de amarme.
Terminó cuando finalmente dejé de necesitar que lo hiciera.