PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE CORRER DETRÁS DE ELLOS, DANIEL DESCUBRIÓ QUE LA PERSONA QUE SIEMPRE HABÍA DADO POR SENTADA YA SE ESTABA MARCHANDO.

—Entonces vayan ustedes —dije.

Clara parpadeó.

—¿No vienes?

—No me apetece comida picante.

Daniel me miró sorprendido.

—Pero antes comías cualquier cosa.

Sonreí.

—Antes hacía muchas cosas.

Regresé a recepción.

Durante las siguientes semanas dejé de participar en aquella rutina.

No compré desayunos.

No llevé cenas al departamento de I+D.

No esperé a Daniel hasta medianoche.

No organicé sus camisas.

Tampoco recordé por él los cumpleaños de su familia.

Simplemente trabajé mis últimas semanas y me fui a casa a mi hora.

Daniel tardó nueve días en darse cuenta.

—Sofía, estás rara.

Estábamos en su apartamento.

Yo había ido a recoger algunas cosas.

—Estoy cansada.

—¿Por lo del restaurante?

Casi me dio risa.

Todavía creía que todo había comenzado allí.

—Daniel, ¿sabes qué pedí aquel día?

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Exactamente.

Seguí guardando mis cosas.

—Llevamos cinco años juntos y ni siquiera recuerdas qué estaba comiendo cuando te marchaste sin mí.

—Fue una emergencia laboral.

—¿Y ayer?

—¿Qué pasó ayer?

Lo miré.

—Era mi cumpleaños.

Su cara quedó completamente blanca.

Sacó el teléfono.

Ahí estaba la fecha.

—Sofi…

—Clara sí recibió flores por su cumpleaños hace tres meses.

—Porque todo el departamento colaboró.

—Tú elegiste las flores.

Silencio.

Cerré la maleta.

Daniel finalmente pareció asustado.

—¿Estás terminando conmigo?

—Sí.

—¿Por esto?

Negué.

—No termino contigo porque olvidaste un restaurante o un cumpleaños.

Lo miré directamente.

—Termino contigo porque llevo años sintiéndome sola mientras estoy a tu lado.

Intentó abrazarme.

Retrocedí.

—¿Hay otro hombre?

Aquella pregunta confirmó que seguía sin entender nada.

—No necesito otro hombre para saber que ya no quiero este.

Me marché.

Dos semanas después ocurrió algo que Daniel tampoco esperaba.

Mi renuncia se hizo pública dentro de la empresa.

Clara bajó inmediatamente.

—¿Vas a dejar el trabajo?

—Sí.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque ya estaba decidido.

Pareció ofendida.

—Somos mejores amigas.

La miré durante varios segundos.

—Clara, dime tres cosas importantes que hayan ocurrido en mi vida durante este último año.

Abrió la boca.

Nada.

—¿Cómo está mi padre?

Silencio.

—¿Qué curso llevo seis meses estudiando por las noches?

Nada.

—¿Por qué fui al hospital en enero?

Su expresión cambió.

—¿Fuiste al hospital?

Asentí.

—Gracias por responder.

Me levanté.

Clara me agarró del brazo.

—Sofi, no puedes culparme porque Daniel y yo tengamos más cosas en común.

—No te culpo por eso.

Me solté.

—Te culpo por llamarte mi mejor amiga mientras me convertías en la persona encargada de llevarles comida a ti y a mi novio.

Aquella tarde entregué mi gafete.

Pero no me quedé desempleada.

El curso nocturno que Clara ni siquiera sabía que estaba estudiando era de diseño de experiencia de usuario.

Había empezado porque años atrás me gustaba dibujar interfaces y organizar información.

Lo abandoné cuando Daniel me convenció de aceptar temporalmente el puesto de recepción en su empresa.

“Después vemos algo mejor”, había dicho.

Pasaron cuatro años.

Yo dejé de buscar.

Hasta ahora.

Conseguí una posición junior en una pequeña empresa tecnológica.

El salario inicial no era espectacular.

Pero el primer día mi supervisora colocó un prototipo frente a mí.

—Sofía, queremos escuchar tu opinión.

Me quedé mirándola.

—¿Mi opinión?

—Claro. Para eso te contratamos.

Casi lloré.

Tres meses después Daniel apareció en la cafetería frente a mi nueva oficina.

—Supe que estás trabajando en diseño.

—Sí.

—Nunca me dijiste que te interesaba.

Lo miré tranquilamente.

—Te lo dije muchas veces.

Bajó los ojos.

Entonces entendió.

No era que yo hubiera sido silenciosa.

Él había dejado de escuchar.

—Clara y yo ya casi no hablamos —dijo.

—Lo siento.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Pensé que te importaría.

Sonreí.

—Ese es el problema, Daniel. Durante años pensaste que todo lo relacionado contigo tenía que importarme.

Se quedó callado.

Antes de irme preguntó:

—¿Hay alguna posibilidad de empezar otra vez?

—No.

No lo dije con rabia.

Y quizá por eso finalmente lo creyó.

Un año después regresé al antiguo edificio para una reunión entre empresas.

Pasé frente a recepción.

Había otra chica sentada allí.

Por un instante recordé a la Sofía que esperaba hasta medianoche con bolsas de comida, convencida de que ser necesaria significaba ser querida.

Mi teléfono vibró.

Era mi madre.

“¿Vienes a cenar? Tu padre está preparando tu plato favorito.”

Respondí inmediatamente:

“Sí.”

Salí del edificio sonriendo.

Aquel día en el restaurante pensé que Daniel y Clara me habían olvidado.

Con el tiempo comprendí algo mucho más importante.

Yo también me había olvidado de mí misma.

Y todo empezó a cambiar cuando, por primera vez, en lugar de correr detrás de ellos…

volví a sentarme, terminé mi almuerzo y elegí seguir mi propio camino.

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