Encendí la lámpara.
—No te muevas.
El hombre se quedó inmóvil.
Mi esposa abrió los ojos de golpe.
—Daniel, espera.
Me incorporé de la cama sin apartar la mirada del desconocido.
El estuche negro estaba abierto sobre la mesita.
Dentro había pequeños frascos, gasas, guantes y varios objetos médicos.
No era lo que había imaginado.
Pero tampoco entendía qué estaba viendo.
—¿Quién demonios eres?
El hombre levantó lentamente las manos.
—Mi nombre es doctor Adrian Keller.
—¿Doctor?
Miré a mi esposa.
Laura estaba completamente pálida.
—Daniel, por favor, déjame explicarte.
—Empieza ahora.
Adrian cerró cuidadosamente el estuche.
—Creo que debería hacerlo ella.
Eso consiguió enfurecerme todavía más.
—Un desconocido entra en mi dormitorio a la una de la mañana mientras duermo y ¿ahora resulta que tengo que esperar una explicación?
Laura se sentó lentamente.
Entonces vi algo que jamás había notado.
Al subirse la manga del pijama, aparecieron varias pequeñas marcas en su brazo.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Qué es eso?
Laura empezó a llorar.
—Tratamiento.
Una sola palabra.
Pero hizo que toda mi rabia se detuviera.
—¿Tratamiento para qué?
No respondió.
Adrian miró hacia la puerta.
—Deberíamos hablar en otro lugar. Su hija podría despertarse.
Como si hubiera invocado su nombre, escuchamos un pequeño ruido en el pasillo.
Sonia estaba allí.
Descalza.
Abrazando su conejo de peluche.
—Papá…
Corrí hacia ella.
—Está bien, cariño.
Sonia miró al hombre.
—Es él.
La cargué y la llevé nuevamente a su habitación.
—No pasa nada. Mamá está bien.
Sonia me observó con aquellos enormes ojos oscuros.
—Mamá siempre llora después de que él se va.
No supe qué decir.
La arropé y esperé hasta que volvió a cerrar los ojos.
Cuando regresé al dormitorio, Laura estaba vestida.
Adrian había salido.
—¿Dónde está?
—En la sala.
Cerré la puerta.
—Ahora dime la verdad.
Laura respiró profundamente.
—Hace cuatro meses encontraron algo en mis análisis.
Sentí inmediatamente un vacío en el estómago.
—¿Qué encontraron?
Ella bajó los ojos.
—Una enfermedad en la sangre.
No dio detalles.
No los necesitaba todavía.
La expresión de su rostro era suficiente para entender que aquello era serio.
—¿Cuatro meses?
Asintió.
—¿Y no me dijiste nada?
—Quería hacerlo.
—Cuatro meses, Laura.
Mi voz se quebró.
—He dormido a veinte centímetros de ti durante cuatro meses.
Ella empezó a llorar.
—Precisamente por eso.
No entendí.
Entonces señaló mi mesita.
La botella de pastillas para dormir estaba allí.
—¿Por qué siempre me preguntas si tomé una?
Laura guardó silencio.
Y entonces comprendí.
—¿Me estabas durmiendo deliberadamente?
—No.
—No me mientas.
—Las pastillas son tuyas, Daniel. Te las recetaron hace meses. Pero cuando empezaron los tratamientos nocturnos, yo sabía qué noches las tomabas y coordinaba las visitas para entonces.
Me quedé mirándola.
—¿Por qué?
—Porque no quería que me vieras así.
Aquello no tenía sentido.
—Podías ir al hospital.
Laura negó con la cabeza.
—Al principio lo hacía.

—¿Entonces?
Se secó las lágrimas.
—Alguien empezó a seguirme.
El dormitorio pareció enfriarse.
—¿Qué?
—Dos veces encontré el mismo automóvil afuera de la clínica. Después recibí una fotografía.
Sacó su teléfono.
Buscó algo.
Me mostró una imagen.
Era Laura entrando en un edificio médico.
La fotografía había sido tomada desde bastante lejos.
Debajo había un mensaje.
NO SE LO DIGAS A DANIEL.
Sentí que la piel se me erizaba.
—¿Quién envió esto?
—Número desconocido.
—¿Por qué no llamaste a la policía?
—Lo hice.
Me miró.
—No pudieron identificarlo.
Tomé el teléfono.
Había más mensajes.
SIGUE CON TU TRATAMIENTO.
MANTÉN A TU MARIDO FUERA DE ESTO.
Y después uno todavía peor.
Una fotografía de Sonia saliendo de la escuela.
Tuve que sentarme.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Hace tres semanas.
La rabia volvió, pero ahora era diferente.
Ya no estaba dirigida contra Laura.
—¿Y aun así no me dijiste nada?
—Porque el siguiente mensaje decía que si tú descubrías lo que estaba pasando, Sonia sería quien pagaría las consecuencias.
Miré hacia el pasillo.
Mi hija dormía a pocos metros de nosotros.
—¿Adrian sabe esto?
—Sí.
—¿Y por eso viene de noche?
Laura asintió.
—Es especialista y amigo de mi hermano. Organizó parte del tratamiento en casa para reducir mis visitas a la clínica.
Me pasé ambas manos por el rostro.
Durante horas había pensado que mi esposa me engañaba.
La verdad era mucho peor.
Alguien estaba observando a mi familia.
Entonces recordé algo.
—Esta mañana hablaste por teléfono.
Laura frunció el ceño.
—¿Qué?
—Dijiste: “Esta noche entonces… después de que él se duerma”.
—Era Adrian.
Cerré los ojos.
Todo encajaba.
Excepto una cosa.
—Sonia dijo que este hombre entra todas las noches.
Laura negó inmediatamente.
—Eso es imposible.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
—Adrian sólo viene los martes y viernes.
Sentí un escalofrío.
Era jueves.
Miré hacia la sala.
—Entonces ¿por qué está aquí esta noche?
Laura también pareció confundida.
Salimos inmediatamente.
Adrian seguía sentado junto al estuche.
—¿Por qué viniste hoy?
—Laura me llamó.
Ella se quedó inmóvil.
—No.
Adrian frunció el ceño.
—Recibí tu mensaje a las diez cuarenta y siete.
Sacó su teléfono.
Nos mostró la pantalla.
El mensaje provenía del número de Laura.
Ven esta noche. Después de que Daniel tome la pastilla.
Laura sacó su propio teléfono.
—Yo nunca envié eso.
Revisó los mensajes.
No aparecía.
Entonces escuchamos la voz de Sonia desde el pasillo.
—Papá.
Los tres nos giramos.
Estaba temblando.
—¿Qué pasa?
Sonia señaló hacia las escaleras.
—Ese no es el hombre que viene todas las noches.
Nadie habló.
Sentí cómo se me helaba la sangre.
—Sonia, míralo bien.
Ella miró a Adrian.
Negó lentamente.
—El otro es más grande.
Laura se llevó una mano a la boca.
Me arrodillé frente a mi hija.
—¿Qué hace el otro hombre?
Sonia bajó la voz.
—Entra a tu cuarto.
—¿Y después?
—A veces se queda mirándote.
Mi corazón comenzó a golpearme violentamente.
—¿A mí?
Ella asintió.
—Y abre el cajón que está debajo de tu escritorio.
Me puse de pie.
Fui directamente al despacho.
Abrí el cajón.
Documentos.
Pasaportes.
Papeles bancarios.
Todo parecía estar allí.
Hasta que vi una pequeña luz roja debajo del escritorio.
Me agaché.
Había un dispositivo diminuto pegado a la madera.
Adrian lo miró desde la puerta.
—No lo toque.
Laura abrazó a Sonia.
Yo saqué el teléfono para llamar a la policía.
Entonces la pantalla se iluminó.
Número desconocido.
Llegó una fotografía.
Había sido tomada hacía segundos.
Desde afuera de nuestra casa.
Mostraba a Laura abrazando a Sonia junto a la puerta del despacho.
Debajo apareció un mensaje.
TE DIJIMOS QUE SIGUIERAS DURMIENDO.
Corrí hacia la ventana.
La calle parecía vacía.
Entonces Sonia tiró suavemente de mi camisa.
—Papá…
—¿Qué?
Señaló hacia el piso superior.
—Creo que volvió.
Nos quedamos completamente quietos.
Y desde nuestro dormitorio llegó un sonido.
El lento crujido de una tabla de madera bajo el peso de alguien que caminaba.