A las ocho y veinte de la mañana, alguien comenzó a golpear la puerta.
No necesitaba mirar la cámara para saber quién era.
—Amor, abre.
La voz de Lucas sonaba irreconocible.
Dejé tranquilamente mi taza de café sobre la mesa.
—Sé que estás ahí.
No respondí.
—Por favor.
Aquella palabra casi me hizo sonreír.
Durante tres años, yo había pedido cosas mucho más pequeñas.
Que cenáramos juntos.
Que me acompañara en nuestro aniversario.
Que pusiera límites a Serena.
Que alguna vez me presentara públicamente como su esposa.
Siempre recibía la misma respuesta.
«No seas insegura».
«Serena sólo trabaja conmigo».
«Hay cosas de negocios que tú no entiendes».
Ahora, después de una sola noche, Lucas había aprendido a decir por favor.
Abrí la puerta.
Tenía el cabello desordenado y todavía llevaba el traje de la gala.
—¿Qué hiciste?
Ni siquiera dijo buenos días.
Me aparté.
—Entra.
Lucas caminó hasta la sala.
Entonces vio los documentos sobre la mesa.
El contrato de inversión original.
El acuerdo de derechos de voto.
La cláusula de recompra.
Y encima de todos ellos, nuestros papeles de divorcio.
Se quedó inmóvil.
—¿Divorcio?
—Sí.
—¿Estás loca?
Lo miré.
—Curiosa elección de palabras para alguien que necesita que yo vuelva a financiar su empresa.
Su rostro cambió.
—Entonces fuiste tú.
—Fui yo.
—¿Tú eres el accionista principal?
Negué lentamente.
—No exactamente.
Saqué otro documento.
—La participación pertenece a Aurelia Capital Holdings.
Lucas conocía ese nombre.
Todo el mundo financiero lo conocía.
Aurelia había invertido silenciosamente en Hunter Group cuando la empresa estaba al borde de la quiebra cinco años atrás.
Lucas siempre decía que había conseguido aquel respaldo gracias a su brillante plan de negocios.
Nunca preguntó demasiado por la identidad de los propietarios.
Le convenía creer que su talento había sido suficiente.
—Aurelia pertenece a mi familia —dije.
Lucas se dejó caer en una silla.
—Eso es imposible.
—Mi abuelo la fundó. Mi madre heredó el control. Cuando murió, las acciones pasaron a un fideicomiso del que soy beneficiaria y administradora.
Su boca se abrió ligeramente.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Por la misma razón por la que nunca usé mi apellido materno contigo.
Me senté frente a él.
—Quería saber si alguien podía quererme sin saber cuánto tenía.
El silencio respondió por él.
Lucas se pasó ambas manos por el rostro.
—Esto es una locura. Podemos arreglarlo.
—¿Qué parte?
—Todo.
Entonces sonó su teléfono.
Lo miró.
No contestó.
Volvió a sonar.
—El banco —murmuró.
—Deberías responder.
—Necesito que restaures la garantía primero.
Ahí estaba.
Ni siquiera habían pasado diez minutos.
No preguntó cómo me había sentido viendo a Serena con mi anillo.
No preguntó por qué había llegado al divorcio.
Preguntó por el dinero.
—Lucas, ¿sabes cuál fue tu mayor error?
—Llevar a Serena.
—No.
Lo miré directamente.
—Creer que yo era irrelevante porque nunca necesité demostrarte que era importante.
En ese momento sonó el timbre.
Era Serena.
Lucas palideció.
—No la invité.
Abrí.
Serena entró como una tormenta.
Todavía llevaba maquillaje de la noche anterior.
—Lucas, el consejo está reunido. Reed dice que necesitamos conseguir ciento ochenta millones antes del mediodía o los bancos pueden declarar incumplimiento cruzado.
Entonces me vio.
—¿Qué hace ella aquí?
La miré con curiosidad.
—Vivo aquí.
Serena soltó una risa nerviosa.
—No tenemos tiempo para esto.
Dejó su bolso sobre la mesa.
Y entonces vi el anillo.
Mi anillo.
—Quítatelo.
Serena miró su mano.
—¿Perdón?
—El diamante.
Lucas se levantó.
—Serena…
Ella frunció el ceño.
—Tú dijiste que podía usarlo.
La habitación quedó en silencio.
Giré lentamente hacia Lucas.
—¿Le dijiste que podía usar mi anillo?

—Sólo para la gala.
Serena finalmente comprendió algo.
—¿Su anillo?
Me acerqué.
—Lo elegí personalmente en Cartier.
Su rostro perdió color.
—Lucas me dijo que era un regalo corporativo.
Eso sí me sorprendió.
Lucas cerró los ojos.
Serena se quitó inmediatamente el anillo y lo dejó sobre la mesa.
—No sabía que era tuyo.
La observé durante un momento.
Quizá había disfrutado demasiado interpretando el papel de señora Hunter.
Pero empezaba a sospechar que Lucas también le había contado mentiras.
Entonces Serena vio los documentos.
—¿Aurelia?
Me miró.
Luego a Lucas.
—¿Ella es Aurelia?
—Su familia —respondió él.
Serena retrocedió.
Su expresión cambió por completo.
No hacia mí.
Hacia Lucas.
—Me dijiste que las acciones estaban dispersas entre fondos extranjeros.
Lucas guardó silencio.
—Me dijiste que después de esta ronda podríamos diluir al inversor original.
Ahí levanté la mirada.
—¿Diluir?
Serena comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
Lucas se volvió hacia ella.
—Cállate.
Me puse de pie.
—No. Continúa.
Serena tomó su bolso.
—Esto es entre ustedes.
—Hace treinta segundos estabas preocupada por ciento ochenta millones. Ahora tenemos tiempo.
Lucas agarró su brazo.
—Serena.
Ella se soltó.
—¡No me toques!
Por primera vez vi miedo real en su rostro.
—Pregúntale por Northbridge Consulting.
Lucas quedó blanco.
No reconocía el nombre.
Pero sí reconocí inmediatamente la reacción.
Tomé mi computadora.
—¿Qué es Northbridge?
—Nada —respondió Lucas.
Serena soltó una carcajada amarga.
—Claro.
Miré los movimientos financieros que había descargado durante la madrugada.
Busqué el nombre.
Y apareció.
Una transferencia.
Después otra.
Luego doce más.
Pequeñas al principio.
Cada vez mayores.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
En dieciocho meses, Hunter Group había transferido casi nueve millones de dólares a Northbridge Consulting por supuestos servicios estratégicos.
—¿Quién controla esta empresa?
Nadie respondió.
Abrí el registro corporativo que mi equipo había adjuntado al informe preliminar.
La sociedad estaba registrada mediante varias entidades.
Pero uno de los beneficiarios aparecía vinculado a un fideicomiso.
Leí el apellido.
Hunter.
—Lucas.
Él se levantó.
—Puedo explicarlo.
Volví a escuchar aquella frase.
La misma que siempre aparece justo antes de descubrir que la verdad es peor.
—Siéntate.
—No me hables como si fuera un empleado.
—Hasta ayer eras presidente de una empresa controlada por mi capital.
Hice una pausa.
—Hoy ni siquiera eres eso.
Su mandíbula se tensó.
Serena comenzó a llorar.
—Yo no sabía que estaba robando.
Lucas explotó.
—¡NO ROBÉ NADA!
Ese grito terminó de convencerme.
Tomé mi teléfono.
—Señor Reed.
Lucas cruzó rápidamente la sala.
—No llames a nadie.
Retrocedí.
—No te acerques.
Se detuvo.
—Si entregas esos documentos, no habrá vuelta atrás.
Lo miré durante varios segundos.
—Lucas, no hubo vuelta atrás desde el momento en que me dejaste vestida esperando en casa mientras otra mujer llevaba mi anillo.
La puerta volvió a sonar.
Esta vez entraron el señor Reed y dos abogados de Aurelia.
Reed colocó una carpeta negra frente a mí.
—Encontramos algo más.
Lucas dejó de respirar por un instante.
Abrí la carpeta.
No eran transferencias.
Eran correos electrónicos.
Uno había sido enviado seis meses antes por Lucas a un abogado externo.
El asunto decía:
REESTRUCTURACIÓN MATRIMONIAL Y PROTECCIÓN DE ACTIVOS.
Seguí leyendo.
Lucas había preguntado qué ocurriría con sus acciones en caso de divorcio.
Hasta ahí podía existir una explicación.
Pero el siguiente párrafo hizo que se me helaran las manos.
Preguntaba cómo demostrar que yo había abandonado el matrimonio.
Y adjunto al correo había un borrador de declaración.
Según aquel documento, yo había retirado dinero, abandonado nuestro hogar y mantenido una relación extramatrimonial.
Todo era falso.
—¿Estabas preparando esto contra mí?
Lucas no respondió.
Reed deslizó una última hoja hacia adelante.
—Eso no es lo peor.
Era una autorización firmada.
Supuestamente por mí.
La firma se parecía muchísimo a la mía.
Pero jamás había visto aquel documento.
Mediante ella, yo cedía ciertos derechos económicos relacionados con cualquier participación indirecta que pudiera tener en Hunter Group.
Levanté lentamente los ojos.
Lucas ya no parecía un esposo arrepentido.
Parecía un hombre atrapado.
—¿Falsificaste mi firma?
—Escúchame.
—¿La falsificaste?
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Reed sonó.
Atendió.
Escuchó durante unos segundos.
Entonces me miró.
—Tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Northbridge acaba de intentar transferir otros veintisiete millones fuera del país.
Lucas cerró los ojos.
Reed continuó:
—El banco bloqueó la operación.
Mi teléfono vibró inmediatamente.
Un mensaje de mi abogado.
Lo abrí.
Había una sola línea:
“No dejes salir a Lucas. Los investigadores vienen en camino.”
Levanté la mirada.
Pero Lucas ya estaba mirando hacia la puerta.