PARTE 2: ADRIAN CREYÓ QUE MI MADRE HABÍA MUERTO POR UNA TRAGEDIA INEVITABLE, HASTA QUE DESCUBRIÓ QUIÉN HABÍA FALSIFICADO SU FIRMA Y DÓNDE TERMINARON LOS VEINTIOCHO MIL YUANES QUE PODÍAN HABERLA SALVADO.

Adrian no me siguió cuando salí.

Por primera vez en ocho años, entendió que correr detrás de mí ya no serviría de nada.

Yo había dejado de esperarlo.

Dos horas después, recibió una llamada de su abogado.

—Señor Blake, necesitamos hablar de la demanda contra su madre.

—¿Qué encontró?

Hubo un silencio incómodo.

—Más de lo que esperaba.

Adrian condujo directamente al despacho.

Sobre la mesa había copias de contratos bancarios, transferencias y un documento con la firma de mi madre.

El abogado señaló una fecha.

—Su madre solicitó un préstamo de cuatrocientos mil yuanes usando como garantía la propiedad de la señora Elena Torres.

Adrian levantó la cabeza.

—¿Mi madre?

—Sí.

—¿Para qué?

El abogado deslizó una transferencia hacia él.

El dinero había terminado en una empresa vinculada al padre de Vanessa Reed.

Adrian se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—No lo es.

El préstamo había sido solicitado seis semanas antes de nuestra fiesta de compromiso.

Mi madre nunca había autorizado nada.

La firma había sido falsificada.

Y había algo todavía peor.

El banco había congelado temporalmente varias de sus cuentas después de detectar irregularidades relacionadas con aquella garantía.

Por eso, la noche en que llegó al hospital, mi madre no pudo acceder al dinero que llevaba toda una vida ahorrando.

Adrian recordó mis veintisiete llamadas.

De pronto, el teléfono que había silenciado aquella noche parecía pesar toneladas dentro de su bolsillo.

—¿Quién presentó los documentos?

El abogado no respondió inmediatamente.

Después giró una copia.

Había un nombre.

Margaret Blake.

Su madre.

Adrian salió del despacho sin despedirse.

Cuando llegó a la mansión familiar, Margaret estaba tomando té.

—¿Usaste la casa de Elena como garantía?

La taza se detuvo a medio camino de sus labios.

—¿Qué tontería es esa?

Adrian arrojó los documentos sobre la mesa.

Margaret los miró.

Su expresión cambió apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

—¿Falsificaste su firma?

—Baja la voz.

—¡RESPÓNDEME!

Margaret dejó la taza.

—Lo hice por nuestra familia.

Adrian sintió náuseas.

—¿Nuestra familia?

—El padre de Vanessa estaba atravesando dificultades. Si su empresa caía, muchas personas importantes habrían perdido dinero.

—Entonces hipotecaste la casa de Clara.

—No era la casa de Clara.

—Era de su madre.

Margaret soltó una risa fría.

—Una propiedad vieja en un barrio mediocre. Elena jamás habría entendido cómo funcionan estos asuntos.

Adrian la miró como si estuviera viendo a una desconocida.

—Murió.

Margaret perdió ligeramente el color.

—Eso no tuvo nada que ver conmigo.

—Sus cuentas estaban bloqueadas.

Silencio.

—Necesitaba veintiocho mil yuanes para una intervención urgente.

Margaret se levantó.

—Adrian, no puedes culparme porque esa mujer tuviera mala salud.

Él retrocedió.

Aquella frase terminó de romper algo.

—¿Vanessa sabía esto?

Margaret no contestó.

Adrian comprendió inmediatamente.

Sacó el teléfono.

Vanessa respondió al tercer tono.

—Adrian, ¿ya hablaste con Clara? Estaba pensando que podríamos…

—¿Sabías lo del préstamo?

Silencio.

—¿Qué préstamo?

—No me mientas.

La voz de Vanessa cambió.

—Mi padre estaba desesperado.

Adrian cerró los ojos.

Ella también lo sabía.

—¿Desde cuándo?

—Tu madre dijo que lo resolvería después del compromiso.

—¿Y la firma?

Vanessa comenzó a llorar.

—Yo nunca falsifiqué nada.

—Eso no fue lo que pregunté.

Otro silencio.

Entonces recordó algo.

Durante el viaje a la costa, Vanessa había recibido una llamada.

Después había dicho:

—Por fin mi padre solucionó el problema del banco.

Era la misma noche en que mi madre moría.

Adrian colgó.

Margaret intentó acercarse.

—Hijo, escucha.

—No me llames así ahora.

Salió de la mansión.

Pero cuando llegó a mi antiguo apartamento, ya no estaba.

Las cajas habían desaparecido.

También la urna de mi madre.

Mi llave descansaba sobre la mesa.

Debajo había una nota.

No me busques. Nos veremos donde corresponde.

Tres semanas después nos encontramos en un tribunal.

Yo vestía de negro.

Adrian parecía haber envejecido diez años.

Margaret llegó acompañada por dos abogados.

Vanessa no apareció.

La investigación había confirmado que la firma de mi madre no coincidía con los documentos originales.

También encontraron correos electrónicos entre Margaret y el padre de Vanessa.

Pero entonces el abogado presentó algo que yo no conocía.

Una grabación.

Mi madre había acudido a casa de Margaret cuatro días antes de la fiesta.

La cámara exterior había registrado parte de la discusión.

La voz de mi madre sonaba clara.

—Devuélveme los documentos o iré a la policía.

Margaret respondió:

—Hazlo y destruirás el compromiso de tu hija.

—Prefiero que Clara pierda un matrimonio antes que verla entrar en una familia como ésta.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Mi madre había intentado protegerme.

Hasta el final.

La grabación continuó.

Entonces apareció otra voz.

Masculina.

—Señora Torres, quizá deberíamos tranquilizarnos.

Giré lentamente hacia Adrian.

Él también estaba pálido.

Porque esa voz era suya.

—Yo nunca estuve allí —susurró.

El abogado reprodujo el fragmento otra vez.

Parecía Adrian.

Pero él negó con desesperación.

—Clara, te juro que no era yo.

Margaret cerró los ojos.

Y comprendí que tenía miedo.

No por ella.

Por alguien más.

El juez ordenó entregar la grabación completa a los investigadores.

Dos días después recibí una llamada.

—Señorita Torres, encontramos el archivo original.

—¿Y?

—La grabación que presentó la defensa había sido editada.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Quién era realmente el hombre?

El investigador respiró profundamente.

—Necesitamos que venga.

Cuando llegué, Adrian ya estaba allí.

Sobre la mesa había una fotografía tomada de la grabación original.

Un hombre saliendo de la casa de Margaret.

No era Adrian.

Era el padre de Vanessa.

Pero lo verdaderamente devastador estaba en el audio sin editar.

Mi madre decía:

—Si Clara descubre que Adrian también puso dinero en esta operación, jamás volverá a mirarlo igual.

Giré hacia él.

Adrian dejó de respirar.

—Yo no sabía nada de la casa —dijo rápidamente.

El investigador colocó un segundo documento sobre la mesa.

—Quizá no.

Luego señaló una firma.

La de Adrian Blake.

—Pero tres meses antes usted autorizó personalmente una transferencia de dos millones de yuanes a la misma empresa.

Adrian miró el papel.

Después me miró a mí.

Y entonces comprendí algo mucho peor que una infidelidad.

El hombre que había abandonado a mi madre para llevar a Vanessa a ver el mar llevaba meses financiando en secreto a la familia de ella.

Y quizá aquella noche no había elegido entre Vanessa y yo por primera vez.

Quizá llevaba mucho tiempo haciéndolo.

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