Julian leyó el acuerdo dos veces.
Luego una tercera.
Sus dedos se tensaron alrededor de las hojas.
—Anúlalo.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que solía ordenar una cena.
Lo miré en silencio.
—Clara, te estoy hablando.
—Y yo te escuché.
—Entonces anúlalo.
—No.
Una sola palabra consiguió algo que cinco años de matrimonio nunca habían logrado.
Julian Hayes pareció asustado.
Olivia reaccionó enseguida.
—Julian, quizá Clara está demasiado afectada por todo lo ocurrido. Dale unos días.
Él ni siquiera la miró.
Sus ojos permanecieron sobre mí.
—¿Esto es por el centro de detención?
Casi me reí.
—¿De verdad tienes que preguntarlo?
—Fueron tres días.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
Tres días.
Para él habían sido solo tres días.
Para mí habían sido tres noches preguntándome por qué mi marido no aparecía.
Tres días después de perder al bebé que llevábamos meses esperando.
Tres días escuchando que estaba allí porque Julian había declarado que yo representaba un peligro para Olivia.
—Tienes razón —dije—. Fueron solamente tres días.
Su expresión se relajó ligeramente.
—Entonces deja de actuar impulsivamente.
—Pero bastaron para entender cómo serían los próximos treinta años contigo.
Su rostro volvió a endurecerse.
Subí las escaleras.
Julian me siguió.
—¿Adónde vas?
—A recoger mis cosas.
—Esta es tu casa.
—Ya no.
Abrí el armario.
No necesité mucho.
Ropa.
Documentos.
Las recetas manuscritas de mi abuelo.
Un pequeño retrato de mi madre.
Julian permaneció en la puerta observándome.
—¿Dónde vas a vivir?
—No es asunto tuyo.
—Soy tu marido.
Me volví.
—Durante el periodo legal, técnicamente.
Aquello lo golpeó.
—¿Hay otro hombre?
Finalmente entendí por qué estaba tan alterado.
No podía imaginar que yo quisiera marcharme simplemente porque él me había destruido.
Necesitaba creer que alguien me había robado.
—No.
Cerré la maleta.
—Hay otra mujer.
Julian palideció.
Señalé mi pecho.
—Yo.
Pasé junto a él.
Abajo, Olivia seguía esperando.
Cuando vio mi equipaje, se levantó.
—Clara, no tienes que irte por mí.
—No me voy por ti.
Sonreí.
—Me voy por mí.
Salí sin volver la cabeza.
A la mañana siguiente entré en Grant Pharmaceuticals.
El señor Alexander Grant me esperaba personalmente.
Sobre la mesa había un contrato.
—Las fórmulas Parker seguirán siendo propiedad suya —dijo—. Nosotros proporcionaremos laboratorios, distribución y capital.
Leí cada página.
Esta vez nadie firmaría nada sin saber exactamente qué significaba.
—Quiero una condición adicional.
—Dígame.
—La farmacia Parker permanecerá abierta.
Alexander sonrió.
—Hecho.
Firmé.
En cuarenta y ocho horas, mi pequeña farmacia se convirtió en el centro de una operación farmacéutica valorada en cientos de millones.
Y entonces descubrí algo que Julian jamás me había contado.
Hayes Medical, la empresa de su familia, llevaba meses negociando un contrato crucial con Grant Pharmaceuticals.
Alexander dejó una carpeta delante de mí.
—Necesitamos su aprobación para continuar.
Miré el nombre.
HAYES MEDICAL GROUP.
—¿Mi aprobación?
—La línea de medicamentos depende de sus fórmulas.
Comprendí la ironía.
Durante cinco años Julian se había burlado de mi farmacia.
Ahora su mayor contrato dependía de ella.
—Rechácelo.
Alexander no hizo preguntas.
—Como quiera.
A las once y diecisiete de aquella mañana, Julian me llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegaron los mensajes.
“¿Qué hiciste?”
“Clara, contesta.”
“Grant canceló el acuerdo.”
Finalmente:
“Me dijeron que fue decisión tuya.”
Apagué el teléfono.

Dos días después apareció en la farmacia.
—¿Tú controlas las fórmulas Parker?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de casarme contigo.
Julian parecía incapaz de creerlo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Nunca preguntaste.
—¡Ese contrato vale millones!
—Entonces deberías haber tratado mejor a la persona cuya firma necesitabas.
Su mandíbula se tensó.
—Estás mezclando negocios con nuestro matrimonio.
—No.
Abrí la puerta.
—Estoy separándolos por primera vez.
Entonces Olivia entró corriendo.
Tenía el rostro desencajado.
—Julian.
Él se giró.
—¿Qué ocurre?
Olivia me vio y se quedó rígida.
Detrás de ella entró una mujer que reconocí inmediatamente.
La doctora que me había atendido la noche de mi pérdida.
Llevaba una carpeta.
—Señora Parker —dijo—, necesito hablar con usted sobre su caso.
Julian frunció el ceño.
—¿Qué caso?
La doctora me miró.
—El laboratorio repitió los análisis de la supuesta intoxicación de la señorita Reed.
Olivia retrocedió.
—No hace falta hablar de eso.
La doctora continuó.
—La sustancia que apareció inicialmente en su sangre no coincide con ningún medicamento dispensado por la señora Parker.
Julian quedó inmóvil.
—¿Qué significa?
—Que Clara no pudo haberla envenenado.
El rostro de Olivia perdió todo color.
Sentí que mis manos comenzaban a temblar.
—¿Entonces por qué dio positivo?
La doctora abrió la carpeta.
—Porque encontramos irregularidades en la primera muestra.
Silencio.
—Creemos que fue manipulada.
Julian miró lentamente a Olivia.
—Dime que no hiciste esto.
—Yo…
—¡Dímelo!
Olivia comenzó a llorar.
—Tenía miedo de perderte.
Julian retrocedió.
—¿Me mentiste?
Ella intentó agarrarlo.
—Solo quería que vieras cómo era Clara…
La apartó.
—Clara estaba embarazada.
Olivia calló.
Y entonces la doctora pronunció las palabras que cambiaron completamente la expresión de Julian.
—Hay algo más.
Me entregó otra hoja.
—Revisamos su expediente porque encontramos inconsistencias.
Leí.
Mi corazón comenzó a golpear violentamente.
—No entiendo.
La doctora señaló una línea.
—Cuando ingresó después de su detención, la pérdida gestacional ya había comenzado varias horas antes.
Levanté la vista.
—¿Antes?
Asintió.
—Y encontramos rastros de un compuesto que puede provocar complicaciones graves durante el embarazo.
Julian quedó blanco.
Yo apenas podía respirar.
—¿Cómo llegó a mi cuerpo?
La doctora respondió:
—Eso tendrá que determinarlo la investigación.
Entonces todos escuchamos un ruido.
La puerta trasera de la farmacia acababa de cerrarse.
Olivia ya no estaba allí.
Julian corrió hacia afuera.
Demasiado tarde.
En el suelo, junto al lugar donde ella había estado, quedó su teléfono.
La pantalla seguía encendida.
Había un mensaje abierto.
Un mensaje enviado la noche anterior a mi detención.
“Ya puse las gotas en la bebida de Clara. Mañana asegúrate de que Julian encuentre mi supuesta muestra positiva.”
Julian leyó aquellas palabras.
Después miró el nombre del destinatario.
Su rostro cambió de una manera que jamás olvidaré.
Porque no era un desconocido.
Ni un médico.
Ni alguien contratado por Olivia.
Era una persona de su propia familia.
Su madre.