PARTE 2: ETHAN SE RIÓ CUANDO DIJE QUE MI PADRE CERRARÍA EL MAR, PERO DEJÓ DE HACERLO CUANDO LOS HELICÓPTEROS RODEARON LA ISLA Y UNA ORDEN MILITAR PRONUNCIÓ MI NOMBRE.

El sonido de las hélices borró las últimas risas de la playa.

Serena soltó lentamente el brazo de Ethan.

—¿Qué está pasando?

Él no respondió.

La patrullera avanzaba directamente hacia nosotros mientras dos helicópteros permanecían sobre el agua.

Desde uno de ellos descendieron rescatistas.

Yo apenas podía mantener los ojos abiertos.

El dolor llegaba en oleadas cada vez más fuertes y la sangre seguía mezclándose con el agua.

Uno de los rescatistas llegó hasta mí.

—¡Grace Shen!

Intenté responder.

—Mi bebé…

—Ya lo sabemos.

Cortó las correas que me sujetaban.

Otro hombre estabilizó mi cuello mientras me colocaban sobre una camilla flotante.

—Señora Shen, no cierre los ojos.

Miré hacia la costa.

Ethan corría hacia nosotros.

—¡Soy su esposo!

Un oficial le bloqueó el paso.

—Permanezca donde está.

Ethan se quedó petrificado.

Nunca nadie de su entorno le hablaba así.

—¿Sabe quién soy?

El oficial ni siquiera cambió de expresión.

—Sí.

Hizo una pausa.

—Precisamente por eso no puede marcharse.

Serena retrocedió.

Entonces varios agentes comenzaron a recoger teléfonos, cámaras y registros de las motos acuáticas.

El rostro de Ethan cambió.

Aquello ya no parecía un rescate.

Parecía una investigación.

Me trasladaron en helicóptero a un hospital militar.

Durante el vuelo, una doctora mantuvo una mano sobre mi abdomen.

—Grace, escúcheme. El bebé está bajo estrés y usted presenta sangrado. Tenemos que actuar rápidamente.

Mi miedo dejó de ser por mí.

—Sálvenlo.

—Eso haremos.

Cuando las puertas del quirófano se abrieron, vi una figura al final del pasillo.

Mi padre.

Su cabello estaba mucho más gris de lo que recordaba.

Pero seguía caminando con aquella espalda recta que había hecho que generaciones enteras de soldados se cuadraran frente a él.

Al verme ensangrentada sobre aquella camilla, se detuvo.

Por primera vez desde que era niña vi miedo en sus ojos.

—Papá…

Se acercó y tomó mi mano.

—Estoy aquí.

—Mi bebé…

—Primero vas a sobrevivir tú. Después vas a conocer a tu hijo.

Las puertas se cerraron.

Cuarenta y siete minutos después nació mi hijo.

Pequeño.

Débil.

Pero vivo.

Cuando escuché su primer llanto, lloré también.

Después todo se volvió negro.

Desperté varias horas más tarde.

Mi padre estaba sentado junto a mi cama.

—¿El bebé?

Se levantó inmediatamente.

—Estable.

Cerré los ojos y respiré.

Entonces recordé a Ethan.

—¿Dónde está?

La expresión de mi padre se endureció.

—En la isla.

—¿Detenido?

—Retenido mientras determinan exactamente qué ocurrió.

Giré hacia él.

—Papá, él sabía que tenía miedo al mar.

—Lo sé.

—Y Serena aceleró deliberadamente.

—También lo sabemos.

Sacó una tableta.

Habían recuperado las grabaciones de las cámaras del complejo turístico.

Una mostraba a Serena hablando con Ethan antes de que me llevaran inconsciente desde el hotel.

Otra mostraba a dos empleados trasladándome.

Y otra…

Mi respiración se detuvo.

Ethan estaba junto a mi moto acuática.

Observaba mientras uno de sus asistentes ajustaba las correas.

No parecía confundido.

No parecía preocupado.

Estaba supervisándolo.

—Quiero verlo —dije.

Mi padre negó.

—Todavía no.

—Necesito escucharlo explicarlo.

—Grace, hay algo más.

Dejó sobre mi cama una pequeña bolsa de pruebas.

Dentro había un frasco.

Reconocí inmediatamente la etiqueta.

Las supuestas vitaminas prenatales.

—Las encontraron en la habitación —dijo mi padre—. El hospital está analizando su contenido.

Recordé cómo Ethan había insistido en que las tomara.

Recordé despertar horas después sin saber cómo había llegado hasta la moto.

Sentí frío.

—¿Crees que me drogó?

—No voy a adelantarte conclusiones.

Pero la mandíbula de mi padre se tensó.

—Sin embargo, no eran las vitaminas que tu obstetra te había recetado.

Dos días después permitieron que Ethan fuera trasladado al continente para declarar.

Pidió verme.

Acepté.

Entró acompañado por dos agentes.

Parecía haber envejecido diez años.

—Grace…

—No me llames así como si todavía tuvieras derecho.

Se quedó inmóvil.

—No sabía que Serena iba a acelerar tanto.

Lo miré fijamente.

—Pero sabías que estaba atada.

Silencio.

—Pensé que sería una lección.

—¿Una lección?

—Últimamente utilizabas el embarazo para negarte a todo.

Casi me reí.

—Estaba de nueve meses.

—Serena dijo que sería seguro.

Ahí estaba.

Incluso ahora.

Serena dijo.

—¿Y las pastillas?

Su rostro cambió.

Muy poco.

Pero suficiente.

Mi padre, sentado al fondo de la habitación, también lo vio.

—¿Qué pastillas? —preguntó Ethan.

—Las vitaminas que me diste antes de que perdiera el conocimiento.

—Eran vitaminas.

La puerta se abrió.

Entró un investigador con una carpeta.

Miró primero a mi padre.

Después a mí.

—Ya tenemos los resultados preliminares.

Ethan dejó de respirar por un instante.

El investigador continuó:

—El contenido no coincide con ningún suplemento prenatal.

No explicó más delante de mí.

No necesitaba hacerlo.

Ethan intentó levantarse.

Los agentes lo obligaron a permanecer sentado.

—¡Serena me las dio! —soltó.

Lo miré.

Finalmente aparecía el miedo.

—¿Qué acabas de decir?

—Ella compró el frasco.

—Pero tú me las entregaste.

—Yo no sabía…

Mi padre habló por primera vez.

—Entonces quizá debería empezar a recordar exactamente qué sabía.

Ethan palideció.

Horas después, los investigadores fueron por Serena.

Pero cuando llegaron a la habitación donde permanecía vigilada, encontraron algo inesperado.

Serena había desaparecido.

No había tomado un barco.

No había utilizado el aeropuerto.

Y ninguna cámara la mostraba abandonando el complejo.

Alguien la había ayudado.

Aquella noche mi padre entró en mi habitación con un sobre sellado.

—Encontramos esto entre sus pertenencias.

Dentro había fotografías mías.

No fotografías sociales.

Eran imágenes tomadas a distancia.

Yo entrando a consultas médicas.

Yo saliendo de casa.

Yo visitando a mis padres.

Incluso había una ecografía de mi hijo que jamás había compartido con Serena.

Debajo apareció un documento relacionado con el patrimonio familiar.

Mi sangre se heló.

Serena sabía exactamente quién era yo.

Y sabía quién sería mi hijo.

Levanté la vista.

—Papá…

Él colocó sobre la cama la última fotografía.

Mostraba a Serena entrando en un restaurante seis meses antes.

Frente a ella estaba sentado un hombre.

No era Ethan.

Reconocí su rostro inmediatamente.

Era alguien de mi propia familia.

En la parte posterior habían escrito una fecha y cinco palabras:

«EL BEBÉ NO PUEDE HEREDAR».

Mi padre cerró la puerta.

—Grace, esto nunca empezó con Ethan.

Lo miré sin poder hablar.

—Alguien utilizó a Serena para acercarse a tu marido.

Señaló la fotografía.

—Y ahora tenemos que descubrir por qué uno de los nuestros quería que tú y tu hijo desaparecieran antes del nacimiento.

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