El padre de Adrian contestó finalmente su teléfono.
No dijo nada durante varios segundos.
Después se levantó.
—¿Suspendieron la financiación?
Mi padre bebió tranquilamente de su copa.
—Suspendimos las negociaciones.
—Robert, estamos hablando de un proyecto de cuatrocientos millones.
—Precisamente.
Adrian me miró.
—Victoria, esto es ridículo.
—No.
Señalé la carpeta.
—Esto es una cancelación de compromiso.
Después señalé su teléfono.
—Eso es una decisión empresarial.
—¡Estás mezclando asuntos personales con negocios!
Mi padre soltó una breve risa.
—Muchacho, tú trajiste a tu amante a una negociación entre dos familias usando el anillo que simbolizaba precisamente esa alianza.
Adrian se quedó callado.
Chloe empezó a quitarse el anillo.
—Creo que debería devolverlo.
—Todavía no —dije.
Su mano se detuvo.
Sarah se acercó y colocó otra carpeta frente a mí.
Adrian reconoció inmediatamente el logotipo.
Collins Holdings.
—¿Qué es eso?
—El informe de diligencia que recibí esta mañana.
Su padre palideció.
Aquello me interesó más que la reacción de Adrian.
Abrí la carpeta.
Durante las últimas semanas, nuestro equipo había encontrado inconsistencias en las cifras presentadas por Collins Holdings para el proyecto conjunto.
Deuda trasladada entre subsidiarias.
Garantías pendientes.
Proyecciones demasiado optimistas.
Nada de aquello significaba automáticamente fraude.
Pero significaba riesgo.
Mucho riesgo.
Por eso aquella cena no era simplemente una celebración familiar.
Era la última oportunidad de los Collins para responder nuestras preguntas antes de que Harrington comprometiera cientos de millones.
—Tu padre lo sabía —le dije a Adrian.
Adrian giró lentamente.
—¿Sabías qué?
El señor Collins apretó la mandíbula.
—Íbamos a solucionarlo después de cerrar el acuerdo.
Ahí estaba.
La verdadera razón de su pánico.
Adrian había pensado que yo necesitaba nuestro compromiso tanto como él.
En realidad, Collins Holdings necesitaba Harrington Group mucho más de lo que Harrington necesitaba a los Collins.
—Victoria —dijo su madre—, no destruyamos años de relación por Chloe.
—Chloe no tiene nada que ver con el informe.
Miré a la joven.
—Ella solo me ayudó a comprender que tampoco existía confianza fuera de la sala de juntas.
Chloe consiguió finalmente quitarse el anillo.
Lo dejó sobre la mesa.
Entonces vi algo.
Una pequeña marca en la banda interior.
—Sarah.
Mi asistente lo recogió.
Lo examinó.
—Señorita Harrington…
El anillo había sido modificado.
Las iniciales seguían allí.
H & C.
Pero debajo habían añadido una fecha.
La fecha del cumpleaños de Chloe.
Miré a Adrian.
—¿Mandaste grabar mi anillo para ella?
—Victoria, puedo explicarlo.
Aquello provocó incluso que su madre cerrara los ojos.
Chloe parecía sorprendida.
—Me dijiste que era nuevo.
Adrian no respondió.
Entonces comprendí que ni siquiera su amante conocía toda la historia.
Había tomado el símbolo de nuestro compromiso, lo había convertido en regalo para otra mujer y después la había llevado a mi casa esperando que yo permaneciera sentada por conveniencia empresarial.
Me levanté.
—La cena terminó.
Adrian me siguió hasta el vestíbulo.
—Espera.
Me giré.
—¿Qué?
—Podemos cancelar el compromiso si eso quieres.
Sonreí.
—Qué generoso.
—Pero no retires a Harrington del proyecto.
Finalmente.
No estaba persiguiendo a su prometida.

Estaba persiguiendo la financiación.
—Entonces esto nunca fue sobre nosotros.
—No quise decir eso.
—Acabas de decir exactamente eso.
Durante las semanas siguientes, Harrington Group completó una revisión independiente.
Decidimos no participar en el proyecto.
No por la infidelidad de Adrian.
Por el riesgo financiero.
Sin nuestra inversión, Collins Holdings tuvo que renegociar obligaciones y vender activos para estabilizarse.
No desapareció de la noche a la mañana.
Las empresas reales rara vez funcionan así.
Pero la expansión que Adrian llevaba meses celebrando quedó cancelada.
Y Chloe tampoco permaneció mucho tiempo.
Tres semanas después pidió verme.
Acepté por curiosidad.
Llegó sin joyas.
—No sabía que el anillo era tuyo cuando me lo dio.
—Pero lo sabías durante la cena.
Bajó la mirada.
—Sí.
—Y aun así lo llevaste.
—Quería demostrar que me había elegido.
—¿A quién?
No respondió.
—Ese fue tu error, Chloe. Convertiste una relación con Adrian en una competición conmigo.
Empujé hacia ella una pequeña caja.
Dentro estaba el anillo.
Sus ojos se abrieron.
—No lo quiero.
—Yo tampoco.
Había hecho retirar el diamante familiar de los Harrington.
Lo demás pertenecía a los Collins.
Chloe cerró la caja.
—Terminamos.
No sentí satisfacción.
Solo confirmación.
Meses después, Adrian apareció en mi oficina.
—Mi padre se retira.
—Lo escuché.
—Me toca arreglar la empresa.
—Entonces deberías estar trabajando.
Me observó.
—¿Nunca me quisiste?
La pregunta me sorprendió.
—Sí.
Eso pareció dolerle más que un no.
—Entonces ¿cómo pudiste terminarlo tan fácilmente?
—No fue fácil.
Cerré el documento que estaba leyendo.
—Fue claro.
Adrian permaneció inmóvil.
—Pensaste que porque nuestro compromiso comenzó como una alianza, yo toleraría cualquier cosa para conservarla.
Me levanté.
—Pero hasta los contratos tienen condiciones.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, preguntó:
—¿Qué condición rompí?
Lo miré.
—La única que nunca escribimos.
Respeto.
Un año después, Harrington Group cerró otro proyecto con socios diferentes.
Sin bodas prometidas.
Sin alianzas familiares.
Solo números, responsabilidades y contratos.
El viejo diamante terminó convertido en un pequeño colgante que regalé a mi madre por su aniversario.
Nunca volví a usarlo.
Y cada vez que alguien mencionaba aquella cena, recordaba a Adrian diciéndome que no podía tomar una decisión así en mitad de una comida.
Se equivocaba.
Adrian pensó que aquella noche había puesto mi anillo en la mano de la mujer que había elegido.
En realidad, me había entregado algo mucho más valioso.
La certeza de que cancelar nuestro compromiso no era perder una alianza.
Era evitar una adquisición desastrosa antes de firmar el contrato.