A la mañana siguiente descubrí que Vanessa Wang había cumplido su amenaza.
Cuando llegué a la escuela, mi nombre ya no aparecía en la lista de alumnos.
La secretaria evitó mirarme.
—La dirección ha decidido cancelar tu matrícula.
—¿Por qué?
—Problemas disciplinarios.
—Estuve aquí un día.
—La decisión es definitiva.
Detrás de mí sonó una risa.
Vanessa estaba apoyada contra la pared con dos amigas.
—Te dije que no durarías.
Sacó el teléfono.
—Mi padre llamó personalmente al consejo.
La miré.
—Ah.
Su sonrisa desapareció.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—Podrías disculparte.
—¿Por qué?
—Por ofenderme.
Pensé unos segundos.
—No recuerdo haberte hecho nada.
Aquello pareció enfurecerla todavía más.
Entonces varios coches negros entraron al campus.
No uno.
Siete.
El director salió corriendo.
Yo reconocí a Ethan cuando bajó del primero.
Pero los estudiantes empezaron a gritar por el hombre que salió del segundo.
—¡Es Lucas Feng!
Mi segundo hermano.
El actor más famoso del país.
Yo había visto su rostro en anuncios, estaciones de metro y pantallas gigantes sin saber que compartíamos madre.
Lucas se quitó las gafas oscuras.
Me miró.
—¿Hannah?
—Sí.
Me abrazó.
—Por fin.
Después observó el edificio.
—¿Quién intentó expulsar a mi hermana?
Todo el pasillo quedó en silencio.
Vanessa retrocedió.
Pero todavía faltaba alguien.
Del tercer vehículo bajó un hombre con uniforme militar.
No sonreía.
Tenía una cicatriz pequeña junto a la ceja y una forma de mirar que hizo que incluso Ethan dejara de bromear.
—Nathan Feng —se presentó.
—¿Tercer hermano?
Asintió.
Después miró mis nudillos.
—¿Alguien te golpeó?
—Intentaron.
El profesor que me había llevado a dirección palideció.
Nathan lo vio.
—¿Él?
—Ya está resuelto.
—Para ti quizá.
Ethan intervino.
—Primero hablaremos con el director.
Entramos.
El padre de Vanessa ya estaba allí.
El señor Wang se levantó furioso.
—¿Quién permitió entrar a tanta gente?
Entonces reconoció a Ethan.
Su expresión cambió.
—Señor Feng.
Ethan se sentó tranquilamente.
—Me dijeron que su familia puede expulsar estudiantes por teléfono.
—Es un malentendido.
—Ayer no parecía uno.
Vanessa entró detrás de su padre.
—Papá, ella fue quien…
El señor Wang la silenció.
Pero yo estaba más interesada en otra cosa.
—¿Dónde está mi padre?
Mis tres hermanos se quedaron callados.
Lucas miró a Ethan.
Nathan miró la ventana.
—¿Qué?
Pregunté.
Ethan suspiró.
—Papá viene.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Por qué parecen preocupados?
Lucas sonrió.
—Porque cuando papá viene personalmente, normalmente alguien termina teniendo un día horrible.
Cinco minutos después, ningún coche entró por la puerta principal.
En cambio, el director recibió una llamada.
Contestó.
Su rostro se volvió blanco.
—¿Qué ocurre? —preguntó el señor Wang.
El director colgó lentamente.
—El consejo de administración acaba de ser reemplazado.
Silencio.
—¿Reemplazado por quién?
La puerta se abrió.
Un hombre entró solo.
Cabello ligeramente canoso.
Abrigo oscuro.
Sin guardaespaldas visibles.
Sin necesidad de presentarse.
El señor Wang se levantó tan rápido que golpeó la silla.
—Señor Alexander Feng.
Mi padre me miró.
Por primera vez en mi vida vi su rostro.
Y comprendí algo extraño.
Tenía mis ojos.
No los de Ethan.
No los de Lucas.
Los míos.
Se detuvo frente a mí.
—Hannah.
—Hola.
Pareció contener demasiadas emociones a la vez.
Finalmente dijo:
—Llegué tarde.
—Solo unos dieciséis años.
Lucas se atragantó con una risa.
Alexander también sonrió.
Después su expresión cambió.
Miró al director.
—¿Expulsaron a mi hija?
—Señor Feng, hubo una agresión contra un profesor.
—Hay cámaras.
El director palideció.
Alexander señaló una pantalla.
—Reprodúzcalas.
Nadie se movió.
Nathan sacó una memoria.
—Ya tengo la grabación.
El video mostró al profesor levantando la mano primero.
Mostró cómo yo únicamente bloqueaba el golpe.
Después apareció otra grabación.
Vanessa hablando con el profesor antes de la clase.
—Haz que aprenda quién manda aquí.
El rostro del señor Wang perdió todo color.
Vanessa comenzó a llorar.
—Papá…
Alexander no levantó la voz.
—Mi hija llegó ayer.
Miró al director.
—En menos de veinticuatro horas permitió que una alumna utilizara su apellido para castigarla, que un profesor intentara golpearla y después falsificó una razón para expulsarla.
El director empezó a sudar.

—Podemos corregirlo.
—Ya está corregido.
Alexander colocó un documento sobre la mesa.
—La fundación Feng adquirió esta mañana la deuda principal de la institución.
El señor Wang quedó inmóvil.
Primer giro.
La familia Wang no financiaba media escuela como todos creían.
La mayor parte de sus aportes provenían de préstamos respaldados indirectamente por empresas controladas por mi padre.
Alexander podía cerrar el grifo financiero con una firma.
—No quiero expulsiones por venganza —dije.
Todos me miraron.
Alexander levantó una ceja.
—¿No?
—Vanessa debería quedarse.
Ella me miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque si se va, pensará que perdió por tener menos poder.
Me encogí de hombros.
—Prefiero que aprenda que las reglas deben valer igual para todos.
Nathan sonrió.
—Definitivamente es nuestra hermana.
El profesor fue suspendido mientras se investigaba su conducta.
El director perdió el puesto por encubrir abusos anteriores.
Vanessa permaneció en la escuela.
Y por primera vez tuvo que vivir sin que una llamada de su padre pudiera borrar consecuencias.
Pero mi sorpresa más grande llegó esa noche.
Regresamos a Jingyuan Residence.
Alexander había preparado una cena.
Casi no hablé.
Él tampoco.
Finalmente pregunté:
—¿Por qué mamá me escondió?
Mis hermanos dejaron los cubiertos.
Alexander cerró los ojos.
—No te escondió de mí.
—Entonces ¿por qué nunca viniste?
Sacó una caja vieja.
Dentro había cartas.
Decenas.
Todas dirigidas a mí.
Cumpleaños.
Navidades.
Primer día de escuela.
Cartas que nunca había recibido.
—Tu madre y yo hicimos un acuerdo después de separarnos —dijo—. Ella quería que crecieras lejos de nuestra familia.
—¿Por qué?
Nathan respondió:
—Porque alguien intentó secuestrarme cuando era niño.
Me quedé inmóvil.
Segundo giro.
El poder de los Feng no solo significaba riqueza.
También significaba enemigos.
Mi madre había descubierto que estaba embarazada poco después de abandonar Feng City.
Decidió mantenerme fuera de los registros familiares para protegerme.
Alexander sabía que yo existía.
Pero no dónde vivía.
—¿Entonces no me buscaste?
—Durante dieciséis años.
Su voz se quebró.
—Tu madre cambiaba de ciudad cada vez que alguien se acercaba demasiado.
Recordé nuestros constantes traslados.
De repente todo tenía sentido.
—¿Y por qué me envió ahora?
Alexander sacó su teléfono.
Había un mensaje recibido tres días antes.
De mamá.
“Ya es hora. Hannah puede elegir por sí misma.”
—¿Dónde está ella?
Alexander sonrió con cansancio.
—Conociendo a tu madre, probablemente observándonos desde algún lugar.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
“Tus hermanos hablan demasiado. Tu padre cocina horrible. No dejes que te malcríen.”
Me reí.
Alexander cerró los ojos.
—Es ella.
—Sí.
Un mes después ya sabía exactamente quiénes eran los Feng.
Ethan dirigía un conglomerado tecnológico.
Lucas podía detener una alfombra roja simplemente entrando.
Nathan dirigía operaciones que casi nunca aparecían en las noticias.
Y Alexander…
Alexander era el hombre al que ministros, empresarios y viejas familias llamaban antes de tomar determinadas decisiones.
Pero nada de eso terminó siendo lo más importante.
Lo importante era que Ethan seguía llevándome a la escuela aunque yo tuviera conductor.
Lucas aparecía con comida escondido bajo una gorra para evitar periodistas.
Nathan me enseñaba defensa personal y después se quejaba de que mamá ya me había enseñado demasiado bien.
Y Alexander esperaba cada noche en el comedor.
No para preguntarme notas.
No para hablar de poder.
Solo para decir:
—¿Cómo estuvo tu día?
Durante años creí que no tenía padre.
Después descubrí que tenía uno.
Y tres hermanos.
Pero la verdadera sorpresa no fue descubrir que mi familia podía hacer temblar Feng City.
Fue descubrir que detrás de todo aquel poder había cuatro hombres intentando recuperar los años que habíamos perdido.
Y por primera vez en mi vida, cuando regresaba a casa por la noche, ya no encontraba habitaciones vacías.
Encontraba luces encendidas.
Voces.
Comida demasiado cara.
Tres hermanos discutiendo.
Y un padre esperando.
Mi madre me había dado una dirección para encontrar a Alexander Feng.
Pero al final, aquella dirección no me llevó hacia el hombre más poderoso de la ciudad.
Me llevó a casa.