Durante los primeros días después de mi desaparición, Adrian siguió esperando.
Esperando una llamada.
Un mensaje.
Alguna señal de que yo estaba intentando llamar su atención.
Porque en su mente, Elena siempre había sido así.
Siempre volvía.
Siempre perdonaba.
Siempre encontraba una razón para quedarse.
No entendía que esta vez no me había ido para que él me buscara.
Me había ido porque ya no quedaba nada de mí que salvar.
La boda de Adrian y Olivia fue exactamente como él había planeado.
Lujo.
Flores blancas.
Cientos de invitados.
Cámaras.
Sonrisas.
Todo perfecto.
Excepto por un detalle.
Elena no estaba allí.
El asistente volvió a acercarse.
—Señor Cross.
Adrian ajustó su corbata.
—¿La encontraste?
El hombre dudó.
—No.
La expresión de Adrian cambió.
—¿Qué quieres decir con que no?
—Su apartamento está vacío.
Silencio.
—Sus pertenencias…
El asistente tragó saliva.
—No están.
Adrian se quedó inmóvil.
Pero luego sonrió ligeramente.
—Está intentando castigarme.
Olivia, a su lado, tomó su brazo.
—Adrian, quizá deberíamos empezar.
Él miró hacia la entrada.
Esperando verme aparecer.
Con lágrimas.
Dolida.
Pero allí.
Como siempre.
—Sí.
Dijo finalmente.
—Empecemos.
La ceremonia terminó.
La música comenzó.
Los invitados levantaron sus copas.
Y entonces llegó la llamada.
Un número desconocido.
Adrian respondió sin pensar.
—¿Sí?
Al otro lado había una voz temblorosa.
—Señor Cross…
Era un oficial de rescate.
—Necesitamos que venga al puerto.
Adrian frunció el ceño.
—¿Por qué?
Silencio.
—Encontramos un cuerpo.
Durante un segundo, no entendió.
Luego su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿De quién?
La respuesta tardó apenas unos segundos.
Pero destruyó todo.
—Creemos que es Elena Parker.
Adrian llegó al puerto sin recordar cómo había conducido.
La gente hablaba.
Los equipos de rescate caminaban alrededor.
Pero él solo veía una cosa.
La bolsa cubierta sobre la camilla.
—No.
Su voz salió rota.
—No puede ser ella.
Nadie respondió.
Porque todos sabían que sí.
Cuando retiraron la cubierta, Adrian dejó de respirar.
No porque hubiera cambiado algo.
Sino porque finalmente entendió.
La mujer que él pensó que estaba haciendo un drama.
La mujer que creyó que simplemente quería llamar su atención.
Ya no estaba.
En su mano encontraron una pequeña cadena.
Colgando de ella había un dije.
Una pequeña luna.
La misma que había comprado cuando Lily nació.
Adrian la reconoció inmediatamente.
Y entonces recordó.
Todas las veces que Elena había intentado hablarle.
Todas las veces que había pedido ayuda.
Todas las veces que él había elegido a Olivia.
Esa noche, Adrian volvió a la casa.
Pero por primera vez, la casa parecía demasiado grande.
Demasiado vacía.
Olivia intentó acercarse.
—Adrian…
Él retrocedió.
—¿Por qué no me dijiste?
Ella se quedó quieta.
—¿Qué?
Él dejó la cadena sobre la mesa.
—Sobre Lily.
El rostro de Olivia cambió.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
Adrian lo vio.
La duda.
El miedo.
La culpa.
—¿Qué quieres decir?

Su voz tembló.
Adrian apretó los puños.
—Quiero decir que nuestra hija murió.
Pausa.
—Y tú me dejaste creer que Elena era la culpable.
Olivia negó rápidamente.
—No fue así.
—Entonces dime cómo fue.
Silencio.
Y por primera vez, Olivia no tuvo una respuesta preparada.
La investigación comenzó al día siguiente.
Y la verdad apareció poco a poco.
El procedimiento de Noah había tenido irregularidades.
Los médicos habían sido presionados.
Los informes habían sido modificados.
Y la decisión de usar a Lily como donante no había sido una emergencia inevitable.
Había sido una elección.
Una elección que Adrian permitió.
Cuando encontró el diario de Elena, ya era demasiado tarde.
Estaba escondido dentro de una caja junto a la urna vacía de Lily.
La primera página decía:
“Si alguien encuentra esto, significa que finalmente dejé de intentarlo.”
Adrian tuvo que sentarse.
Porque ya sabía lo que venía.
Cada página era una versión diferente de la misma historia.
Siete vidas.
Siete intentos.
Siete veces intentando que él la eligiera.
Y siete veces terminando destruida.
Al final del diario había una última frase:
“Adrian, no te odio.”
Él dejó escapar un sollozo.
“Eso habría sido más fácil.”
“Lo peor no fue perderte.”
“Lo peor fue perderme a mí misma intentando que me amaras.”
Meses después, Adrian seguía visitando la tumba.
La de Lily.
La de Elena.
Dos nombres que ahora significaban todo.
Dos personas que había perdido mientras creía estar ganando.
Olivia se fue.
No hubo boda feliz.
No hubo final perfecto.
Solo quedó un hombre obligado a vivir con la verdad.
Una tarde, frente a la tumba de Elena, Adrian dejó una pequeña caja.
Dentro había un anillo.
El mismo que nunca llegó a darle.
—Lo siento.
Susurró.
Pero el viento no respondió.
Porque algunas disculpas llegan demasiado tarde.
En algún lugar que Adrian nunca podría alcanzar, yo observaba.
Ya no con dolor.
Ya no con esperanza.
Solo con paz.
El sistema volvió a aparecer una última vez.
—La misión terminó.
Sonreí.
—¿Ganó Adrian?
Silencio.
—No.
—Entonces, ¿gané yo?
La respuesta tardó unos segundos.
—Sí.
Cerré los ojos.
Porque finalmente entendí algo.
Mi propósito nunca fue conseguir que Adrian me amara.
Era aprender que mi existencia no dependía de que alguien me eligiera.
Adrian pasó el resto de su vida recordando a la mujer que perdió.
Pero yo…
Yo finalmente dejé de esperar.
Y por primera vez después de siete vidas…
fui libre.