PARTE 2: EL DÍA QUE ADRIAN GU DESCUBRIÓ QUE PODÍA PERDERME

Adrian nunca había pensado realmente que yo pudiera irme.

Ese fue el primer error.

No porque creyera que yo era débil.

Sino porque durante seis años había estado demasiado segura de que siempre estaría allí.

Cuando necesitaba un informe urgente.

Cuando olvidaba una reunión.

Cuando tenía fiebre y no quería cancelar un viaje.

Cuando alguien de su familia necesitaba ayuda.

Cuando todo el mundo se alejaba de él…

Yo seguía allí.

Siempre.

Por eso, cuando vio aquella carpeta sobre mi escritorio, no vio una simple entrega de trabajo.

Vio la prueba de que por primera vez alguien estaba preparando una vida en la que él no existía.

—¿Qué significa esto?

Su voz fue más baja de lo normal.

Mia bajó la mirada.

Yo cerré la última carpeta.

—Significa que mi sustituta tendrá toda la información necesaria para hacer bien su trabajo.

Adrian miró los documentos.

—¿Sustituta?

Pausa.

—¿De verdad ya decidiste irte?

Lo miré.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentí nervios al estar frente a él.

—Sí.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

—Pensé que habías dicho que era una decisión impulsiva.

Casi sonreí.

—Eso fue lo que tú quisiste creer.

Silencio.

Porque era cierto.

Él nunca había preguntado por qué me iba.

Solo había asumido que eventualmente cambiaría de opinión.

Como siempre.


Durante los días siguientes, algo extraño ocurrió.

Adrian empezó a notar mi ausencia antes de que yo desapareciera.

La primera mañana llamó a mi extensión.

Nadie respondió.

Porque yo ya no estaba organizando su agenda.

La segunda mañana buscó un documento específico.

La nueva asistente tardó veinte minutos en encontrarlo.

Antes yo sabía exactamente dónde estaba.

La tercera mañana llegó tarde a una reunión porque nadie recordó que odiaba el café demasiado caliente.

Algo pequeño.

Algo insignificante.

Pero por primera vez comprendió cuánto de su vida estaba construido sobre cosas que nunca había valorado.

Sobre una persona que siempre estaba detrás.


Una semana después, me pidió hablar.

Entré en su oficina.

El mismo lugar donde había entregado mi renuncia.

Pero algo era diferente.

Adrian no estaba mirando la computadora.

Me estaba mirando a mí.

—¿Es verdad?

preguntó.

—¿Qué cosa?

—Que aceptaste casarte.

Me quedé en silencio.

Así que finalmente había investigado.

—Sí.

Sus dedos se tensaron.

—¿Con quién?

—Eso no importa.

Por primera vez, pareció molesto.

—Claro que importa.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

No respondió.

Porque esa era la pregunta que nunca había querido hacerse.

¿Por qué le importaba?

Si iba a comprometerse con Isabella Shen.

Si había elegido otro camino.

¿Por qué le molestaba imaginarme caminando hacia alguien más?


Aquella tarde recibí una llamada.

Era Nathan Chen.

El amigo de Adrian.

—Señorita Jiang, espero no molestarla.

—No molesta.

Hubo una pausa.

—Quería decirle algo.

Esperé.

—Adrian no está bien.

Bajé la mirada.

—Tiene una prometida.

Nathan soltó una pequeña risa amarga.

—Sí. Ese es precisamente el problema.

No entendí.

—¿Qué quiere decir?

—Que durante años todos pensábamos que Adrian era incapaz de necesitar a alguien.

Silencio.

—Pero aparentemente no era incapaz.

Pausa.

—Solo estaba acostumbrado a tenerla a usted cerca.

No respondí.

Porque una parte de mí quería escuchar eso.

Pero otra parte sabía que llegaba demasiado tarde.


Dos días después fue el compromiso de Adrian e Isabella.

La noticia apareció en todos los medios.

Familia Gu.

Familia Shen.

Una alianza perfecta.

Una boda perfecta.

Una pareja perfecta.

Pero esa misma noche, Adrian canceló la cena privada.

Y apareció frente a mi apartamento.

Cuando abrí la puerta, estaba solo.

Sin traje elegante.

Sin expresión de empresario perfecto.

Solo Adrian.

Cansado.

—¿Por qué estás aquí?

pregunté.

Me miró durante varios segundos.

—Porque cometí un error.

No dije nada.

—Pensé que eras parte de mi vida porque trabajabas para mí.

Bajó la mirada.

—Pero cuando dejaste de estar ahí… todo se volvió diferente.

Mi corazón dolió.

Pero no como antes.

Antes habría esperado esas palabras durante años.

Ahora solo sentía tristeza.

—Adrian.

Él levantó la vista.

—Te quise.

La confesión lo sorprendió.

—¿Qué?

Respiré lentamente.

—Te quise durante cuatro años.

Silencio absoluto.

—Pero nunca te lo dije porque sabía que para ti yo era tu asistente.

Sus ojos cambiaron.

Por primera vez vi algo parecido al arrepentimiento.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Sonreí débilmente.

—Porque no quería que me eligieras por obligación.

Pausa.

—Quería que me eligieras porque me vieras.


Adrian permaneció en silencio mucho tiempo.

Después preguntó:

—¿Todavía hay alguna posibilidad?

Era la pregunta que mi antiguo yo habría esperado escuchar.

La pregunta por la que habría dado todo.

Pero ya no era esa mujer.

Negué lentamente.

—No lo sé.

Sus ojos se apagaron.

—Pero sé algo.

—¿Qué?

Abrí la puerta un poco más.

—La persona que te acompañó durante seis años merecía que la vieras antes de perderla.


Un mes después dejé oficialmente la empresa Gu.

Empecé un nuevo trabajo.

Una nueva vida.

Sin estar pendiente del teléfono.

Sin correr cada vez que alguien pronunciaba mi nombre.

Sin ser la persona invisible detrás del éxito de otro.

Adrian no se casó con Isabella.

La alianza entre las familias se canceló.

Pero eso ya no era mi historia.

Porque por primera vez en muchos años…

yo no estaba esperando que alguien decidiera mi valor.

Lo había decidido yo.

Y ese fue el día en que Adrian Gu descubrió algo que nunca había considerado:

Que algunas personas no se quedan porque no tengan otra opción.

Se quedan porque quieren.

Y cuando finalmente se cansan de esperar ser elegidas…

también pueden elegir irse.

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