PARTE 2: EL INVERSOR QUE YA LO SABÍA TODO Y EL COLAPSO QUE COMENZÓ EN LA OFICINA DE DANIEL..

Sofía permaneció inmóvil en la acera.

El ruido de la ciudad parecía haber desaparecido.

—¿El señor Adrian Grant… pidió hablar conmigo?

La voz al otro lado de la línea respondió con absoluta tranquilidad.

—No solo pidió entrevistarla. Solicitó que la contratación se gestionara hoy mismo.

Sofía frunció el ceño.

—Creo que hay un error.

—No lo hay, señorita Rivera. El señor Grant conoce perfectamente su trayectoria.

La llamada terminó pocos minutos después.

Todavía sostenía el teléfono cuando recibió otra notificación.

Esta vez era Lily.

“Sofía… esto es un desastre.”

Debajo venía un video.

Lo abrió.

Era la sala de juntas.

Daniel caminaba de un lado a otro con el rostro completamente desencajado.

—¡Llamen otra vez al Grupo Rivera!

Emma intentaba mantener la calma.

—Ya llamé cinco veces. Nadie responde.

El director financiero intervino.

—El banco acaba de enviar otra notificación.

Daniel giró bruscamente.

—¿Qué ahora?

—Quieren confirmar la firma del contrato.

El hombre tragó saliva.

—Si hoy no reciben la confirmación… activarán la cláusula de garantía.

Toda la sala quedó en silencio.

Emma comenzó a ponerse pálida.

—Eso significa…

Que el préstamo vence inmediatamente.

Daniel golpeó la mesa.

—¡Ese contrato se va a firmar!

El director financiero negó lentamente.

—Sin Sofía… Rivera ya no quiere negociar.


Mientras tanto, Sofía llegó a su departamento.

Dejó la caja sobre el sofá.

Por primera vez en muchos años, no tenía que pensar en informes, reuniones ni llamadas de emergencia.

Solo estaba cansada.

Entonces sonó el timbre.

Pensó que sería Daniel.

Al abrir encontró a un mensajero.

—¿Señorita Sofía Rivera?

—Sí.

Le entregó un sobre negro.

No tenía remitente.

Solo sus iniciales grabadas en relieve.

Dentro había una tarjeta.

“La espero mañana a las nueve. Adrian Grant.”

Junto a ella había un pase temporal para acceder al edificio Blackstone Meridian.

Sofía sonrió con incredulidad.

Aquello parecía demasiado extraño para ser casualidad.


A la mañana siguiente, Daniel llevaba casi doce horas sin dormir.

Su teléfono no dejaba de sonar.

Proveedores.

Abogados.

El banco.

Accionistas.

Todos hacían la misma pregunta.

—¿Dónde está el contrato?

Intentó llamar nuevamente a Sofía.

Número bloqueado.

Le escribió.

Sin respuesta.

Envió un correo.

Rebotado.

Por primera vez desde que la conocía, ella había desaparecido completamente de su vida.

Emma entró apresuradamente.

—Daniel…

Él levantó la cabeza.

—¿Qué pasó?

—Hay un rumor horrible circulando.

—¿Cuál?

Emma tragó saliva.

—Dicen que Blackstone Meridian quiere contratar a Sofía.

Daniel soltó una risa nerviosa.

—Imposible.

—Eso pensé.

Ella dejó una tablet sobre la mesa.

En la pantalla aparecía una fotografía tomada esa misma mañana.

Sofía entrando al edificio corporativo más exclusivo de la ciudad.

Daniel sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué hacía allí?

Nadie respondió.


El edificio Blackstone Meridian ocupaba cuarenta pisos de cristal y acero.

Todo respiraba lujo.

Una asistente condujo a Sofía hasta una oficina inmensa.

Frente a los ventanales estaba un hombre alto, de traje azul oscuro.

No se giró inmediatamente.

—Llegó puntual.

Su voz era firme.

Controlada.

Cuando finalmente volteó, Sofía comprendió por qué Adrian Grant intimidaba a todo el mundo.

No necesitaba levantar la voz.

Su sola presencia imponía respeto.

—Señorita Rivera.

Le indicó que tomara asiento.

—He seguido su trabajo durante cuatro años.

Ella abrió ligeramente los ojos.

—¿Cómo?

Él deslizó varias carpetas sobre la mesa.

—Proyecto Solaris.

Proyecto Andrómeda.

Expansión Norte.

Contrato Rivera.

Cada uno llevaba su nombre.

—Todos fueron negociados por usted.

Pero terminaron publicados con la firma de Daniel Cole.

Sofía permaneció completamente inmóvil.

Adrian continuó.

—Su antiguo director tiene un talento extraordinario.

Ella frunció el ceño.

—¿Para qué?

Para apropiarse del trabajo ajeno.

El silencio llenó la oficina.

Adrian abrió otra carpeta.

—Nuestros analistas revisaron quince operaciones importantes de su empresa.

En doce de ellas, usted hizo todo el trabajo.

El reconocimiento terminó en manos de Daniel.

Sofía sintió una mezcla de rabia y vergüenza.

Había sospechado muchas cosas.

Nunca imaginó que alguien desde fuera hubiera visto el patrón con tanta claridad.

Adrian apoyó las manos sobre la mesa.

—No la llamé porque perdiera su empleo.

La llamé porque llevaba demasiado tiempo trabajando muy por debajo de lo que realmente vale.

Antes de que Sofía pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

La asistente entró con una expresión seria.

—Señor Grant…

Él levantó la vista.

—¿Sí?

—Daniel Cole está en recepción.

Dice que necesita hablar con la señorita Rivera.

Adrian ni siquiera cambió de expresión.

—¿Tiene cita?

—No.

—Entonces no puede subir.

La asistente dudó unos segundos.

—Está causando un escándalo.

Adrian sonrió apenas.

—Que Seguridad haga su trabajo.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, miró nuevamente a Sofía.

—Supongo que ahora entiende por qué insistí en conocerla personalmente.

Ella asintió lentamente.

Pero antes de que pudiera responder, el teléfono interno de Adrian sonó.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Luego levantó la vista hacia Sofía.

Por primera vez desde que comenzó la reunión, su expresión cambió.

Parece que su antiguo director no solo vino a buscarla. Acaba de anunciar en el vestíbulo que usted robó información confidencial de la empresa… y ya llamó a la policía para impedir que salga de este edificio.

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