PARTE 2: EL VIDEO QUE REVELÓ LA VERDAD Y LA FRASE DE SU SUEGRA QUE CONDENÓ TODO EL MATRIMONIO..

Catalina no parpadeó.

La pantalla mostró la sala de su nueva casa.

La fecha era de apenas dos noches atrás.

Sebastián y Ofelia estaban sentados frente al comedor, creyéndose completamente solos.

El audio era nítido.

Ofelia fue la primera en hablar.

—Todavía no sospecha nada.

Sebastián negó con la cabeza.

—Catalina confía demasiado.

Catalina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Don Tomás permanecía completamente callado.

En el video, Ofelia sacó una carpeta azul.

La abrió lentamente.

Dentro había varias hojas.

—Solo falta convencerla para que firme el poder.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Y si pregunta para qué sirve?

Ofelia soltó una risa corta.

—Le diremos que es un trámite bancario por la hipoteca.

Catalina dejó de respirar.

Ella sabía perfectamente que aquella casa ya estaba pagada.

No existía ninguna hipoteca.

Sebastián tomó los documentos.

—Con el poder podremos vender la propiedad sin problemas.

Catalina sintió que las piernas comenzaban a temblarle.

La voz de su esposo volvió a escucharse.

—Después compramos el departamento para ti.

Ofelia sonrió satisfecha.

—Y cuando todo esté hecho…

Hizo una pausa.

Luego pronunció la frase que terminó de destruir once años de matrimonio.

La divorcias. Una mujer sin casa acepta cualquier acuerdo.

Catalina llevó una mano a la boca.

Las lágrimas comenzaron a caer sin hacer ruido.

No lloraba por la casa.

Lloraba porque el hombre con quien había compartido más de una década nunca había dejado de verla como una oportunidad.

El video continuó.

Sebastián parecía incómodo.

—¿No será demasiado?

Ofelia lo miró con desprecio.

—¿Vas a elegirla a ella o a tu propia madre?

Él bajó la cabeza.

Exactamente igual que aquella mañana mientras colgaba el retrato familiar.

—Haré lo que sea necesario.

Catalina cerró los ojos.

Ya no necesitaba seguir viendo.

Pero Don Tomás levantó una mano.

—Espere.

Todavía falta algo.

El anciano adelantó unos minutos la grabación.

Ahora Sebastián hablaba por teléfono.

—Sí, licenciado.

Todo marcha bien.

Catalina firmará muy pronto.

No.

Ella cree que la escritura solo está a su nombre.

No imagina que con el poder podremos hacer el cambio sin que se dé cuenta hasta después.

Catalina abrió los ojos de golpe.

—¿Qué abogado es ese?

Don Tomás negó lentamente.

—No pude identificarlo.

La llamada terminó.

Luego Ofelia volvió a aparecer en escena.

—Cuando todo esté listo, también cambiaremos las cuentas.

Catalina frunció el ceño.

—¿Qué cuentas?

En el video, Sebastián respondió.

—Ya tengo las claves del banco.

Solo necesito que vuelva a dejar el token sobre el escritorio.

Catalina sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

Recordó perfectamente dos ocasiones en las que Sebastián le pidió el dispositivo de seguridad bancaria con la excusa de ayudarla a pagar unos servicios.

Nunca sospechó.

El video terminó.

La pantalla quedó negra.

Durante casi un minuto nadie habló.

Finalmente fue Don Tomás quien rompió el silencio.

—Pensé mucho antes de llamarla.

Catalina respiró profundamente.

—Gracias.

Él bajó la mirada.

—Mi esposa murió hace tres años.

Antes de irse me hizo prometer que jamás permitiría una injusticia si estaba en mis manos evitarla.

Por eso la llamé.

Catalina tomó una servilleta y secó lentamente sus lágrimas.

Cuando volvió a levantar la cabeza, ya no había desesperación en su rostro.

Solo una calma extraña.

Una calma que Don Tomás reconoció de inmediato.

—¿Qué va a hacer?

Ella sonrió apenas.

—Nada.

El anciano la miró sorprendido.

—¿Nada?

—Ellos creen que no sé nada.

Y esa es la mayor ventaja que puedo tener.

Guardó el teléfono.

—Voy a dejar que continúen con su plan.

Don Tomás frunció el ceño.

—Eso es peligroso.

—Solo hasta que tenga todas las pruebas.

Se levantó lentamente.

Antes de salir, el anciano la llamó.

—Hay una cosa más.

Catalina volvió a girarse.

Don Tomás abrió una carpeta que permanecía sobre la mesa.

—Mientras revisaba las grabaciones encontré algo extraño.

Sacó varias fotografías impresas.

Eran capturas de otra cámara.

No de la sala.

Sino del despacho.

Catalina las observó una por una.

En todas aparecía Ofelia revisando cajones.

Hasta que una imagen hizo que el aire abandonara sus pulmones.

Su suegra sostenía entre las manos el sobre donde Ernesto Herrera había guardado la carta de despedida y varios documentos relacionados con la herencia.

—¿Cuándo ocurrió esto?

—Hace cuatro días.

Catalina sintió un escalofrío.

Entonces Don Tomás le entregó la última fotografía.

En ella podía verse claramente a Ofelia fotografiando cada hoja del testamento con su teléfono celular.

Debajo de una de las imágenes alcanzaba a distinguirse una frase escrita por su padre.

“Si algún día mi hija descubre que alguien intenta apropiarse de esta casa, deberá abrir el sobre sellado que permanece en la caja de seguridad del despacho de mi abogado.”

Catalina levantó lentamente la vista.

—Yo nunca vi ese sobre.

Don Tomás la observó con gravedad.

—Eso significa que su padre sabía que algún día alguien intentaría quedarse con su herencia… y dejó preparado algo que usted todavía desconoce.

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