Me quedé mirando la pantalla del teléfono.
Treinta y siete veces.
Mi nombre.
Claire.
Treinta y siete veces escrito por un hombre que supuestamente no recordaba quién era yo.
Le devolví el teléfono a Noah lentamente.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Después del accidente.
Su expresión era seria.
—El doctor dijo que la pérdida de memoria es extraña. Recuerda datos, negocios, personas de su pasado… pero no recuerda los últimos años contigo.
Sentí algo extraño.
Porque eso significaba que Adrian había olvidado nuestro matrimonio.
Pero su cuerpo…
Sus hábitos…
Su instinto…
Todavía me recordaban.
—¿Por qué me estás contando esto?
Noah dudó.
—Porque creo que usted está equivocada.
Levanté una ceja.
—¿Equivocada sobre qué?
—Sobre que él ya no la ama.
Solté una pequeña risa.
—Noah, acaba de divorciarse de mí.
Él negó.
—No.
Me miró fijamente.
—Acaba de divorciarse de la mujer que cree no amar.
Esa noche hice algo que no esperaba hacer.
Volví a la antigua casa.
La casa donde había vivido con Adrian.
La casa donde durante dos años sentí que no podía respirar.
La puerta se abrió con mi antigua llave.
Todo estaba igual.
El sofá.
Los cuadros.
La mesa donde cenábamos.
Pero había algo diferente.
Demasiadas cosas con mi presencia.
Mis libros seguían en la biblioteca.
Mis tazas favoritas seguían en la cocina.
Incluso había una manta doblada sobre el sillón.
La misma que siempre usaba cuando tenía frío.
Entonces escuché una voz.
—¿Qué haces aquí?
Me giré.
Adrian estaba parado en la entrada.
Por un segundo olvidé que ya no era mi esposo.
Olvidé que ahora era un extraño.
—Vine por algunas cosas.
Asintió.
Pero no se movió.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
Como si estuviera buscando algo.
—¿Por qué sonríes tanto?
La pregunta me sorprendió.
—¿Qué?
—Desde que me divorcié de ti.
Hizo una pausa.
—Pareces feliz.
Sonreí.
—Porque lo estoy.
Su expresión cambió ligeramente.
No era enojo.
Era confusión.
—¿No te duele?
Lo miré.
—Adrian, tú eras quien quería irse.
—Sí.
Bajó la mirada.
—Pero esperaba que estuvieras triste.
La sinceridad de la respuesta me dejó sin palabras.
Porque ese era exactamente el problema.
Adrian no entendía.
Nunca había entendido.
Antes de perder la memoria, Adrian me amaba de una manera que me asfixiaba.
No dudaba de su amor.
Ese era el problema.
Dudaba de mi libertad.
Después del accidente, su memoria había borrado la parte donde su amor se convirtió en control.
Pero también había borrado algo más.
La razón por la que se enamoró de mí.

Esa noche encontré una caja en mi antiguo armario.
Dentro había cartas.
Decenas.
Todas escritas por Adrian.
Abrí una.
“Claire, hoy sonreíste porque viste un perro pequeño en la calle. Pensé que era extraño que una persona pudiera alegrarse tanto por algo tan simple.”
Abrí otra.
“Me gusta que no tengas miedo de decirme cuando estoy equivocado.”
Otra.
“Todos quieren algo de mí. Tú eres la única persona que me trata como si fuera un hombre normal.”
Mis manos comenzaron a temblar.
Porque ahí estaba el Adrian que yo había amado.
No el hombre posesivo.
No el hombre que quería controlar cada minuto de mi vida.
El hombre que me había visto.
Al día siguiente fui al hospital.
El médico de Adrian quería hablar conmigo.
—Claire, hay algo importante.
Me senté.
—¿Qué ocurre?
El doctor revisó unos documentos.
—La pérdida de memoria de Adrian no es completa.
—¿Qué significa eso?
—Su mente bloqueó ciertos recuerdos asociados con una emoción muy fuerte.
Fruncí el ceño.
—¿Una emoción fuerte?
Asintió.
—Miedo.
Silencio.
—¿Miedo a qué?
El doctor me miró.
—A perderla.
Después de esa conversación entendí algo.
Adrian no había olvidado porque no me amara.
Había olvidado porque una parte de él estaba intentando empezar de nuevo.
Una versión de él sin miedo.
Sin obsesión.
Sin necesidad de poseer todo lo que amaba.
Pasaron semanas.
Y algo extraño ocurrió.
Adrian empezó a cambiar.
No volvió a perseguirme.
No volvió a controlar mis horarios.
No volvió a preguntarme dónde estaba cada cinco minutos.
Simplemente empezó a conocerme otra vez.
Como si fuéramos dos desconocidos.
Una tarde me encontró leyendo en una cafetería.
Se sentó frente a mí.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Por qué te casaste conmigo?
La pregunta me tomó por sorpresa.
Pensé unos segundos.
—Porque cuando te conocí pensé que eras la persona más sola que había visto.
Bajó la mirada.
—¿Y ahora?
Sonreí.
—Ahora creo que todavía lo eres.
Él soltó una pequeña risa.
La primera que escuché en mucho tiempo.
Un día apareció frente a mi puerta.
No llevaba flores.
No llevaba regalos.
No llevaba grandes promesas.
Solo llevaba una libreta.
La misma donde había escrito mi nombre treinta y siete veces.
—No recuerdo todos los momentos que vivimos.
Hizo una pausa.
—Pero quiero crear nuevos.
Lo miré.
—Adrian…
—No te estoy pidiendo que vuelvas porque soy tu esposo.
Me miró directamente.
—Te lo pido porque quiero ganarme el derecho de serlo otra vez.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí que estaba atrapada.
Porque esa era la diferencia.
El viejo Adrian me amaba tanto que quería sujetarme.
El nuevo Adrian me amaba lo suficiente para dejarme elegir.
Un año después, volvimos a casarnos.
No porque necesitáramos un papel.
No porque tuviéramos miedo de perder algo.
Sino porque ambos queríamos.
Después de la ceremonia, Adrian me miró sonriendo.
—¿Sabes algo gracioso?
—¿Qué?
—La primera vez que me casé contigo, pensé que necesitaba protegerte.
Levantó mi mano.
—La segunda vez entendí que también tenía que confiar en ti.
Durante mucho tiempo pensé que el accidente había sido una bendición porque me liberó.
Pero estaba equivocada.
La verdadera bendición no fue que Adrian olvidara quién era yo.
Fue que tuvo la oportunidad de aprender a amarme de una forma diferente.
Porque a veces perder los recuerdos no significa perder el amor.
A veces significa tener una segunda oportunidad para hacerlo bien.
El primer Adrian me amaba como si yo fuera algo que podía perder.
El segundo Adrian me amó como alguien que podía elegir quedarse.