El jardín quedó completamente en silencio.
Ni el cuarteto de cuerdas siguió tocando.
Ni los meseros se movieron.
Todos miraban a Renata.
La niña seguía sujetando la mano de Gabriel con absoluta tranquilidad, sin comprender que acababa de romper el equilibrio de toda la ceremonia.
Camila fue la primera en reaccionar.
Miró fijamente a Gabriel.
Después volvió a mirarlo.
Como si necesitara convencerse de que no estaba imaginando su rostro.
—Doctor Robles…
Su voz apenas salió.
Gabriel respiró despacio.
—Hace mucho que nadie me llama así.
Santiago frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Camila no respondió.
Seguía observando a Gabriel con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
Finalmente preguntó:
—¿Usted trabajó en el Centro Nacional de Fertilidad Santa Elena?
Gabriel asintió lentamente.
—Durante casi diez años.
Camila dio un paso atrás.
Su copa cayó sobre el césped.
—No puede ser…
Santiago empezó a impacientarse.
—¿Alguien me explica qué está pasando?
Gabriel mantuvo la calma.
—Creo que la señora me está confundiendo con otra persona.
Camila negó inmediatamente.
—No.
Lo recuerdo perfectamente.
Usted fue quien dirigió la conferencia sobre reproducción asistida hace seis años.
Mi hermana estuvo en uno de sus tratamientos.
Mariana observó a Gabriel con curiosidad.
Aquella parte de su vida casi nunca aparecía en las conversaciones.
Él había dejado aquella clínica mucho antes de conocerla.
—Doctor…
Camila tragó saliva.
—¿Usted todavía conserva expedientes antiguos?
Gabriel entrecerró ligeramente los ojos.
—Los expedientes médicos son confidenciales.
—Lo sé.
Pero necesito hacerle una pregunta.
Santiago ya comenzaba a perder la paciencia.
—Camila.
Ella ni siquiera lo miró.
Seguía concentrada en Gabriel.
—Hace seis años…
Respiró profundamente.
—¿Usted atendió a una paciente llamada Mariana Salas?
Gabriel respondió sin vacilar.
—No puedo confirmar ni negar nombres de pacientes.
El rostro de Camila cambió por completo.
Parecía haber llegado a una conclusión.
Volvió lentamente la vista hacia Santiago.
—¿Dónde dijiste que conociste a Mariana?
Él respondió con evidente incomodidad.

—Eso ya pasó.
—Respóndeme.
—En una agencia de publicidad.
Camila negó despacio.
—No.
Eso no fue lo que me contaste hace años.
Santiago comenzó a sudar.
—Camila…
—Me dijiste que tu exesposa era infértil.
El jardín volvió a quedar completamente en silencio.
Mariana sintió cómo Gabriel apretaba suavemente su mano.
Santiago intentó sonreír.
—Era lo que sabíamos entonces.
Pero Camila ya no escuchaba.
Su memoria comenzaba a unir piezas.
—Mi hermana trabajaba precisamente en esa clínica.
Me contó un caso…
Levantó lentamente la vista hacia Mariana.
—Una mujer cuyo esposo intentaba convencerla de abandonar el tratamiento porque decía que jamás tendría hijos.
Mariana permaneció inmóvil.
Aquellas conversaciones pertenecían a una etapa de su vida que casi había logrado olvidar.
Gabriel habló por primera vez.
—Las parejas enfrentan procesos difíciles.
No conviene sacar conclusiones.
Pero Camila ya estaba completamente pálida.
—No…
No era solo eso.
Miró nuevamente a Santiago.
—Tú dijiste que el médico confirmó que Mariana nunca podría ser madre.
Gabriel negó lentamente.
—Ningún especialista serio hace afirmaciones absolutas de ese tipo sin fundamentos médicos.
La respiración de Camila comenzó a acelerarse.
—Entonces…
Volvió a mirar a su prometido.
—¿Me mentiste?
Santiago dio un paso hacia ella.
—No sabes de qué estás hablando.
—¡Sí sé!
Mi hermana trabajaba allí.
Recuerdo perfectamente lo que me contó.
Hubo una paciente…
Su voz empezó a quebrarse.
—…cuyo problema no era ella.
Todos permanecían inmóviles.
Ni siquiera el fotógrafo se atrevía a disparar la cámara.
Camila dio otro paso atrás.
—El expediente decía que el estudio pendiente era del esposo.
Santiago levantó la voz.
—¡Basta!
Pero ya era demasiado tarde.
Camila lo miraba como si nunca lo hubiera conocido.
—Siempre culpaste a Mariana.
Durante años repetiste que ella no podía darte una familia.
Después apareció Renata.
Y ahora…
Giró lentamente hacia Gabriel.
—Usted…
¿Fue quien finalmente encontró el verdadero diagnóstico?
Gabriel permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió con absoluta serenidad.
—Solo puedo decir que, en ocasiones, la persona que más insiste en culpar a su pareja es precisamente quien lleva años ocultando sus propios resultados médicos.