PARTE 2: EL PRECIO DE UNA SEGUNDA VIDA

Los primeros días fueron mucho más difíciles de lo que había imaginado.

No tenía una mansión.

No tenía servicio doméstico.

No tenía el sueldo de Samuel.

Solo tenía una pequeña casa de huéspedes, mis dos hijos y una cuenta bancaria que, en mi vida anterior, jamás había aprendido a proteger.

Pero tenía algo que antes no tenía.

Tiempo.

Y recuerdos.

Sabía exactamente qué empresas crecerían durante los siguientes años.

Sabía qué terrenos se revalorizarían.

Sabía qué oficiales serían promovidos.

Y, sobre todo, sabía qué errores no debía cometer otra vez.

A la mañana siguiente llamé a mi padre.

—Papá.

Hubo silencio al otro lado.

—Elena.

Su voz cambió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Necesito tu ayuda.

En mi vida anterior jamás había pronunciado esas palabras.

Esta vez no me avergonzó hacerlo.

Dos horas después, Rafael Vargas estaba sentado frente a mí.

Miró a Mateo.

Luego a Lucía.

Finalmente me miró a mí.

—¿Samuel te hizo algo?

Negué con la cabeza.

—Todavía no.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Todavía?

Le conté todo.

El supuesto divorcio.

Isabel.

La casa.

La amenaza de quitarme a los niños.

Y lo que recordaba de mi primera vida.

Mi padre no me interrumpió.

Cuando terminé, permaneció en silencio durante un largo rato.

—Hija, hay algo que nunca te conté.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

Sacó una carpeta.

—Hace veinte años, el padre de Isabel trabajó conmigo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué tiene que ver eso con ella?

—Desapareció después de una investigación interna.

Abrió la carpeta.

Dentro había documentos militares antiguos.

—Su nombre apareció relacionado con una red de falsificación de expedientes y transferencias de propiedades.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Y Samuel?

Mi padre levantó la mirada.

—Samuel era demasiado joven entonces.

—Pero su familia sí estaba involucrada.

Sentí que todas las piezas empezaban a encajar.

En mi primera vida, siempre pensé que Isabel simplemente había sido el gran amor de Samuel.

Ahora empezaba a sospechar que había algo mucho más antiguo.


Tres días después, recibí una llamada.

Era mi abogado.

—Señora Vargas, encontramos algo.

—¿Qué?

—El acuerdo de divorcio que firmó Samuel contiene una cláusula bastante extraña.

—¿Cuál?

—Si usted abandona voluntariamente la vivienda y renuncia a determinadas propiedades, Samuel obtiene el control administrativo de varios activos familiares.

Me quedé quieta.

—¿Activos familiares?

—Sí.

—¿Qué activos?

El abogado hizo una pausa.

—Una cuenta fiduciaria a nombre de sus hijos.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

En mi vida anterior había firmado aquel documento sin leerlo.

Samuel me había dicho que era un trámite temporal.

Había confiado en él.

Y sin saberlo, había entregado también el control económico del futuro de Mateo y Lucía.

—¿Podemos detenerlo?

—Sí.

—¿Cómo?

—Si demostramos que el documento fue presentado bajo información falsa y que usted nunca recibió asesoría independiente.

Cerré los ojos.

—Entonces hágalo.


Esa misma tarde Samuel apareció en mi casa.

No vino solo.

Isabel estaba detrás de él.

Vestía un abrigo blanco y sostenía una pequeña bolsa de medicamentos.

La misma imagen de fragilidad que había utilizado en mi primera vida.

—Elena —dijo Samuel—. Esto se está saliendo de control.

—No.

Lo miré.

—Lo que se está saliendo de control es tu mentira.

Su mandíbula se tensó.

—Te ofrecí la casa.

—Y yo te la devolví.

—Te ofrecí seguridad.

—No necesito que me compres.

Isabel intervino suavemente.

—Samuel solo quiere proteger a los niños.

Mateo apareció detrás de mí.

—Papá, ¿por qué quieres quitárnoslos?

Samuel se quedó paralizado.

Lucía se aferró a mi vestido.

—No quiero ir con él.

La expresión de Samuel cambió.

Por primera vez vi algo parecido a miedo.

Pero Isabel se acercó y le tomó el brazo.

—Samuel, no tienes que escuchar esto.

Mateo la miró.

—Tú eres la razón por la que mamá se fue.

Isabel perdió la sonrisa.

—¿Quién te dijo eso?

—Lo escuché.

Samuel bajó la mirada.

Yo tomé la mano de mi hijo.

—Vamos adentro.

Samuel dio un paso.

—Elena, espera.

Me giré.

—No vuelvas a venir aquí sin un abogado.

Su rostro se endureció.

—¿Me estás amenazando?

—No.

Sonreí.

—Te estoy avisando.


Una semana después, el tribunal recibió nuestra solicitud.

Samuel intentó utilizar su rango.

Intentó utilizar sus contactos.

Intentó convencer a todos de que yo había perdido la estabilidad emocional después del divorcio.

Pero esta vez no estaba sola.

Mi padre aportó documentos.

Mi abogado presentó los registros financieros.

Y después apareció una prueba que nadie esperaba.

Una grabación.

Samuel hablando con Isabel tres meses antes del supuesto divorcio.

—Cuando Elena firme, la casa será nuestra.

La voz de Isabel respondió:

—¿Y los niños?

Samuel contestó:

—Los niños se quedarán conmigo. Ella no tiene recursos para mantenerlos.

Mi abogado detuvo la grabación.

La sala quedó en silencio.

Samuel palideció.

Isabel comenzó a llorar.

—Eso está fuera de contexto.

Mi abogado sonrió.

—Tenemos otras seis grabaciones.

Samuel cerró los ojos.

Yo no sentí satisfacción.

Sentí alivio.

Porque finalmente había conseguido algo que en mi primera vida me había sido negado.

La verdad.


Pero todavía quedaba Isabel.

Y fue ella quien cometió el último error.

Dos días antes de la audiencia definitiva, mi padre recibió un paquete anónimo.

Dentro había fotografías antiguas.

Documentos.

Y una carta.

La firma pertenecía al padre de Isabel.

El contenido era suficiente para relacionar a Isabel con la misma red que mi padre había investigado años atrás.

No había sido una simple historia de amor.

Isabel había regresado a la vida de Samuel porque sabía exactamente qué podía obtener de él.

Y Samuel, cegado por su supuesto amor, había estado dispuesto a destruir su matrimonio para ayudarla.

Cuando enfrenté a Isabel, no gritó.

Solo me miró.

—¿Sabes qué es lo peor de ti, Elena?

—No.

—Que siempre fuiste demasiado buena.

Negué lentamente.

—No.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Ese fue mi error en la primera vida.

Pausa.

—Esta vez aprendí a ser justa.

Isabel bajó la mirada.

—Samuel me ama.

—Entonces quédate con él.

Ella levantó los ojos.

—¿Qué?

—Te lo regalo.

Su expresión cambió.

—¿Qué estás diciendo?

—La casa también.

Sonreí.

—Puedes quedarte con todo lo que él estaba dispuesto a darme.

—Pero hay una cosa que jamás volverás a tener.

—¿Cuál?

Miré hacia la habitación donde estaban mis hijos.

—Nuestra vida.


Meses después, el divorcio quedó definitivamente registrado.

Samuel perdió el control de los activos destinados a sus hijos.

La casa regresó a mi nombre.

Las cuentas fueron protegidas.

Y las investigaciones sobre las operaciones de Isabel y su familia continuaron por su cuenta.

Samuel intentó verme una última vez.

Fue frente al edificio donde yo había abierto mi propio despacho.

Ya no llevaba uniforme.

Ya no tenía aquella seguridad arrogante.

Solo parecía un hombre que finalmente había comprendido el precio de sus decisiones.

—Elena.

Me detuve.

—¿Qué?

—¿Alguna vez me amaste?

Lo miré durante unos segundos.

—Sí.

Su rostro se quebró.

—Entonces, ¿por qué pudiste abandonarme tan fácilmente?

Negué.

—No te abandoné.

Miré hacia la puerta, donde Mateo y Lucía me esperaban.

—Me elegí a mí misma.

Samuel bajó la cabeza.

—¿Y si te hubiera pedido que volvieras?

Sonreí.

—Habrías tenido que pedírmelo en mi primera vida.

Él levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

No respondí.

Me di la vuelta y entré.


Años después, Mateo terminó la escuela.

Lucía aprendió a tocar el piano.

Nuestra pequeña casa se convirtió en una casa mucho más grande.

No porque necesitara demostrarle nada a Samuel.

Sino porque por primera vez construí una vida que realmente quería.

Nunca volví a usar el apellido Torres.

Nunca volví a esperar que alguien eligiera mi felicidad por mí.

Y una noche, mientras veía a mis hijos reír alrededor de la mesa, comprendí algo.

En mi primera vida había pensado que renacer significaba tener una oportunidad para vengarme.

Me equivocaba.

Renacer significaba poder tomar decisiones diferentes.

Amar sin perderme.

Proteger sin sacrificarme.

Y marcharme antes de que alguien pudiera convencerme de que soportar el dolor era una prueba de amor.

Samuel consiguió la casa.

Isabel consiguió al hombre que decía amar.

Y yo conseguí algo que ninguno de los dos podía quitarme.

Mi segunda vida.

Esta vez, era completamente mía.

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