El grito de Emily atravesó toda la mansión.
No fue un grito normal.
Fue el sonido de una mujer que había llegado al límite de sus fuerzas.
Subí las escaleras sin esperar permiso.
Damon intentó seguirme, pero levanté una mano.
—Quédate fuera.
Me miró sorprendido.
Probablemente no muchas personas le daban órdenes.
—Doctora Brooks…
—Si quieres que salve a tu prima y a tu bebé, vas a dejarme trabajar.
Durante un segundo pensé que iba a discutir.
Pero algo cambió en su rostro.
Asintió.
Y se quedó atrás.
Entré en la habitación.
Emily estaba empapada en sudor, aferrada a las sábanas con los ojos llenos de miedo.
—Amelia…
Su voz apenas salió.
Me acerqué.
—Estoy aquí.
Ella intentó sonreír.
—Sabía que vendrías.
Le tomé la mano.
—Ahora necesito que me escuches. Vamos a concentrarnos.
Revisé los monitores.
La enfermera estaba nerviosa.
Demasiado nerviosa.
—¿Desde cuándo bajó el ritmo?
—Hace cinco minutos.
Miré al médico.
—¿Y qué hizo?
Él dudó.
Ese segundo fue suficiente.
—Nada.
Sentí la mandíbula tensarse.
—¿Nada?
—Pensé que se recuperaría.
Negué lentamente.
Esperar no siempre era una decisión médica.
A veces era simplemente miedo disfrazado de paciencia.
Me acerqué al monitor.
El corazón del bebé seguía latiendo.
Pero no como debería.
—Necesitamos preparar una cesárea.
La habitación quedó en silencio.
La enfermera miró al médico.
Él abrió la boca.
—Aquí no tenemos quirófano completo.
—Entonces trasladamos.
—La carretera está complicada.
Lo miré fijamente.
—Hace veinte minutos me dijeron lo mismo.
Pausa.
—Y aun así llegué.
Cuando salí de la habitación, Damon estaba esperando.
Su expresión era la de un hombre acostumbrado a controlar cualquier situación.
Pero sus manos lo traicionaban.
Estaban cerradas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—¿Qué pasa?
—Tu prima necesita ir al hospital.
Su rostro cambió.
—¿El bebé?
—Todavía está estable.
—¿Todavía?
La palabra salió casi como un golpe.
Me acerqué.
—Damon, escucha.
Por primera vez vi algo detrás del hombre temido por todos.
No era poder.
Era miedo.
—Si quieres proteger a Emily, tienes que dejar de pensar como alguien que puede comprar soluciones.
Sus ojos se clavaron en mí.
—No estoy acostumbrado a no poder hacer nada.
—Entonces acostúmbrate durante los próximos minutos.
Silencio.
Después sacó su teléfono.
—Preparen el traslado.
Uno de sus hombres apareció inmediatamente.
—Señor, las carreteras…
Damon levantó la mirada.
—No me importa.
—Pero…
—He dicho que lo preparen.
No gritó.
No necesitó hacerlo.
Todos obedecieron.
El trayecto hasta el hospital fue una pesadilla.
La lluvia golpeaba los cristales de la ambulancia.
Emily respiraba con dificultad.
Yo no aparté los ojos de los monitores.
Damon iba sentado enfrente.
No hablaba.
Solo miraba a su prima.
Como si estuviera intentando memorizar cada segundo.
Finalmente dijo:
—Ella era la única persona de mi familia que todavía me veía como un hombre.
Lo miré.
No esperaba una confesión.
—¿Qué quieres decir?
Miró por la ventana.
—Todos ven el dinero.
—El apellido.
—El miedo.
Pausa.
—Emily nunca me pidió nada.
Sus palabras me sorprendieron.
Porque por primera vez no escuché al jefe de una organización.
Escuché a un primo preocupado.
La cirugía comenzó apenas llegamos.
Esperamos fuera.
Una hora.
Luego dos.
Damon permaneció sentado todo el tiempo.
Sin llamadas.
Sin órdenes.

Sin esa máscara fría que todos conocían.
Cuando finalmente salió el médico, ambos nos levantamos.
—La madre está bien.
Damon cerró los ojos.
Una fracción de segundo.
Pero lo vi.
El alivio.
—¿Y el bebé?
El médico sonrió.
—Una niña sana.
Por primera vez vi a Damon Blackwell sonreír.
No una sonrisa de negocios.
No una sonrisa calculada.
Una real.
Al amanecer, la tormenta había desaparecido.
Emily sostenía a su hija mientras Damon estaba a su lado.
Me acerqué para despedirme.
—Doctora Brooks.
Me giré.
Damon estaba de pie.
—Sé que no puedo pagar lo que hizo esta noche.
—No hice esto por dinero.
Asintió.
—Lo sé.
Sacó una tarjeta de su bolsillo.
La miré.
—¿Qué es eso?
—Mi número personal.
Fruncí el ceño.
—No necesito protección.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—No se la estoy ofreciendo.
Pausa.
—Estoy pidiendo un favor.
—¿Cuál?
Miró hacia Emily y la bebé.
Después volvió a mirarme.
—Que si alguna vez alguien intenta hacerle daño a una persona inocente frente a usted… no dude en llamarme.
Lo observé unos segundos.
El hombre más temido de Maine.
El hombre que todos describían como peligroso.
Pero esa noche había visto otra cosa.
Un hombre aterrorizado de perder a alguien que amaba.
Guardé la tarjeta.
Sin saber que esa llamada de las 2 de la mañana no sería la última vez que Damon Blackwell necesitaría mi ayuda.
Porque semanas después, cuando pensé que aquella noche había terminado…
recibí otra llamada.
Esta vez no era Emily.
Era Damon.
Y su voz sonaba mucho más preocupada que aquella primera madrugada.
—Doctora Brooks…
Pausa.
—Necesito que venga.
—Esta vez no es por un bebé.
—Es por mí.