Doña Elena permaneció inmóvil con el teléfono pegado al oído. Por primera vez en muchos años, alguien conseguía dejarla sin una respuesta inmediata.
—¿Quién habla? —preguntó intentando recuperar su habitual autoridad.
—Soy el doctor Ricardo Salas. Fui el médico que trató a la señora Valeria hace tres años. La llamo porque encontré unos documentos que nunca llegaron a manos de Mateo.
El corazón de Elena dio un vuelco.
—No entiendo de qué está hablando.
—Entonces será mejor que se lo explique frente a su hijo. Él tiene derecho a conocer la verdad.
La llamada terminó sin darle oportunidad de responder.
Doña Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Durante años había investigado cada detalle de la vida de Valeria convencida de que encontraría alguna prueba para demostrar que era una interesada. Nunca encontró nada.
Sin embargo, aquella llamada sonaba demasiado peligrosa.
Mientras tanto, Mateo conducía bajo la lluvia sin rumbo fijo. El divorcio acababa de convertirse en la mayor derrota de su vida.
Cada semáforo le recordaba una cita con Valeria.
Cada calle despertaba un recuerdo que ahora parecía imposible recuperar.
Detuvo el automóvil frente al pequeño apartamento donde ella vivía antes de casarse.
Las luces estaban apagadas.
Solo quedaba el cartel de “Se alquila”.
Una vecina salió del edificio con un paraguas.
—¿Busca a Valeria?
Mateo levantó la mirada de inmediato.
—Sí… ¿sabe dónde está?
La mujer suspiró con tristeza.
—Se marchó hace dos semanas. Dijo que necesitaba empezar de cero lejos de aquí.
Aquellas palabras lo golpearon como un martillo.
No solo había perdido a su esposa.
También había perdido cualquier posibilidad de pedirle perdón.
Al regresar a la mansión encontró a su madre esperándolo en el salón.
—Tenemos que hablar.
Mateo ni siquiera quiso sentarse.
—No queda nada que decir entre nosotros.
—Recibí una llamada sobre Valeria.
Él se detuvo en seco.
—¿Qué pasó?
Doña Elena vaciló unos segundos.
Era la primera vez que dudaba antes de manipular una conversación.
—Un médico quiere verte mañana. Dice que existe algo que nunca supiste.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—No quiso decírmelo.
A la mañana siguiente ambos llegaron al hospital donde trabajaba el doctor Salas.
El hombre los esperaba con una carpeta amarilla cuidadosamente cerrada.
Los invitó a tomar asiento.
Después miró directamente a Doña Elena.
—Antes de continuar necesito hacerle una pregunta.
Ella sostuvo su mirada con frialdad.

—Adelante.
—¿Alguna vez se preguntó por qué Valeria jamás respondió a todas las humillaciones que usted le hizo?
Elena guardó silencio.
El médico abrió lentamente la carpeta.
Dentro había varios informes clínicos y una carta escrita a mano.
—Hace tres años, Valeria recibió un diagnóstico muy difícil. Decidió mantenerlo en secreto para no preocupar a Mateo mientras él intentaba salvar la empresa familiar.
Mateo sintió que le faltaba el aire.
—¿Qué diagnóstico?
El doctor respiró profundamente antes de responder.
—Ella estaba embarazada… y al mismo tiempo padecía una enfermedad que hacía que ese embarazo fuera extremadamente peligroso.
El mundo de Mateo pareció detenerse.
La carta cayó de la carpeta sobre la mesa.
En la primera línea podía leerse con claridad:
“Si algún día Mateo descubre esta carta, quiero que sepa que nuestro hijo siempre fue el mayor regalo de mi vida…”