PARTE 2: LO QUE DORIAN NUNCA DIJO

Cuando llegué a la boda de Maeve Collins, me repetí una frase durante todo el camino:

No estoy aquí por él.

Era mentira.

Estaba allí por Maeve.

Por mi amiga.

Por la persona que me había acompañado durante años.

Pero una parte de mí sabía que también estaba allí porque quería demostrarme algo.

Que podía verlo.

Que podía estar en la misma habitación que Dorian Vale.

Y que ya no me afectaba.

La vida, sin embargo, tiene una manera cruel de probar justo aquello que intentas negar.

La ceremonia era en una finca antigua a las afueras de la ciudad.

Árboles enormes.

Luces cálidas colgando entre las ramas.

Flores blancas en cada esquina.

Todo parecía sacado de una película.

Yo llevaba un vestido azul oscuro.

Elegante.

Sencillo.

Cuando llegué, Maeve me abrazó tan fuerte que casi perdí el equilibrio.

—Pensé que no vendrías.

Sonreí.

—Yo también lo pensé.

Ella me miró con esa expresión de amiga que sabe demasiado.

—Elena…

—No empieces.

Levantó las manos.

—Está bien.

Pero antes de irse añadió:

—Solo recuerda algo.

—¿Qué?

—Han pasado dos años.

No respondí.

Porque para mí no habían pasado dos años.

Habían pasado setecientos treinta días intentando convencerme de que alguien que no me eligió ya no importaba.


Lo vi por primera vez durante el ensayo.

Dorian estaba al otro lado del jardín.

Traje negro.

Cabello ligeramente desordenado.

La misma forma de mirar alrededor como si siempre estuviera pensando en otra cosa.

Dos años.

Dos años sin verlo.

Y mi corazón todavía lo reconoció antes que mi cabeza.

Él también me vio.

Nos quedamos quietos.

Por un instante ninguno de los dos se movió.

Después Dorian bajó la mirada.

Ese pequeño gesto dolió más de lo que esperaba.

Porque era exactamente igual que aquella tarde en la cafetería.

La misma culpa.

La misma distancia.

Me giré antes de que pudiera acercarse.

—Elena.

Su voz.

Mi nombre en su voz.

Dos años después.

Me detuve.

Pero no me giré completamente.

—Hola, Dorian.

Silencio.

Extraño.

Incómodo.

Como si dos personas que antes podían hablar durante horas ahora no supieran ni cómo empezar.

—¿Cómo has estado?

Sonreí ligeramente.

—Bien.

La respuesta automática.

La misma que se usa cuando no quieres contar la verdad.

Él asintió.

—Me alegro.

Eso fue todo.

Pasaron dos años para ese intercambio.

Dos años.

Y solo fueron cuatro palabras.


La recepción comenzó al anochecer.

Me sentaron en una mesa cerca de la pista.

Cuando vi la distribución casi me reí.

Maeve lo había hecho a propósito.

Yo estaba sentada frente a Dorian.

—Eres una traidora —le susurré cuando pasó junto a mí.

Ella sonrió.

—Soy una amiga.

—No son lo mismo.

—Hoy sí.

Negué con la cabeza.

Pero no pude evitar sonreír.

La cena avanzó.

Hablé con otros invitados.

Intenté no mirarlo.

Fallé varias veces.

Dorian también.

Lo descubrí porque cada vez que levantaba la vista, él ya estaba mirándome.

Pero apartaba los ojos inmediatamente.

Como si incluso ahora tuviera miedo.


Después del brindis salí al jardín.

Necesitaba aire.

Dos años evitando a una persona.

Y ahora estaba a unos metros.

Escuché pasos detrás de mí.

No tuve que mirar.

—¿Puedo hablar contigo?

Dorian.

Respiré profundamente.

—Depende.

Se quedó sorprendido.

—¿Depende de qué?

—De si vas a decirme otra vez que soy una gran persona pero que no sientes nada.

Su expresión cambió.

Dolor.

Real.

—Elena…

Me giré.

—No sabes cuánto me costó aceptar eso.

—Lo sé.

Negué.

—No. No lo sabes.

Mi voz tembló.

—Porque después de esa tarde tú seguiste con tu vida. Yo tuve que aprender a entrar a una habitación sin buscarte.

Dorian cerró los ojos.

Como si esas palabras le dolieran.

—Pensé que era lo correcto.

—¿Rechazarme?

—Alejarme.

Lo miré confundida.

—¿Qué?

Él tardó unos segundos.

Luego dijo:

—Porque si te decía la verdad, todo habría sido peor.


Dorian sacó su teléfono.

Abrió una conversación.

Una conversación conmigo.

Mi antiguo número.

El número que había eliminado.

—Nunca borré esto.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Por qué?

Sonrió con tristeza.

—Porque esperaba que algún día me hablaras.

Me mostró la pantalla.

Había mensajes escritos.

Nunca enviados.

“Elena, hoy vi un té de mango y pensé en ti.”

“Elena, terminé el proyecto del laboratorio.”

“Elena, estoy enfermo y nadie me obliga a comer sopa como tú.”

“Elena, felicidades por tu nuevo trabajo.”

Cientos.

Tal vez miles.

Pero ninguno enviado.

—¿Por qué?

Repetí.

Esta vez más bajo.

Dorian miró hacia el jardín.

—Porque aquella tarde no te rechacé porque no me gustaras.

El mundo pareció detenerse.

—Entonces ¿por qué?

Respiró profundamente.

—Porque seis meses antes me diagnosticaron una enfermedad cardíaca.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—No quería decirte.

—¿Y pensaste que era mejor romperme el corazón?

Bajó la mirada.

—Pensé que era mejor que me odiaras a que esperaras por alguien que quizá no podría darte un futuro.

No supe qué decir.

Porque de todas las respuestas que imaginé durante dos años…

Esa nunca apareció.


—¿Estás bien ahora?

Asintió.

—Me operaron poco después.

—¿Y nunca me dijiste?

—Intenté hacerlo.

Se rió suavemente.

—Pero cuando vi que estabas intentando olvidarme, pensé que debía respetarlo.

Lo miré.

—Dorian, yo no quería olvidarte.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué no viniste?

Su respuesta fue inmediata.

—Porque te quería demasiado.

Esa frase dolió.

Pero de una forma diferente.


Esa noche hablamos durante horas.

Como antes.

Como si esos dos años nunca hubieran existido.

Me contó de su tratamiento.

De sus miedos.

De todas las veces que quiso llamarme.

Yo le conté cuánto me dolió.

Cuánto intenté convencerme de que ya no sentía nada.

Al final nos quedamos en silencio.

—Elena.

—¿Sí?

—Si pudiera volver a esa cafetería…

Esperé.

—Te diría la verdad.

Sonreí.

—¿Cuál verdad?

Me miró.

Y esta vez no apartó los ojos.

—Que me gustabas.

Mi corazón se detuvo.

—Mucho.


No empezamos una relación esa noche.

No después de dos años separados.

No después de tantas cosas sin decir.

Pero empezamos algo más importante.

Volvimos a conocernos.

Sin miedo.

Sin orgullo.

Sin silencios.


Seis meses después, Dorian volvió a llevarme a aquella cafetería detrás de la universidad.

El lugar seguía igual.

La misma mesa.

La misma ventana.

Incluso el mismo menú.

Se sentó frente a mí.

—¿Qué quieres beber?

Lo miré.

—Lo de siempre.

Sonrió.

Y sin mirar al empleado dijo:

—Mango con pomelo. Poco azúcar. Sin hielo. Con perlas crujientes.

Me reí.

—Todavía lo recuerdas.

—Elena.

Me miró.

—Nunca olvidé nada de ti.


A veces pensamos que el rechazo es el final.

Que una puerta cerrada significa que nunca debió abrirse.

Pero algunas personas no se van porque no te quieran.

A veces se alejan porque tienen miedo.

Porque creen que protegerte significa desaparecer.

Dorian perdió dos años conmigo.

Yo perdí dos años con él.

Pero al final aprendimos algo:

El amor no siempre falla porque falta sentimiento. A veces falla porque falta valor para decir la verdad.

Y cuando finalmente dejamos de escondernos detrás del miedo…

Nos encontramos otra vez.

Esta vez sin soltarnos.

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