PARTE 2: DOS AÑOS DESPUÉS, VOLVIMOS A SENTARNOS JUNTOS

—Maya.

Escuchar mi nombre en su voz después de dos años fue como abrir una puerta que yo había mantenido cerrada con todas mis fuerzas.

No me giré inmediatamente.

Porque durante dos años había practicado exactamente esto.

Imaginar que lo veía.

Imaginar que escuchaba su voz.

Imaginar que podía actuar como si nada hubiera pasado.

Pero la realidad siempre era más difícil que la imaginación.

Finalmente respiré y me volví.

Lucas estaba ahí.

Igual.

Y diferente.

Seguía teniendo el cabello algo desordenado, como si hubiera salido directamente del laboratorio. Seguía usando relojes simples y camisas sin marcas. Seguía teniendo esa expresión tranquila que hacía que pareciera estar pensando en algo que nadie más podía entender.

Pero ya no era el chico de la tienda de té.

Ahora había algo más cansado en sus ojos.

Algo que antes no estaba.

—Hola —dije.

Una palabra.

Una palabra que me costó más que mi confesión de hacía dos años.

Lucas me miró durante unos segundos.

—Has cambiado.

Sonreí levemente.

—Tú también.

Era mentira.

No había cambiado tanto.

El problema era que yo todavía lo recordaba exactamente.


La cena comenzó.

La gente hablaba.

Reían.

Felicitaban a Clara y a su esposo.

Yo intentaba concentrarme en cualquier cosa menos en la persona sentada a mi lado.

Pero era imposible.

Porque Lucas seguía recordando detalles.

—¿Todavía tomas té de mango con poco azúcar?

Me quedé quieta.

Giré la cabeza.

—¿Qué?

Señaló mi vaso.

—Lo pediste igual que antes.

Bajé la mirada.

—Algunas cosas no cambian.

Lucas sostuvo mi mirada.

—Eso pensé.

Hubo un silencio incómodo.

Uno de esos silencios donde ambos tienen demasiadas cosas que decir y ninguna sabe por dónde empezar.

Finalmente preguntó:

—¿Por qué desapareciste?

La pregunta me sorprendió.

Me reí suavemente.

—¿Yo desaparecí?

Lucas bajó la mirada.

—Sí.

—Lucas, tú me rechazaste.

Su expresión cambió.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo la pregunta.

Apretó los dedos alrededor de la copa.

—Pensé que necesitabas espacio.

—Lo necesitaba.

—Pero no pensé que serían dos años.

Lo miré.

—¿Qué esperabas?

No respondió.

Y esa falta de respuesta me dolió más de lo que quería admitir.


Después de la cena salí al jardín del hotel.

Necesitaba aire.

La música estaba demasiado alta.

Las risas demasiado cercanas.

Y él demasiado presente.

Me apoyé junto a la fuente.

—Sabía que vendrías aquí.

No tuve que mirar.

Sabía quién era.

—¿Me seguiste?

Lucas negó.

—Te conozco.

Esa frase me hizo sonreír con tristeza.

—No.

Lo miré.

—Ya no me conoces.

Lucas se quedó callado.

Y por primera vez en mucho tiempo, pareció no saber qué decir.

—Maya.

—¿Qué?

—Lo siento.

Esperé.

Porque esa palabra la había escuchado dos años atrás.

Pero esta vez sonaba diferente.

—¿Por qué?

Lucas respiró profundamente.

—Por hacerte creer que no eras importante.

Fruncí el ceño.

—Nunca dijiste eso.

—No con palabras.

Bajó la mirada.

—Pero mis acciones lo hicieron.


No sabía qué responder.

Porque durante dos años había construido una versión de Lucas en mi cabeza.

Una versión donde él simplemente no me quería.

Era más fácil odiar una pared que aceptar que detrás de ella había una persona confundida.

—¿Por qué me rechazaste?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Lucas tardó.

Mucho.

—Porque tenía miedo.

Parpadeé.

—¿Miedo?

Asintió.

—Miedo de perderte.

Me quedé inmóvil.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Sonrió con tristeza.

—Por eso fui un idiota.


Lucas se apoyó en la baranda.

—Maya, tú eras la única persona que siempre estaba ahí.

—Cuando mi investigación salía mal.

—Cuando olvidaba comer.

—Cuando mi padre estuvo enfermo.

—Cuando todos esperaban algo de mí.

Silencio.

—Y un día te miré y pensé…

Se detuvo.

—Pensé que si intentábamos algo y salía mal, perdería a la única persona que realmente me entendía.

Lo miré.

—Así que decidiste perderme de todos modos.

Lucas cerró los ojos.

—Sí.

La honestidad dolía.

Pero también era lo que había esperado durante dos años.

No una excusa.

Una verdad.


—¿Entonces ahora qué?

Pregunté.

Lucas me miró.

—No lo sé.

Y por extraño que pareciera, esa respuesta me gustó más que cualquier promesa.

Porque al menos ahora no estaba fingiendo.

—Pero sé algo.

—¿Qué?

—Estos dos años intenté convencerme de que había hecho lo correcto.

Pausa.

—Y cada vez que alguien mencionaba tu nombre, me quedaba callado porque sabía que estaba mintiéndome.

Aparté la mirada.

—Lucas…

—No quiero pedirte que olvides lo que pasó.

—No puedo.

—Lo sé.

Asintió.

—Solo quiero una oportunidad para conocerte otra vez.


No volvimos juntos esa noche.

Y quizá eso fue lo mejor.

Porque algunas heridas no desaparecen porque alguien diga “lo siento”.

Necesitan tiempo.

Necesitan acciones.

Necesitan que la persona que te perdió entienda que recuperarte no es un derecho.

Es un privilegio.


Después de la boda volvimos a hablar.

Primero mensajes.

Después cafés.

Luego cenas.

Lucas ya no esperaba que yo estuviera disponible siempre.

Preguntaba.

Escuchaba.

Aprendía.

Como si realmente estuviera conociéndome por primera vez.

Un día fuimos a la misma tienda de té detrás de la universidad.

El lugar seguía igual.

La misma mesa.

La misma ventana.

Incluso la misma canción antigua sonaba de fondo.

Lucas pidió mi bebida antes de que yo hablara.

—Mango pomelo.

Lo miré.

—Poco azúcar.

Sonrió.

—Sin hielo.

Negué.

—Con perlas crujientes.

Ambos nos quedamos callados.

Porque ese recuerdo ya no dolía igual.


Meses después, Lucas me llevó al mismo lugar.

Se sentó frente a mí.

Y sacó una pequeña caja.

Mi corazón se detuvo.

Pero no era un anillo.

Era mi collar.

El que había guardado después de la confesión.

—Pensé que lo habías perdido.

Lo miré sorprendida.

—¿Lo tenías tú?

Asintió.

—Lo encontré en la tienda aquel día.

—¿Por qué no me lo devolviste?

Lucas sonrió débilmente.

—Porque pensé que algún día tendría el valor de preguntarte si todavía podía formar parte de tu vida.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Pero esta vez no eran lágrimas de dolor.


Dos años antes había salido de esa tienda pensando que había perdido al hombre que amaba.

Pero estaba equivocada.

No había perdido a Lucas.

Habíamos perdido el momento correcto.

Y a veces la vida no te da una segunda oportunidad porque la primera haya sido perfecta.

Te la da porque ambos tuvieron que crecer antes de merecerla.


Cuando finalmente tomé su mano, Lucas sonrió.

—¿Sigues pensando que mereces a alguien mejor?

Me reí.

—No.

—¿Entonces?

Lo miré.

—Ahora pienso que merezco a alguien que no tenga miedo de quedarse.

Y esta vez…

Lucas no soltó mi mano.

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