PARTE 2: El secreto de Dominic

La puerta del quirófano se abrió.

El cirujano salió todavía con el gorro puesto y una expresión seria.

—Está vivo. Logramos estabilizarlo.

Cerré los ojos durante un segundo.

No sabía por qué aquella noticia me producía alivio.

Dominic Russo no era mi familia.

Ni siquiera lo conocía.

Pero durante casi una hora había luchado por mantenerlo con vida.

Y para mí eso era suficiente.

Entonces el cirujano añadió:

—Sin embargo, encontramos algo extraño.

Abrí los ojos.

—¿Qué cosa?

Miró hacia los dos policías que seguían esperando junto a la pared.

—La herida no explica toda la pérdida de sangre que presentó.

El policía dio un paso adelante.

—¿Podría hablar con usted, señora Torres?

Lo miré.

—¿Ahora?

—Ahora.

Marcus intervino.

—Ella acaba de terminar un procedimiento de emergencia.

—Lo sé —respondió el agente—. Pero esto puede ser importante para su seguridad.

Sentí un escalofrío.

—¿Para mi seguridad?

El policía asintió.

—Antes de llegar al hospital, alguien llamó al 911 desde un teléfono desechable.

—¿Quién?

—No lo sabemos.

—¿Y qué dijo?

El agente me observó durante unos segundos.

—Dijo que Dominic Russo iba a morir si llegaba a cierto hospital.

Sentí que el pasillo se quedaba en silencio.

—¿A este hospital?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué lo trajeron aquí?

El agente miró a Marcus.

—Porque el hombre que lo acompañaba insistió.

Marcus apretó la mandíbula.

—Evan.

El policía asintió.

—Exactamente.

Recordé al joven.

Su risa.

Sus comentarios.

La forma en que había hablado de mí mientras Dominic estaba entre la vida y la muerte.

Algo no encajaba.

—¿Dónde está él?

Marcus miró hacia la entrada.

—Desapareció.


Una hora después, Dominic seguía inconsciente.

El resto de los hombres había abandonado el hospital.

Solo Marcus permanecía sentado frente a la habitación.

Yo estaba revisando unos informes cuando él se levantó.

—Valeria.

—¿Sí?

—Necesito preguntarte algo.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—¿Has visto antes a alguno de estos hombres?

Negué con la cabeza.

Marcus abrió la carpeta.

Había fotografías.

Cinco rostros.

Uno era Evan.

Otro era un hombre que nunca había visto.

Luego apareció una tercera fotografía.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué pasa? —preguntó Marcus.

Señalé la imagen.

—Ese hombre.

—¿Lo conoces?

—No.

—Entonces, ¿por qué lo reconociste?

No respondí.

Porque acababa de recordar dónde lo había visto.

Seis meses atrás.

En el estacionamiento de mi edificio.

El mismo hombre había estado apoyado contra un automóvil negro mientras yo entraba al hospital para comenzar mi turno.

Pensé que estaba esperando a alguien.

Ahora ya no estaba tan segura.

—¿Quién es? —pregunté.

Marcus cerró la carpeta.

—Alguien que lleva meses buscando a Dominic.

—¿Por qué?

Marcus guardó silencio.

—Eso es lo que Dominic todavía no nos ha contado.


A las 4:17 de la madrugada, una enfermera salió corriendo de la habitación.

—¡Se despertó!

Marcus y yo nos levantamos al mismo tiempo.

Entramos.

Dominic tenía los ojos abiertos.

Estaba débil, pero completamente consciente.

Su mirada recorrió la habitación.

Primero vio a Marcus.

Después me vio a mí.

—Ella.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué?

Dominic levantó lentamente una mano.

Me señaló.

—Ella se queda.

—Señor Russo, necesita descansar.

—No.

Su voz apenas era un susurro.

—Necesito hablar con ella.

Marcus me miró.

Yo dudé.

Luego asentí.

Salió de la habitación.

La puerta se cerró.

Dominic volvió la cabeza hacia mí.

—¿Cómo te llamas?

—Valeria Torres.

Sus ojos cambiaron.

No fue sorpresa.

Fue reconocimiento.

—Así que eres tú.

Fruncí el ceño.

—¿Me conoce?

No respondió.

Miró hacia la puerta.

Luego bajó la voz.

—¿Todavía tienes la cicatriz en la muñeca?

Me quedé helada.

Instintivamente miré mi mano.

Una pequeña cicatriz blanca cruzaba mi muñeca derecha.

La tenía desde hacía ocho años.

—¿Cómo sabe eso?

Dominic cerró los ojos.

—Porque yo estaba allí.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Dónde?

Abrió los ojos nuevamente.

—La noche en que murió tu padre.

No pude moverme.

Mi padre había muerto ocho años atrás.

Siempre me dijeron que había sido un accidente durante un robo.

Nunca conocí todos los detalles.

Nunca encontré respuestas.

Y aquel hombre, un desconocido al que acababan de traer con una herida de bala, acababa de decirme que estuvo allí.

—¿Qué sabe de mi padre?

Dominic intentó incorporarse.

—Más de lo que debería.

—Entonces dígamelo.

Me miró directamente.

—Tu padre no murió por accidente.

Sentí que todo el ruido del hospital desaparecía.

—¿Qué está diciendo?

Dominic respiró profundamente.

—Lo mataron porque descubrió algo.

—¿Qué?

Su expresión se volvió grave.

—Una red de dinero que llevaba años utilizando empresas legítimas para ocultar operaciones ilegales.

Lo miré sin entender.

—¿Y qué tengo yo que ver con eso?

Dominic tardó unos segundos en responder.

—Todo.

Mi garganta se cerró.

—No entiendo.

—Tu padre dejó algo antes de morir.

—¿Qué cosa?

Dominic miró hacia la puerta.

—Una copia de los documentos.

—¿Dónde?

—Contigo.

Negué con la cabeza.

—Nunca tuve ningún documento.

Dominic soltó una pequeña sonrisa.

—Sí lo tuviste.

Se quedó mirándome.

—Tu padre te lo entregó la misma noche que murió.

Mi mente comenzó a buscar desesperadamente entre recuerdos.

Una noche lluviosa.

Mi padre llegando tarde.

Una caja pequeña.

Una discusión.

Y después…

Nada.

Dominic extendió la mano hacia mí.

—Valeria, necesito que recuerdes qué te dio esa noche.

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó violentamente la puerta.

Marcus entró.

Su rostro había perdido todo el color.

—Tenemos un problema.

Dominic se tensó.

—¿Qué pasó?

Marcus levantó su teléfono.

—Encontraron a Evan.

—¿Dónde?

Marcus me miró.

—En el estacionamiento.

Hizo una pausa.

—Y no estaba solo.

Se acercó a la ventana.

—Hay tres vehículos afuera.

Dominic cerró los ojos.

—Ya nos encontraron.

Yo miré a Marcus.

—¿Quiénes?

Él no respondió.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Un solo mensaje apareció en la pantalla:

“Valeria, deja que Dominic muera y nadie tendrá que recordar lo que ocurrió aquella noche.”

Sentí que se me helaban las manos.

Dominic vio el mensaje.

Y su expresión cambió por completo.

—No respondas.

—¿Por qué?

Me miró fijamente.

—Porque ahora saben que tú también recuerdas.

Y en ese instante comprendí que la emergencia de aquella noche nunca había sido Dominic.

Habían venido por mí.

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