Álvaro permaneció inmóvil frente a la puerta cerrada.
Durante unos segundos, no escuchó nada.
Entonces Leo empezó a llorar.
Después Hugo.
Y finalmente Nicolás.
En menos de diez segundos, los tres bebés estaban gritando al mismo tiempo.
Álvaro cerró los ojos.
—No puede ser…
Se acercó a la primera cuna.
Intentó cargar a Leo.
El bebé arqueó la espalda y lloró con más fuerza.
Álvaro lo dejó con cuidado.
Probó con Nicolás.
Nada.
Luego con Hugo.
Peor.
Los tres parecían desesperados.
—Está bien, está bien…
Pero no estaba bien.
Llevaba once semanas diciendo exactamente lo mismo.
Y cada noche terminaba igual.
Una enfermera entró corriendo.
—Señor Valcárcel, ¿qué ocurrió?
—No lo sé.
—¿Dónde está la señorita Moreno?
Álvaro señaló la puerta.
—La despedí.
La enfermera se quedó paralizada.
—¿La despidió?
—Estaba haciendo cosas que no debía.
La mujer miró a los bebés.
Luego a Álvaro.
—Señor, ella fue la primera persona en conseguir que durmieran más de veinte minutos seguidos.
—Fue una coincidencia.
La enfermera no respondió.
Solo tomó a Leo.
El bebé siguió llorando.
Entonces ocurrió algo extraño.
Leo giró la cabeza hacia la puerta.
Como si estuviera buscando a alguien.
Álvaro sintió un escalofrío.
—¿Qué le pasa?
La enfermera negó con la cabeza.
—No lo sé.
Pero antes de que pudiera terminar, alguien llamó suavemente.
Tres golpes.
Álvaro abrió la puerta.
Era Lucía.
Seguía en el pasillo.
Todavía llevaba el uniforme azul.
Los guantes estaban en el buró de la habitación.
—Olvidé algo —dijo.
Álvaro frunció el ceño.
—Ya no trabajas aquí.
—Lo sé.
Lucía entró solamente dos pasos.
Entonces empezó a tararear.
Una melodía sencilla.
Muy baja.
Los tres bebés dejaron de llorar casi al mismo tiempo.
Álvaro se quedó completamente quieto.
La reconocía.
No sabía de dónde.
Pero la conocía.
—¿Qué canción es esa?
Lucía dejó de cantar.
—Una nana.
—¿Quién te la enseñó?
Ella bajó la mirada.
—Mi madrina.
Álvaro sintió algo extraño en el pecho.
—Cántala otra vez.
Lucía dudó.
Luego volvió a tararear.
Nicolás cerró los ojos.
Hugo dejó de mover las piernas.
Leo se quedó dormido en brazos de la enfermera.
Álvaro miró a los tres.
Después miró a Lucía.
—¿Dónde aprendiste esa canción exactamente?
Ella tardó unos segundos en contestar.
—Mi madrina decía que la había aprendido de su madre.
Álvaro sintió que el aire de la habitación cambiaba.
—¿Cómo se llamaba tu madre?
Lucía levantó la mirada.
—María Moreno.
El nombre cayó como una piedra.
Álvaro retrocedió.
—No.
Lucía frunció el ceño.
—¿Señor?
—¿Qué edad tenía tu madre?
—Cuarenta y ocho cuando murió.
Álvaro la observó fijamente.
—¿Cuándo murió?
—Hace dieciséis años.
El rostro de Álvaro perdió color.
Dieciséis años.
Exactamente dieciséis años desde que una mujer había desaparecido de su vida.
Una mujer a la que había amado.
Una mujer que todos le habían dicho que estaba muerta.
Una mujer llamada…
—¿Sabes cuál era el nombre completo de tu madrina?
Lucía asintió.

—Elena Valcárcel.
Álvaro dejó de respirar.
Ese era el nombre de su madre.
La abuela de los trillizos.
La mujer que había muerto dos años antes.
—Eso es imposible.
Lucía se quedó confundida.
—¿Por qué?
Álvaro dio un paso hacia ella.
—Mi madre nunca tuvo una ahijada llamada Lucía.
Ella metió la mano en el bolsillo de su uniforme.
Sacó una pequeña fotografía doblada.
—Entonces quizá debería mirar esto.
Álvaro tomó la fotografía.
Sus dedos comenzaron a temblar.
Era una imagen antigua.
Una mujer joven sostenía a una niña pequeña.
Detrás de ellas aparecía la entrada de una casa que Álvaro conocía perfectamente.
Su propia casa familiar.
Y junto a la mujer estaba su madre.
Pero había algo todavía más perturbador.
En el reverso de la fotografía había una fecha.
17 de marzo de 2002.
Y una frase escrita con la letra inconfundible de su madre:
“Si algún día Álvaro pregunta por esta niña, dile que nunca existió.”
Álvaro levantó lentamente la mirada.
Lucía estaba llorando.
—Yo tampoco sabía quién era usted hasta hace dos días.
—¿Entonces por qué aceptaste trabajar aquí?
Lucía tragó saliva.
—Porque alguien me dijo que debía acercarme a sus hijos.
—¿Quién?
Ella no respondió.
—Lucía, ¿quién?
La joven miró hacia los tres bebés dormidos.
Luego susurró:
—La misma persona que me entregó la fotografía.
Álvaro sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién?
Lucía abrió la boca.
Pero antes de contestar, el teléfono de Álvaro vibró.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Al otro lado solo se escuchó una respiración.
Después, una voz de mujer.
Una voz que Álvaro no había escuchado en dieciséis años.
—Hijo…
Álvaro dejó caer el teléfono.
Lucía palideció.
Y desde la cuna, Leo abrió los ojos.
Porque aquella voz…
también parecía conocerla.
La mujer que Álvaro había llorado durante dieciséis años acababa de llamarlo.
Y la verdad sobre los trillizos estaba a punto de destruir todo lo que creía saber sobre la muerte de su esposa, su madre…
y aquella joven que acababa de entrar en su vida.