PARTE 2: El matrimonio que nadie sabía que existía

Ethan se quedó parado junto a la puerta.

No miró primero a Vanessa.

Me miró a mí.

Luego vio mi blusa empapada, la taza rota en el suelo y el teléfono que seguía transmitiendo en directo.

Su rostro perdió todo el color.

—Lena…

Vanessa corrió hacia él.

—¡Ethan, esta mujer está loca! ¡Me atacó y después empezó a inventar que es tu esposa!

Ethan no respondió.

Eso fue lo primero que noté.

No intentó defenderla.

No dijo que yo estaba mintiendo.

Simplemente se quedó allí, inmóvil.

Yo saqué el certificado de matrimonio de mi bolso.

Lo había llevado conmigo desde el día en que firmamos.

No porque pensara necesitarlo.

Sino porque, después de seis años, había aprendido que con Ethan siempre convenía conservar los originales.

Lo dejé sobre la mesa.

—Diles quién soy.

Vanessa miró el documento.

—¿Qué es eso?

—Nuestro certificado de matrimonio.

—No.

La palabra salió de su boca como un grito.

—¡Eso es falso!

Grace, mi asistente, entró en la cafetería en ese momento.

Traía una carpeta negra.

Se acercó a mí y me susurró:

—Señora Lin, ya tenemos todo.

Asentí.

Vanessa retrocedió.

—¿Qué significa eso?

Abrí la carpeta.

—Significa que antes de venir aquí revisé las cuentas de los últimos tres años.

Ethan cerró los ojos.

—Lena, por favor.

—No me llames así.

Levanté la mirada.

—Hoy no soy tu esposa.

—Soy la mujer que descubrió cuánto dinero gastaste intentando comprarle una vida que nunca fue tuya.

Vanessa miró a Ethan.

—¿De qué está hablando?

Yo pasé la primera hoja.

—El apartamento de Shanghai donde te quedaste el mes pasado.

Otra hoja.

—El coche que dices que compraste con tus ahorros.

Otra.

—El viaje a Maldivas.

Otra.

—El anillo.

Vanessa empezó a respirar más rápido.

—Eso no demuestra nada.

—No.

Sonreí.

—Pero esto sí.

Grace colocó sobre la mesa una copia de una transferencia bancaria.

El beneficiario era una sociedad registrada a nombre de Vanessa.

Importe: 2,8 millones de yuanes.

Vanessa se quedó muda.

—¿Qué es eso?

—La primera transferencia.

Pasé otra página.

—Y esta es la segunda.

Otra.

—Y esta, la tercera.

Vanessa miró a Ethan.

—Me dijiste que era dinero de tu empresa.

—Lo era —respondió él rápidamente.

Yo negué con la cabeza.

—No.

—Era dinero de mi empresa.

Silencio.

Ethan me miró.

Por primera vez parecía entender que el problema no era que Vanessa hubiera descubierto que yo existía.

El problema era que Vanessa acababa de descubrir quién era realmente él.

—¿Tu empresa? —preguntó ella.

—Sí.

—¿La empresa que siempre dijiste que controlabas?

Ethan tragó saliva.

—Sí.

Me crucé de brazos.

—Entonces pregúntale por qué necesitaba mi firma para autorizar cada transferencia importante.

Vanessa se volvió hacia mí.

—¿Tu firma?

—Soy la presidenta de Lin Holdings.

La cafetería quedó en silencio.

—Y Zhou Capital no pertenece completamente a Ethan.

Vanessa miró alrededor.

Algunos empleados ya habían sacado sus teléfonos.

La transmisión seguía activa.

Miles de personas estaban viendo lo que ocurría.

Yo continué:

—El sesenta y dos por ciento de las acciones pertenece a Lin Holdings.

Ethan bajó la cabeza.

—Lena…

—Mi familia compró esas acciones hace cinco años.

—Cuando tu empresa estaba a punto de quebrar.

Vanessa abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Él vino a verme.

Miré a Ethan.

—Me dijo que quería salvar su compañía.

—Me prometió que cuando todo se estabilizara, anunciaría públicamente nuestro matrimonio.

Vanessa se quedó helada.

—¿Cuándo?

—Hace seis años.

Ella dio un paso atrás.

—Entonces…

Me miró.

—¿Estás diciendo que llevas seis años casada con él?

—Sí.

Vanessa volvió la mirada hacia Ethan.

—¿Y yo qué soy?

Él abrió la boca.

No salió ningún sonido.

Ella comenzó a llorar.

—¡Dímelo!

Ethan se acercó.

—Vanessa, yo puedo explicarlo.

—¡No quiero explicaciones!

Se quitó el anillo.

Lo lanzó sobre la mesa.

—¡Me dijiste que no tenías esposa!

Yo miré el anillo.

—Y también te dijo que su madre estaba viva.

Vanessa se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—No tiene madre desde hace dieciséis años.

—Lo sé porque estuve en el funeral.

Ethan cerró los ojos.

Ya no tenía una sola mentira que pudiera sostener.

Pero todavía faltaba una.

La más importante.

Abrí la última carpeta.

—Grace.

Ella me entregó un documento.

Lo coloqué frente a Ethan.

—¿Reconoces esto?

Él miró la hoja.

Su expresión cambió por completo.

—¿De dónde lo sacaste?

—Del registro corporativo.

—Lena, escucha…

—No.

Mi voz fue tranquila.

—Ahora tú vas a escucharme.

Señalé el documento.

—Hace cuatro meses transferiste el cuarenta por ciento de las acciones de Zhou Capital a una empresa fantasma.

Ethan palideció.

—Eso no es cierto.

—La empresa pertenece a tu abogado.

Silencio.

—Y tu abogado recibió instrucciones tuyas para preparar un divorcio.

Vanessa dejó de llorar.

—¿Divorcio?

La miré.

—Sí.

—¿Qué divorcio?

Respiré profundamente.

—El mío.

Ethan bajó la cabeza.

—Lena…

—Pensabas divorciarte de mí después de transferir los activos.

Vanessa lo miró horrorizada.

—¿Y después casarte conmigo?

No respondió.

Eso fue suficiente.

Ella dio un paso hacia atrás.

—¿Me utilizaste?

Ethan intentó acercarse.

—No fue así.

Vanessa le dio una bofetada.

—¡No vuelvas a tocarme!

El golpe hizo que todos guardaran silencio.

Yo no sentí satisfacción.

Solo cansancio.

Había pasado seis años construyendo una empresa junto a ese hombre.

Y en menos de una hora había descubierto que nunca había conocido al hombre con quien me casé.

Ethan finalmente me miró.

—¿Qué quieres?

Lo observé durante unos segundos.

—Nada de ti.

—¿Entonces por qué hiciste esto?

—Porque durante seis años confundí amor con lealtad.

Guardé los documentos.

—Hoy recuperé ambas cosas.

Me di la vuelta.

Pero antes de salir, mi teléfono vibró.

Era Grace.

Había recibido un correo nuevo.

Lo abrí.

El mensaje contenía un único archivo.

Un documento bancario de hacía seis años.

Lo revisé.

Entonces me detuve.

Porque había una transferencia de una cantidad enorme de dinero realizada la misma semana en que Ethan y yo nos casamos.

El remitente no era Ethan.

Ni Zhou Capital.

Era una cuenta extranjera.

Y el beneficiario era alguien cuyo nombre conocía demasiado bien.

Mi padre.

Leí la cantidad una segunda vez.

Entonces comprendí algo que cambió completamente mi perspectiva.

Ethan no había ocultado nuestro matrimonio solamente para tener una amante.

Alguien había pagado para que nuestro matrimonio permaneciera oculto.

Y esa persona llevaba seis años financiando las mentiras de mi esposo.

Miré a Grace.

—Necesito saber quién autorizó esta transferencia.

Grace palideció.

—Señora Lin…

—¿Qué?

Me mostró la última página.

La firma digital estaba allí.

Mi propia firma.

Pero yo jamás había autorizado esa operación.

Y debajo aparecía una fecha.

El día exacto en que Ethan y yo nos casamos.

Por primera vez aquella mañana, sentí verdadero miedo.

Porque quizá Vanessa no había sido el verdadero problema.

Quizá el hombre que acababa de perder a su esposa y a su amante delante de toda su empresa tampoco era el verdadero villano.

Quizá mi matrimonio de seis años había comenzado con una mentira mucho más grande.

Y alguien llevaba todo ese tiempo esperando que yo jamás encontrara ese documento.

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