Camila permaneció sentada dentro del Tsuru durante casi veinte minutos.
No lloró.
Ya no le quedaban lágrimas.
Tenía el celular en la mano y la pantalla iluminaba su rostro mientras repasaba el último mensaje de su madre.
“Necesito los 25,000 antes de las doce.”
Camila bloqueó el teléfono.
Luego miró el asiento del copiloto.
Ahí estaba la vieja chamarra de Rodrigo.
La había dejado en el coche la semana anterior.
Camila la tomó y la acercó al rostro.
Todavía conservaba un poco de su olor.
Cerró los ojos.
—Te extraño —susurró.
Entonces sintió algo duro dentro del bolsillo.
Frunció el ceño.
Metió la mano.
Sacó un teléfono pequeño.
No era suyo.
Era de Rodrigo.
Camila se quedó inmóvil.
Él siempre había tenido dos teléfonos por su trabajo, pero uno llevaba meses guardado porque decía que la batería estaba dañada.
Sin embargo, aquel teléfono encendió.
La pantalla mostró una sola notificación.
Grabación pendiente de reproducir.
Camila tragó saliva.
Abrió el archivo.
Primero escuchó ruido.
Después la voz de Rodrigo.
—Si estás escuchando esto, probablemente ya no estoy contigo.
Camila dejó de respirar por un instante.
—No sé cuándo vas a encontrar este teléfono. Tampoco sé si tendrás fuerzas para escucharme. Pero necesito que sepas algo.
La voz de Rodrigo sonaba cansada.
—Nunca acepté pagar la fiesta de Brenda.
Camila abrió los ojos.
La grabación continuó.
—Tu familia me pidió dinero varias veces. Para el salón. Para el vestido. Para la comida. Para las bebidas. Para todo.
Camila apretó el teléfono.
—Yo dije que no.
Otra voz apareció.
La de su madre.
—Rodrigo, no seas así. Brenda es la hermana de Camila.
Rodrigo respondió:
—Precisamente por eso la ayudo cuando puedo. Pero no voy a financiar una fiesta que cuesta más que mi sueldo de varios meses.
Camila sintió que algo se le hundía en el pecho.
La grabación siguió.
—Teresa, Camila acaba de perder el trabajo. No podemos seguir sacándole dinero.
—Ella tiene tus ingresos.
—Son nuestros ingresos.
—Pues entonces eres su marido. Es tu obligación.
Hubo un silencio.
Después Rodrigo habló.
—No. Mi obligación es cuidar a Camila. No pagar todos los caprichos de su familia.
Camila se llevó una mano a la boca.
Nunca había escuchado esa conversación.
Nunca había sabido que Rodrigo la había defendido tantas veces.
Entonces apareció otra voz.
Brenda.
—Déjalo. Cuando Rodrigo muera, Camila va a heredar todo.
Camila se quedó congelada.
La grabación se detuvo unos segundos.
Luego Rodrigo volvió a hablar.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Camila sintió frío.
—Si algún día me pasa algo, quiero que mi esposa revise todo. Especialmente las cuentas que su familia le ha pedido que no mire.
La grabación terminó.
Camila permaneció inmóvil.
Rodrigo había sabido que algo no estaba bien.
Y había preparado pruebas.
A las once de la noche, Camila llegó a la casa.
No encendió las luces.
Dejó las llaves sobre la mesa y abrió la computadora de Rodrigo.
La contraseña seguía siendo la misma.
La fecha en que se conocieron.
Entró.
Había carpetas.
Contratos.
Estados de cuenta.
Capturas de pantalla.
Y una carpeta llamada:
“PARA CAMILA — SI ALGÚN DÍA ME PASA ALGO.”
Camila dudó antes de abrirla.
Dentro encontró decenas de archivos.
Primero, transferencias bancarias.
Rodrigo había enviado dinero a la familia de Camila durante años.
No eran 25,000 pesos.
Eran cientos de miles.
Después aparecieron fotografías.
Recibos.
Conversaciones.
Y finalmente, un documento que la hizo quedarse sin palabras.
Una póliza de seguro.
A nombre de Rodrigo.
Beneficiaria:
Camila Salazar.
Pero había algo más.
Una segunda póliza.
Esta vez, la beneficiaria era Brenda.
Camila sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
¿Por qué Rodrigo había contratado una póliza que beneficiaba a su cuñada?
Abrió el documento.
Y entonces entendió.
La póliza había sido modificada tres meses antes.
La firma de Rodrigo aparecía al final.
Pero él nunca había firmado aquello.
Era falsa.
Camila llamó inmediatamente al número de la aseguradora.
—Necesito verificar una modificación de beneficiario.
La operadora revisó el expediente.
—Señora Salazar, esa modificación fue solicitada presencialmente.
—¿Por quién?
Hubo una pausa.
—Por su hermana, Brenda.
Camila cerró los ojos.
Todo comenzó a encajar.
La fiesta.
El dinero.
Las llamadas.
Las exigencias.
La obsesión de su familia con Rodrigo.
Y ahora aquel documento.
No era solo una familia egoísta.
Había algo mucho peor.
Al día siguiente, Camila no fue al trabajo.
A las diez de la mañana recibió una llamada de su madre.
No contestó.
Después llamó Brenda.

Tampoco.
Luego su padre.
Finalmente llegó un mensaje.
“Si no transfieres los 25,000 hoy, nos vas a hacer quedar mal frente a todos.”
Camila respondió por primera vez.
“Ya no les debo nada.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“¿Qué significa eso?”
Camila miró la computadora.
—Significa que ya sé todo.
No envió nada más.
Esa tarde fue a la funeraria donde se había realizado el velorio de Rodrigo.
El encargado la reconoció.
—Señora Camila, su esposo dejó algo pagado antes de morir.
—¿Qué?
El hombre sacó un sobre.
—Dijo que se lo entregáramos solamente a usted después del entierro.
Camila tomó el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una memoria USB.
Y una nota escrita a mano.
“No les tengas miedo.”
Camila cerró los ojos.
Conectó la memoria esa misma noche.
Había un solo archivo.
Un video.
Rodrigo apareció frente a la cámara.
Estaba sentado en el escritorio de su casa.
Parecía cansado.
Pero estaba sonriendo.
—Hola, amor.
Camila comenzó a llorar.
—Si estás viendo esto, significa que ya enterraste mi cuerpo.
Respiró profundamente.
—Y también significa que probablemente mi familia política ya empezó a pedirte dinero.
Camila soltó una risa entre lágrimas.
—Te conozco demasiado bien, Rodrigo.
Él sonrió.
—Por eso hice esto.
Luego su expresión cambió.
—Camila, necesito que vayas al banco mañana a primera hora. Hay una cuenta que nunca te mencioné.
Ella se inclinó hacia la pantalla.
—No porque quisiera ocultarte dinero.
Rodrigo hizo una pausa.
—La abrí porque alguien estaba intentando mover dinero de nuestra empresa.
Camila dejó de llorar.
—Y descubrí quién era.
El video terminó.
En la pantalla apareció un nombre.
TERESA SALAZAR.
Camila se quedó completamente quieta.
Su propia madre.
La mujer que acababa de abandonar el entierro de su yerno para irse a una fiesta.
La mujer que todavía exigía 25,000 pesos.
La mujer que había firmado aquella publicación diciendo:
“Con la familia que siempre está presente.”
Camila cerró lentamente la computadora.
Ahora entendía por qué Rodrigo había dejado las pruebas.
No quería que ella vengara su muerte.
Quería que descubriera la verdad.
Y al día siguiente, Camila iba a abrir la cuenta que podía destruir a toda su familia.
Porque los 25,000 pesos que le exigían eran apenas la punta del problema.
Detrás de ellos había años de dinero desaparecido.
Firmas falsas.
Seguros modificados.
Y una última transferencia realizada tres días antes de la muerte de Rodrigo.
Una transferencia que llevaba el nombre de Brenda como destinataria.