PARTE 2: Los 1.000 días que nunca fueron amor

Aquella noche, por primera vez, no esperé a que Lu Yanqing saliera de la habitación de invitados.

No esperé sus pasos.

No esperé que viniera a preguntarme si estaba bien.

No esperé absolutamente nada.

A la mañana siguiente, me levanté antes que él.

Preparé una taza de café.

No para él.

Para mí.

Después saqué del armario una caja que llevaba casi dos años escondida.

Dentro estaban mis certificados profesionales, varias cartas de recomendación y un contrato que había firmado meses después del accidente de la fábrica.

El proyecto de larga duración del que le había hablado a Lu Yanqing no era un simple traslado.

Era una oportunidad que podía cambiar mi carrera.

Y yo la había rechazado dos veces.

¿Por qué?

Porque cada vez que pensaba en irme, recordaba que Lu Yanqing era mi esposo.

Pensaba que algún día despertaría.

Que algún día leería mis mensajes.

Que algún día entendería todo lo que yo había hecho por él.

Ya no quería esperar.

A las siete y veinte escuché abrirse la puerta de su habitación.

Lu Yanqing salió con el cabello todavía húmedo.

Al verme sentada en la mesa, se detuvo.

—¿Ya estás despierta?

—Sí.

Miró la mesa.

—¿Preparaste desayuno?

—No.

Su expresión cambió ligeramente.

—Entonces, ¿qué haces?

Levanté la carpeta.

—Voy a firmar un contrato.

—¿Qué contrato?

—El que te mencioné hace un mes.

Frunció el ceño.

—¿El proyecto en el extranjero?

—Sí.

—Pensé que lo habías rechazado.

—Lo había hecho.

—¿Y ahora?

Lo miré directamente.

—Ahora lo acepté.

Hubo un silencio.

Lu Yanqing dejó lentamente las llaves sobre la mesa.

—¿Cuándo te vas?

—En seis días.

Por primera vez en mucho tiempo, pareció realmente sorprendido.

—¿Seis días?

—Sí.

—¿Y el matrimonio?

Sonreí.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Saqué otro documento.

Lo coloqué delante de él.

No era un contrato laboral.

Era una solicitud de divorcio.

Lu Yanqing no la tocó.

Solo la miró.

—¿Qué significa esto?

—Lo que dice.

—¿Quieres divorciarte?

—Sí.

—¿Por qué?

Casi me reí.

La pregunta era tan sencilla que resultaba absurda.

—Porque llevo mil días intentando ser tu esposa y tú llevas mil días viviendo como si estuvieras soltero.

Su mandíbula se tensó.

—No exageres.

—No estoy exagerando.

Tomé mi teléfono y abrí nuestra conversación.

—Mira.

Deslicé la pantalla.

Cientos de mensajes.

Informes.

Horarios.

Recordatorios.

Preguntas.

Preocupaciones.

Y debajo de casi todos ellos, una sola respuesta.

Recibido.

Lu Yanqing permaneció en silencio.

—¿Los leíste alguna vez?

—Claro que sí.

—No.

Levanté la mirada.

—No los leíste.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque si hubieras leído siquiera uno, habrías sabido que estaba atrapada bajo los escombros.

Su rostro cambió.

No dije nada más.

No necesitaba hacerlo.


Esa tarde fui a la oficina.

No para despedirme.

Para recoger mis últimas cosas.

Los empleados me miraron sorprendidos.

—¿De verdad te vas?

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

—Definitivamente.

Mi antigua supervisora me abrazó.

—No puedo creer que finalmente hayas aceptado el puesto.

Sonreí.

—Yo tampoco.

Ella me entregó una carpeta.

—Aquí está tu nuevo nombramiento.

La abrí.

Mi nombre aparecía en la primera página.

Directora adjunta de operaciones internacionales.

Había tardado casi dos años en llegar hasta allí.

Durante ese tiempo había trabajado mientras me recuperaba del accidente.

Había estudiado.

Había obtenido certificaciones.

Había dirigido proyectos que otros consideraban imposibles.

Mientras Lu Yanqing dedicaba sus mil días a Su Nian…

yo había utilizado los mismos mil días para reconstruirme.

No necesitaba vengarme.

Mi ascenso era suficiente.


A las seis de la tarde, mi teléfono empezó a vibrar.

Era Lu Yanqing.

No contesté.

Volvió a llamar.

Tampoco.

Después llegó un mensaje.

“Tenemos que hablar.”

Lo leí.

No respondí.

Otro mensaje.

“¿Por qué nadie me dijo que habías aceptado ese puesto?”

Sonreí.

Porque nadie estaba obligado a informarle.

Ese era precisamente el punto.

Durante años, yo había hecho que su vida funcionara.

Ahora tendría que aprender a vivir sin mí.


Esa noche regresé a casa.

Encontré a Lu Yanqing sentado en la sala.

Sobre la mesa había una caja.

Mi caja.

La de nuestros recuerdos.

—La encontré en el armario —dijo.

—Déjala ahí.

—¿De verdad vas a irte?

—Sí.

—¿Por un trabajo?

Negué con la cabeza.

—Por mí.

Se quedó callado.

Entonces preguntó algo que nunca había preguntado durante nuestro matrimonio.

—¿Todavía me amas?

Lo miré.

Durante unos segundos pensé en responder con la verdad.

Sí.

Alguna vez.

Muchísimo.

Pero ese amor había muerto lentamente.

No por una gran traición.

Sino por mil pequeños momentos en los que entendí que estaba sola.

—Ya no importa.

Sus dedos se cerraron sobre la caja.

—Para mí sí.

—Llegas tarde.

Por primera vez, vi dolor en sus ojos.

—¿Cuándo cambiaste?

Respiré profundamente.

—Hace dos años.

—¿En el accidente?

Asentí.

—Cuando estaba bajo los escombros.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Solté una risa amarga.

—Te lo dije.

Abrí mi teléfono.

Le mostré los mensajes.

Tres cientos cinco.

Todos enviados desde aquella fábrica.

Todos terminaban con la misma palabra.

Recibido.

Lu Yanqing se quedó mirando la pantalla.

Esta vez no pudo fingir que no entendía.

—Yo…

—No hace falta.

—Yo pensé que eran mensajes automáticos.

—Lo eran.

—¿Por qué nunca me dijiste que necesitabas ayuda?

Lo miré.

—Porque ya te lo había dicho.

Silencio.

Entonces su teléfono vibró.

Una notificación de Su Nian apareció en la pantalla.

“Día 1.001. ¿Sigues despierto?”

Lu Yanqing miró el mensaje.

Después me miró a mí.

Y, por primera vez, pareció comprender la diferencia.

Durante mil días había celebrado una conversación que nunca había necesitado leer.

Mientras tanto, había ignorado a la mujer que le había estado hablando desde el otro lado de la misma pantalla.


Seis días después, estaba en el aeropuerto.

Mi vuelo salía a las nueve.

Tenía una sola maleta.

Antes de pasar el control de seguridad, recibí un último mensaje de Lu Yanqing.

No decía:

Recibido.

Decía:

“Espera.”

Lo miré durante varios segundos.

Después bloqueé la pantalla.

No porque quisiera castigarlo.

Sino porque ya no necesitaba escuchar lo que tenía que decir.

Había pasado mil días esperando una respuesta.

Ahora tenía otros mil por delante.

Y esta vez…

serían míos.

Pero justo cuando estaba a punto de entregar mi pasaporte, escuché mi nombre detrás de mí.

—¡Lin Yue!

Me giré.

Lu Yanqing estaba corriendo hacia mí.

Y en su mano llevaba algo que nunca había visto antes.

Mi antiguo anillo de matrimonio.

El verdadero.

El que yo había guardado seis meses atrás.

Lo sostuvo frente a mí, respirando con dificultad.

—Encontré algo dentro de la caja.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Me tendió una fotografía.

La miré.

Era de hacía dos años.

El día del accidente.

Y detrás de la fotografía había una frase escrita con mi propia letra:

“Si algún día logro salir de aquí, quiero empezar una vida en la que nadie tenga que decirme simplemente ‘recibido’ para hacerme sentir que existo.”

Levanté lentamente la mirada.

Lu Yanqing estaba llorando.

—Yue… dame una oportunidad.

Lo observé durante unos segundos.

Después guardé la fotografía en mi bolso.

—No.

Su rostro se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

Sonreí suavemente.

—Porque durante mil días tú elegiste otra vida.

Di media vuelta.

—Y durante esos mismos mil días yo construí la mía.

Entonces crucé el control de seguridad.

Sin mirar atrás.

Porque algunas historias no terminan cuando el otro finalmente comprende tu valor.

Terminan cuando tú dejas de necesitar que lo comprenda.

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