Aquella noche no volví a casa.
Después de que el médico terminó de coserme el brazo, llamé a mi hermana menor, Valeria.
—¿Puedes venir por mí?
No preguntó qué había pasado.
Solo respondió:
—Ya voy.
Cuarenta minutos después, estaba sentada en el asiento del copiloto, con el brazo vendado y la mirada perdida en las calles iluminadas de la ciudad.
Valeria me miró de reojo.
—¿Qué hizo Mateo?
—Nada.
—Sofía.
—Ese es el problema.
Guardó silencio.
Yo apoyé la cabeza contra el cristal.
—Durante seis años siempre hubo una razón.
—Elena estaba sola.
—Elena tenía miedo.
—Elena necesitaba ayuda.
—Elena era mi amiga.
—Y yo siempre tenía que entender.
Valeria apretó el volante.
—¿Y ahora?
Miré mi mano izquierda.
El anillo de compromiso seguía allí.
Me lo quité.
Lo dejé sobre mi palma.
—Ahora ya no quiero entender nada.
Valeria no dijo una palabra.
Solo extendió la mano.
Tomó el anillo.
Y lo guardó en la guantera.
A las seis de la mañana, mi teléfono tenía 43 llamadas perdidas.
Todas de Mateo.
También había mensajes.
“¿Dónde estás?”
“Carlos me dijo que no quisiste ir a casa.”
“Estoy preocupado.”
“Por favor, contéstame.”
Y después:
“Hoy es nuestra boda.”
Me quedé mirando esa última frase.
Nuestra boda.
Durante meses había elegido flores.
Había probado menús.
Había enviado invitaciones.
Había visitado salones.
Había imaginado a Mateo esperándome frente al altar.
Y ahora aquella frase me parecía absurda.
Respondí:
“Ya no hay boda.”
El teléfono sonó inmediatamente.
—¿Qué significa eso?
La voz de Mateo estaba tensa.
—Significa exactamente lo que leíste.
—Sofía, no puedes hacer esto.
—¿Hacer qué?
—Cancelar nuestra boda por una pelea.
Me reí.
—No fue una pelea.
—Entonces ¿por qué?
Miré el vendaje.
—Porque ayer estaba herida, sola y en una comisaría.
—Te mandé a Carlos.
—Después de diecisiete llamadas.
—¡Te dije que iría!
—No.
Pausa.
—Dijiste que irías después de ayudar a Elena.
Silencio.
—Eso no significa que no me importes.
—No dije que no te importara.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
Respiré lentamente.
—Estoy aceptando que no soy tu prioridad.
—Eso es ridículo.
—Tal vez.
—Sofía, mañana nos casamos. No puedes destruir seis años por algo así.
—Precisamente porque fueron seis años lo hago ahora.
Su voz se volvió más baja.
—¿Es por Elena?
No respondí.
—¿Estás celosa de ella?
Cerré los ojos.
Aquella pregunta terminó de decidirlo todo.
—No, Mateo.
—Entonces…
—Estoy cansada de competir por un lugar que se supone que ya debería ser mío.
Colgué.
A las ocho de la mañana, Elena publicó una fotografía.
Estaba sentada en una cafetería con Mateo.
Dos tazas de café.
Una mesa.
Una sonrisa de ella.
Y un mensaje:
“Gracias por quedarte conmigo cuando todos los demás se fueron.”
No lloré.
No sentí rabia.
Solo hice una captura.
Después bloqueé a Elena.
Por primera vez en seis años, no quería saber qué estaba haciendo.
A las diez, Mateo apareció frente a la casa de mis padres.
Mi madre abrió la puerta.
Él estaba pálido.
—¿Dónde está Sofía?
Mi madre no respondió.
Mi padre apareció detrás de ella.
—No quiere verte.
—Necesito hablar con ella.
—Ya hablaste demasiado.
Mateo tragó saliva.
—Señor, yo amo a Sofía.
Mi padre lo observó.
—Entonces debiste demostrarlo cuando estaba herida.
Mateo bajó la mirada.
—Cometí un error.
—No.
Mi padre negó lentamente.
—Cometiste el mismo error durante seis años.
Aquella frase hizo que Mateo levantara la cabeza.
—¿Qué quiere decir?
Mi padre cerró la puerta.
—Que mi hija ya no está disponible para esperar.
Yo estaba en casa de Valeria cuando recibí una llamada inesperada.
Era Carlos.
El asistente de Mateo.
—Señorita Sofía, necesito hablar con usted.
—¿Sobre qué?
—Sobre Elena.
Me quedé en silencio.
—No quiero saber nada de ella.
—Esto es diferente.
—¿Qué pasó?
Carlos respiró profundamente.
—Anoche, después de que usted salió del hospital, el director Mateo recibió una llamada.
—¿De Elena?
—Sí.
—¿Y?
—Ella le pidió que fuera a verla porque decía que se sentía muy mal.
No me sorprendió.
—¿Y fue?
—Sí.
—Entonces no entiendo por qué me llama.
Carlos guardó silencio.
—Porque cuando llegó, descubrió algo.
Mi espalda se tensó.
—¿Qué?
—El problema eléctrico de su casa nunca existió.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—El fusible estaba perfectamente.
—Entonces…
—Elena lo había llamado para que fuera.
No dije nada.
Carlos continuó:
—Y eso no es todo.
Dos horas después estaba frente a un abogado.
No era el abogado de Mateo.
Era un viejo amigo de mi padre.
El señor Ortega.
Puso una carpeta sobre la mesa.
—Sofía, ¿recuerdas aquella transferencia que hiciste hace cuatro años?
—¿Cuál?
—La de la empresa de Elena.
Fruncí el ceño.
—Yo no hice ninguna transferencia para ella.
Ortega abrió la carpeta.
—Exactamente.
Miré el documento.
Mi nombre aparecía como autorizante.
Pero la firma no era mía.
—¿Qué es esto?
—Una transferencia de casi cuatro millones de pesos.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado.
—¿A dónde fue?
—A una cuenta vinculada a Elena.
Miré otra hoja.
Después otra.
Y otra.
Había pagos durante los últimos tres años.
Renta.
Tarjetas.
Viajes.
Un automóvil.
Incluso la remodelación de su departamento.
Todo aparecía relacionado con una cuenta que Mateo controlaba.
—¿Por qué mi nombre está aquí?
Ortega me miró.
—Porque alguien utilizó tus documentos para autorizar los movimientos.
—¿Mateo?
—No puedo afirmarlo todavía.
Pausa.
—Pero hay algo más.
Sacó una memoria USB.
—Revisamos los registros de acceso.
La conectó.
Aparecieron archivos.
Contraseñas.
Correos.
Solicitudes.
Y una conversación.
La fecha era de seis meses atrás.
El remitente era Mateo.
El destinatario era Elena.
Solo había una frase que necesitaba leer.
“Mientras Sofía siga creyendo que eres como una hermana, podremos mantener esto bajo control.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
No lloré.
Ni siquiera pude.
—¿Qué significa esto?
Ortega respondió:
—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Mateo llegó esa tarde.
Esta vez no llamó.
Entró porque mi padre le abrió la puerta.
Cuando me vio sentada frente a la mesa, se quedó inmóvil.
Yo puse la carpeta delante de él.
—Explícame.
Mateo miró los documentos.
Su rostro perdió el color.
—Sofía…
—Explícame.
—No es lo que parece.
—Entonces dime qué parece.
Se sentó lentamente.
—Elena tenía problemas económicos.
—Y tú utilizaste mi dinero.
—Yo pensaba devolvértelo.
—Con mi nombre.
Silencio.
—¿Por qué?
Mateo bajó la cabeza.
—Porque ella estaba pasando por una situación complicada.
—Siempre está pasando por algo.
No respondió.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
Ortega intervino.
—Tres millones ochocientos cuarenta mil pesos.
Mateo cerró los ojos.
Mi padre se levantó.
—¿Y todavía tienes el descaro de decir que la amas?
Mateo golpeó la mesa con la palma.
—¡No la amo!
Todos quedamos en silencio.
Su respiración era agitada.
—Nunca la amé como creen.
Lo miré.
—Entonces ¿qué es ella para ti?
Mateo no respondió.
Finalmente susurró:
—Es alguien a quien prometí proteger.
—¿Por qué?
Silencio.
Y entonces dijo algo que jamás había imaginado.
—Porque hace siete años, Elena tuvo un accidente.
Fruncí el ceño.
—Yo estaba allí.
—¿Qué?
—El día del accidente.
Mateo me miró.
—Ella iba conmigo.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Qué estás diciendo?
—Elena y yo nos conocíamos antes de conocerte.
Pausa.
—Mucho antes.
Mi corazón se hundió.
—¿Entonces por qué me elegiste?
Mateo levantó los ojos.
Y por primera vez no tenía una respuesta preparada.
—Porque me enamoré de ti.
—Pero nunca dejaste de protegerla.
—No.
—Nunca dejaste de ponerla primero.
—No.
—Y aun así querías casarte conmigo.
Mateo empezó a llorar.
—Sí.
Me levanté.
—Entonces no entiendes lo que significa amar a alguien.
La boda estaba programada para las diez de la mañana.
A las nueve y media, el salón estaba lleno.
Flores.
Música.
Invitados.
Una mesa cubierta con recuerdos.
Pero no había novia.
Mateo esperaba frente al altar.
Pasaron diez minutos.
Veinte.
Treinta.
Entonces el maestro de ceremonias anunció:
—La ceremonia queda cancelada.
Los murmullos llenaron el lugar.
Mateo no se movió.
Sobre una mesa cercana estaba la invitación.
En la portada aparecían nuestros nombres.
Mateo Chen.
Sofía Lin.
Yo había escrito una frase dentro.
“Donde estés tú, estaré yo.”
Esa mañana la había tachado.
Debajo escribí:
“Ahora, donde esté yo, estaré yo.”
Tres meses después, me trasladé a otra ciudad.
Acepté un puesto en una unidad especializada de investigación.
Mi brazo ya estaba completamente curado.
Mi vida también empezaba a hacerlo.
Nunca volví con Mateo.
La investigación financiera demostró que varias transferencias habían sido realizadas utilizando documentos falsificados.
Mateo tuvo que responder ante la justicia por las operaciones que había autorizado.
El matrimonio nunca llegó a existir.
El dinero fue recuperado en gran parte.
Y Elena desapareció de nuestras vidas.
Un año después, recibí una carta de Mateo.
No la abrí.
La devolví al remitente.
No porque lo odiara.
Sino porque finalmente había aprendido algo.
No todas las historias necesitan una segunda oportunidad.
Algunas necesitan un punto final.
A veces, amar a alguien durante seis años no significa que debas entregarle el séptimo.
Y aquella noche en la comisaría, mientras la sangre empapaba mi vendaje y llamaba a un hombre que siempre tenía tiempo para otra persona…
yo creí que había perdido a mi futuro esposo.
Ahora sé que no.
Esa noche no perdí a Mateo.
Me recuperé a mí misma.
Y por primera vez en seis años, cuando alguien me dijo:
—Espera, en un rato voy por ti.
No esperé.
Me levanté sola.
Y me fui.