PARTE 2: LA HIJA QUE NO QUERÍA ACEPTAR A NADIE

Sofía desapareció por el pasillo sin mirar atrás.

Lucía no intentó seguirla.

Alejandro la observó en silencio.

—La mayoría habría corrido detrás de ella.

—No soy la mayoría.

—¿No te ofende?

Lucía negó con la cabeza.

—No. Cuando alguien está herido, a veces necesita que respeten su distancia.

Alejandro bajó la mirada.

Aquella respuesta le dolió porque era exactamente lo que él había necesitado durante los últimos dos años y nadie se lo había concedido.

En ese momento sonó el timbre.

Un empleado abrió la puerta.

Beatriz entró con Regina y Ximena.

Lucía se quedó inmóvil.

No esperaba que hubieran venido.

Regina avanzó con una sonrisa perfecta.

—Señor Ferrer, lamento mucho lo ocurrido. Lucía puede ser bastante incómoda cuando está nerviosa. Yo soy Regina Navarro.

Alejandro no respondió.

Miró a Lucía.

Luego a Regina.

—¿Usted sabía que su familia planeaba utilizarla para presentarla como una mujer inferior?

Regina perdió la sonrisa.

—No exactamente…

—Entonces puede marcharse.

Beatriz intervino rápidamente.

—Señor Ferrer, hubo un malentendido. Regina es realmente la mujer que queríamos presentarle.

Alejandro se levantó.

—No me interesa.

El silencio fue inmediato.

—Pero usted ni siquiera la ha conocido —protestó Beatriz.

—Ya conocí suficiente.

Señaló hacia Lucía.

—Ella fue la única que no intentó venderme una versión falsa de sí misma.

Regina apretó los labios.

—¿Está rechazándome por ella?

Alejandro respondió con calma:

—No.

Hizo una pausa.

—La estoy rechazando por usted.

Regina quedó completamente pálida.

Pero antes de que pudiera contestar, se escuchó un ruido arriba.

Un golpe seco.

Después otro.

Alejandro levantó la cabeza.

—Sofía.

Salió corriendo.

Lucía lo siguió.

Encontraron a la adolescente sentada en el suelo de su habitación, rodeada de cajas antiguas.

Una fotografía había caído al suelo.

Sofía la sostenía entre las manos.

—Papá…

Alejandro se arrodilló frente a ella.

—¿Qué pasó?

La chica levantó la fotografía.

Era una imagen de su madre fallecida.

Pero detrás había otra fotografía.

Una mujer mucho más joven aparecía junto a ella.

Lucía se acercó lentamente.

Se quedó sin respiración.

Reconoció inmediatamente aquel rostro.

Era Elena.

Su madre.

Sofía la miró.

—¿Tú conocías a mi mamá?

Lucía no pudo responder.

Alejandro tomó la fotografía.

En la parte posterior había una fecha.

Y una frase escrita a mano:

“Si algún día Sofía necesita a alguien, busca a Lucía Navarro.”

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—¿Qué significa esto?

Lucía sintió que las piernas le temblaban.

—No lo sé.

Sofía negó con la cabeza.

—Mamá sí sabía quién eras.

Alejandro abrió el cajón donde habían encontrado la fotografía.

Dentro había una pequeña caja de madera.

La abrió.

Había cartas.

Todas dirigidas a una sola persona.

Lucía.

Alejandro tomó la primera.

Pero antes de abrirla, Lucía lo detuvo.

—No.

—¿Por qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque mi madre murió hace siete años.

—Y si escribió esas cartas…

Miró a Sofía.

—Entonces quizá alguien se aseguró de que nunca llegaran a mí.

En ese instante, el teléfono de Alejandro vibró.

Era su abogado.

—Señor Ferrer, acabamos de descubrir algo extraño en los registros de la familia Navarro.

Alejandro se apartó unos pasos.

—¿Qué cosa?

—La madre de Lucía dejó una transferencia bancaria importante antes de morir.

—¿A quién?

Hubo un silencio.

—A usted.

Alejandro frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Hay algo más.

La voz del abogado se volvió grave.

—La transferencia llevaba una condición.

Alejandro miró hacia Lucía.

—¿Cuál?

—Que si alguna vez Lucía llegaba a su casa…

Pausa.

—Usted debía protegerla.

Alejandro quedó inmóvil.

Porque de repente comprendió que aquella reunión no había sido una casualidad.

Alguien había enviado a Lucía hasta su puerta.

Pero quizá no para que él la rechazara.

Quizá para que finalmente descubriera por qué su esposa había querido que esas dos mujeres se encontraran.

Y mientras Alejandro volvía lentamente hacia ellas, Sofía tomó la mano de Lucía por primera vez.

—¿Te vas a quedar?

Lucía la miró sorprendida.

Sofía tragó saliva.

—Solo esta noche.

Entonces añadió en voz baja:

—Quiero saber qué escondía mi mamá.

Y desde el pasillo, Regina escuchó cada palabra.

Su expresión cambió.

Porque ella también sabía algo sobre Elena.

Algo que nadie había descubierto todavía.

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