—¡Explíqueme qué está pasando! —rugió Sebastián mientras golpeaba el escritorio con ambas manos.
Nadie se atrevió a responder.
En las pantallas aparecían números rojos, contratos cancelados y órdenes de venta que destruían el valor de su empresa a una velocidad aterradora.
Su asistente entró pálido.
—Señor, el Banco del Norte congeló nuestras líneas de crédito.
—¡Eso es imposible! Ellos financian esta corporación desde hace quince años.
—También retiraron su inversión principal. Sin ese dinero no podremos pagar las deudas de este mes.
Sebastián tomó el teléfono y llamó directamente al presidente del banco.
La respuesta fue breve.
—Las decisiones ya están tomadas. A partir de hoy, su empresa deja de contar con nuestro respaldo.
—¿Quién dio esa orden?
Hubo un silencio tenso.
—La señora Mercedes Salvatierra.
El teléfono casi cayó de sus manos.
Era el nombre de su suegra.
Sebastián recordó a aquella mujer entrando al hospital con ropa sencilla y un bolso antiguo. Durante años se había burlado de ella, creyendo que era una viuda pobre que vivía de una pequeña pensión.
—Eso no puede ser —murmuró.
Su socio principal entró sin tocar la puerta.
—Sebastián, tenemos un problema mucho más grave.
Arrojó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había documentos que demostraban que la mayor parte de las acciones de la corporación no pertenecían realmente a Sebastián.
Habían sido compradas años atrás mediante varias sociedades privadas controladas por la familia Salvatierra.
—Tu suegra posee el cincuenta y ocho por ciento de la empresa —dijo el socio—. Puede destituirte cuando quiera.
Sebastián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Su imperio nunca había sido completamente suyo.
Mercedes lo había sostenido en silencio desde el principio.
Ella había financiado la primera fábrica cuando su hija, Lucía, decidió casarse con él. Lo hizo para asegurar el futuro de la joven pareja, pero ocultó su identidad porque deseaba saber si Sebastián amaba realmente a su hija.
Ahora tenía la respuesta.
En el hospital, Lucía miraba dormir a su bebé cuando su madre se acercó con varios documentos.
—¿Qué hiciste, mamá? —preguntó con preocupación.
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.
Mercedes colocó los papeles sobre la cama.
Eran pruebas de las infidelidades de Sebastián, transferencias secretas y propiedades compradas con dinero de la empresa a nombre de otra mujer.
Lucía observó las fotografías con el rostro completamente blanco.
—Mientras tú atravesabas un embarazo complicado, él llevaba una doble vida —explicó Mercedes—. Y planeaba abandonarte si no le dabas un hijo varón.
Las lágrimas llenaron los ojos de Lucía.

—¿Cómo pudiste ocultármelo?
—Porque esperaba estar equivocada. Quería que fueras feliz.
Lucía miró a su hija recién nacida.
La pequeña dormía tranquilamente, ajena al desastre que acababa de comenzar.
—No permitiré que crezca escuchando que vale menos por ser mujer —dijo Lucía con firmeza.
En ese momento, la puerta se abrió violentamente.
Sebastián apareció con el traje arrugado y el rostro cubierto de sudor.
—¡Mercedes! Detén esto ahora mismo.
La anciana no se movió.
—Tu ruina no empezó hoy. Comenzó cada vez que humillaste a mi hija.
Sebastián se acercó a Lucía.
—Cariño, tu madre está intentando destruir nuestra familia.
Lucía lo miró con una frialdad que él nunca había visto.
—Tú destruiste nuestra familia cuando despreciaste a nuestra hija antes de cargarla una sola vez.
—Estaba alterado. Dije cosas que no sentía.
—También estabas alterado cuando compraste una casa para tu amante.
Sebastián quedó paralizado.
Mercedes lanzó la carpeta frente a él.
—Lo sabemos todo.
El hombre cambió de actitud de inmediato.
Se arrodilló junto a la cama.
—Lucía, perdóname. Podemos comenzar de nuevo. Tendremos otro bebé. Esta vez será un niño.
Aquella frase terminó de destruir cualquier compasión que aún quedaba en ella.
—Mi hija no es un fracaso que debamos corregir.
Lucía tomó los documentos de divorcio preparados por los abogados de su madre y firmó sin vacilar.
Sebastián intentó arrancárselos, pero dos hombres de seguridad entraron en la habitación.
—Desde este momento —declaró Mercedes— quedas destituido como presidente de la corporación.
—¡Esa empresa lleva mi apellido!
—Pero fue construida con mi dinero.
Mercedes se acercó hasta quedar frente a él.
—Además, mañana se entregarán a la fiscalía las pruebas de fraude y desvío de fondos.
El rostro de Sebastián perdió todo color.
Ya no se trataba solamente de perder su fortuna.
Podía terminar en prisión.
—Lucía, no puedes hacerle esto al padre de tu hija.
Ella abrazó a la bebé con más fuerza.
—Precisamente porque eres su padre, debo protegerla de ti.
Los guardias acompañaron a Sebastián fuera del hospital.
Tres meses después, la corporación cambió oficialmente de dirección.
Lucía fue nombrada presidenta del consejo y ordenó crear un fondo para apoyar la educación de niñas en comunidades necesitadas.
Sebastián perdió sus propiedades, sus socios y el respeto de todos los que antes lo adulaban.
Sin embargo, el golpe más duro llegó durante la lectura del nuevo testamento de Mercedes.
Toda la fortuna familiar quedaría algún día en manos de su nieta.
La misma niña que Sebastián había llamado inútil se convirtió, desde su nacimiento, en la única heredera de todo el imperio.
Cuando recibió la noticia, el hombre comprendió finalmente la magnitud de su desprecio.
Había rechazado a la persona que terminaría poseyendo todo aquello que él había deseado durante su vida.
Y ya era demasiado tarde para pedir perdón.