—¿Señora Cross?
Levanté la mirada.
—Sí.
La doctora Elaine Mercer revisó mis signos vitales y después miró a Dorian.
—¿Es su esposo?
Ninguno respondió.
Finalmente dije:
—Estamos divorciándonos.
La doctora asintió.
—Entonces necesito hablar primero con ella a solas.
Dorian salió.
La puerta se cerró.
La doctora volvió a mirar el expediente.
—¿Ha tenido náuseas durante dos semanas?
—Sí.
—¿Cansancio?
—Mucho.
—¿Cambios en el apetito?
Asentí.
Ella hizo una pausa.
—¿Existe posibilidad de embarazo?
Miré mis manos.
—Sí.
No necesitó preguntarme nada más.
Me hicieron una prueba.
Esperé.
Cinco minutos parecieron una hora.
Finalmente, Elaine regresó con una pequeña carpeta.
—Alina, el resultado es positivo.
Sentí que el mundo se quedaba inmóvil.
—¿Positivo?
—Sí.
Cerré los ojos.
Había imaginado aquel momento cientos de veces.
Pero nunca así.
No después de un divorcio.
No después de seis meses de silencio.
No cuando el hombre que amaba estaba al otro lado de una puerta preguntándose si todavía quería irse.
—¿De cuánto tiempo?
—Aproximadamente siete semanas.
Me llevé una mano al abdomen.
Entonces la doctora agregó:
—Y hay algo más.
La miré.
—El embarazo parece ser de alto riesgo. Necesitamos hacer una ecografía y algunos estudios adicionales antes de determinar exactamente por qué.
Mi corazón se aceleró.
—¿Está bien el bebé?
—Todavía no puedo asegurártelo.
Cuando Dorian volvió a entrar, me encontró llorando.
Se detuvo.
—¿Qué pasó?
No pude hablar.
Elaine dejó el informe sobre la mesa.
Dorian lo tomó.
Leyó una línea.
Luego otra.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Estás embarazada?
Asentí.
No sonrió.
No dijo nada.
Simplemente se sentó frente a mí.
—¿Es mío?
La pregunta me dolió.
—No he estado con nadie desde antes de nuestra separación.
Dorian cerró los ojos.
—Entonces sí.
Por primera vez en seis meses, tomó mi mano.
Yo no la retiré.
Pero tampoco se la apreté.
—¿Por qué nunca me dijiste que estabas enferma?
—Porque pensé que ya no te importaba.
Su mandíbula se tensó.
—Nunca dejaste de importarme.
—Entonces, ¿por qué te alejaste?
Dorian me miró.
Y por primera vez parecía estar a punto de contarme algo.
—Porque descubrí algo sobre ti.
Fruncí el ceño.
—¿Sobre mí?
—Sí.
Antes de que pudiera continuar, la doctora regresó.
—Necesitamos hacer la ecografía ahora.
La pantalla se iluminó.
Elaine guardó silencio durante unos segundos.
Dorian permaneció detrás de mí.
Yo miraba sin entender.
Entonces escuché:
—Ahí está.
Mi respiración se detuvo.
Un pequeño latido llenó la habitación.
Dorian cerró los ojos.
Una lágrima bajó por su mejilla.
No lo había visto llorar nunca.
—¿Está bien? —pregunté.
—Por ahora sí.
La doctora siguió examinando.
Después frunció el ceño.
—Espera.
Movió el transductor.
Miró la pantalla nuevamente.
—Hay algo que no esperaba.
Dorian se acercó.
—¿Qué?
Elaine no respondió inmediatamente.
Volvió a revisar las imágenes.
—Necesito repetir la ecografía.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué ocurre?
La doctora levantó la mirada.
—No parece haber un solo saco gestacional.
Dorian se quedó inmóvil.
—¿Cuántos?
Elaine volvió a mirar la pantalla.
—Tres.
El silencio fue absoluto.
Tres.
Me quedé sin palabras.
Dorian se sentó lentamente.
—¿Tres bebés?
La doctora asintió.
—Tres embarazos en desarrollo.
Me cubrí la boca.
Dorian me miró.
Pero esta vez no había miedo.
Había algo que no había visto en sus ojos durante meses.
Esperanza.

Horas después, salimos del hospital.
Dorian insistió en acompañarme.
—No necesito que me cuides.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué vienes?
—Porque ya no voy a dejar que atravieses esto sola.
Lo miré.
—Eso debiste hacerlo hace seis meses.
Bajó la mirada.
—Tienes razón.
Subimos al automóvil.
Durante varios minutos nadie habló.
Finalmente dijo:
—Ahora puedo explicarte por qué pedí el divorcio.
Me quedé quieta.
—Te escucho.
—Alguien estaba intentando destruir nuestro matrimonio.
—¿Quién?
Dorian sacó un teléfono.
—Mi propia hermana.
Lo miré sorprendida.
—¿Claudia?
Asintió.
—Ella fue quien me entregó los documentos que supuestamente demostraban que me estabas engañando.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Qué documentos?
Dorian abrió una carpeta digital.
Fotografías.
Transferencias.
Mensajes.
Todo parecía demostrar que yo había estado involucrada con otro hombre.
Pero había algo extraño.
Las fechas.
—Esas fotografías fueron tomadas cuando yo estaba contigo.
—Lo sé.
—Y esa cuenta bancaria no es mía.
—También lo sé.
Lo miré.
—Entonces, ¿por qué me abandonaste?
Dorian apretó el teléfono.
—Porque creí que estaba protegiéndote.
—¿De quién?
—De la persona que estaba detrás de todo.
—¿Quién?
Dorian no respondió.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Si Dorian te cuenta la verdad, tres personas morirán antes del amanecer.”
Mi sangre se heló.
Le mostré la pantalla.
Dorian leyó el mensaje.
Su expresión cambió por completo.
Tomó mi mano.
—Alina, escucha atentamente.
—¿Qué?
—Ahora entiendo por qué esperaron hasta que estuvieras embarazada.
Lo miré.
—¿Quiénes?
Dorian levantó la vista.
—La persona que intentó separarnos no quería nuestro divorcio.
Hizo una pausa.
—Quería que tú desaparecieras antes de descubrir quién es el verdadero heredero de mi familia.
Y entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez había una fotografía.
Era de mí.
Saliendo del hospital.
Tomada apenas unos minutos antes.
Debajo aparecía una frase:
“Ahora sabemos que son tres.”
Dorian cerró la puerta del automóvil.
Su rostro se volvió completamente frío.
—A partir de este momento, nadie vuelve a acercarse a ti.
Y yo comprendí que mi embarazo no había detenido simplemente nuestro divorcio.
Había abierto una guerra que llevaba seis meses esperando comenzar.