El médico volvió a gritar.
—¡Necesito saber quién es el padre!
Nadie respondió durante un segundo.
Madison me miró.
Jonas me miró.
Yo di un paso adelante.
—Yo.
El médico frunció el ceño.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Esposo?
—Exesposo.
El médico miró rápidamente el expediente.
—Entonces necesito que entienda algo. La paciente llegó sin acompañante y está en una situación delicada. No puedo darle información médica, pero necesito confirmar la identidad del padre para los trámites correspondientes.
—Soy yo.
El médico asintió.
—Espere aquí.
Las puertas se cerraron.
Me quedé mirando aquel lugar como si pudiera atravesarlas con los ojos.
Madison rompió el silencio.
—¿Estabas casado con una mujer embarazada y nunca me lo dijiste?
—No sabía que estaba embarazada.
—Pero el bebé es tuyo.
No respondí.
Porque la culpa ya estaba golpeándome desde todos los ángulos.
Ocho meses.
Ocho meses desde nuestro divorcio.
Ocho meses creyendo que Elena simplemente había desaparecido porque me odiaba.
Ocho meses sin preguntarme por qué nunca intentó ponerse en contacto conmigo.
Ocho meses sin imaginar que, mientras yo reconstruía mi vida, ella estaba atravesando un embarazo completamente sola.
Jonas recibió una llamada.
Se apartó unos metros.
Cuando volvió, su expresión era diferente.
—Jefe.
—Habla.
—Encontramos algo.
Me mostró su teléfono.
Era un registro de una clínica.
Elena había realizado su primer control prenatal poco después de nuestra última noche juntos.
Había ido sola.
Después había seguido atendiendo sus citas en diferentes centros médicos.
Nunca aparecía un acompañante.
Nunca aparecía mi nombre.
—¿Por qué no me avisó? —pregunté.
Jonas dudó.
—Tal vez nunca tuvo intención de hacerlo.
Miré la puerta del quirófano.
—No.
Algo no encajaba.
Elena podía odiarme.
Podía querer desaparecer.
Pero si llevaba a mi hijo, ¿por qué jamás intentó utilizarlo contra mí?
En nuestro mundo, un heredero podía cambiarlo todo.
Ella no había pedido dinero.
No había exigido reconocimiento.
No había enviado una sola fotografía.
Nada.
Eso me dolía más.
Madison seguía a mi lado.
—Quiero irme.
La miré.
—Entonces vete.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—¿No vas a detenerme?
—No.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tú todavía la amas.
No respondí.
Ella entendió.
Se dio la vuelta y desapareció por el pasillo.
No la seguí.
Por primera vez en mucho tiempo, no quería escapar de una verdad incómoda.
Quería conocerla.
Pasaron casi dos horas.
Finalmente, el médico salió.
Su expresión era seria.
Me levanté.
—¿Elena?
—Está estable.
Solté el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—¿Y el bebé?
El médico dudó.
—Necesitamos continuar vigilándola.
—¿Puedo verla?
—Cuando esté suficientemente estable.
—Quiero quedarme.
El médico me observó.
—Puede esperar aquí.
Asentí.
—Esperaré.
A las 3:42 de la madrugada, una enfermera salió con una pequeña carpeta.
—Señor Ashford.
—¿Sí?
—La paciente dejó instrucciones específicas.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué instrucciones?
La enfermera me entregó un sobre.
Mi nombre estaba escrito a mano.
Reconocí inmediatamente la letra de Elena.
No lo abrí.
No todavía.
—Dijo que debía entregárselo únicamente si usted aparecía personalmente.
Miré el sobre.
—¿Cuándo lo escribió?
—Hace aproximadamente un mes.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Qué dice?
La enfermera negó con la cabeza.
—No lo leí.
Me senté.
Abrí el sobre.
Solo había una hoja.
“Si alguna vez llegas a saberlo, no vengas por mí.
Ven por nuestro hijo.
Pero antes de reclamar cualquier derecho, descubre por qué me fui.”
Me quedé inmóvil.
Debajo había una dirección.
Una casa.
Y una fecha.
La misma fecha en que habíamos firmado nuestro divorcio.

—Jonas.
—Sí.
—Quiero esa dirección investigada.
—Ya está.
Lo miré.
—¿Qué encontraste?
Jonas respiró profundamente.
—La casa está registrada a nombre de una fundación.
—¿De quién?
Me mostró el documento.
Mi expresión cambió.
—Eso es imposible.
—Eso pensé.
El propietario real aparecía oculto detrás de varias sociedades.
Pero al final de la cadena había un nombre.
Victor Ashford.
Mi padre.
Me quedé mirando el documento.
Mi padre llevaba años muerto.
—¿Qué tiene que ver mi padre con Elena?
Jonas negó lentamente.
—Eso todavía no lo sabemos.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Si Elena despierta, pregúntale por el expediente azul.”
Miré las puertas del área quirúrgica.
Después el mensaje.
Y finalmente la dirección que ella había dejado.
Por primera vez comprendí que mi divorcio quizá nunca había sido realmente un divorcio.
Alguien había querido que Elena desapareciera.
Y alguien había conseguido que yo creyera que ella simplemente había elegido irse.
La puerta volvió a abrirse.
Una enfermera salió corriendo.
—¡Señor Ashford!
Me puse de pie.
—¿Qué ocurre?
—La paciente acaba de despertar.
Mi corazón se detuvo.
—¿Puedo verla?
La enfermera asintió.
—Pero hay algo que debe saber.
—¿Qué?
Ella bajó la voz.
—Lo primero que Elena preguntó al abrir los ojos fue si usted había venido.
Entré.
Elena estaba pálida, agotada y conectada a varios monitores.
Cuando nuestros ojos se encontraron, ninguno habló.
Después ella comenzó a llorar.
—¿Por qué estás aquí?
Me acerqué lentamente.
—Porque descubrí que tenemos un hijo.
Elena cerró los ojos.
—No debiste venir.
—¿Por qué?
Ella me miró.
Y con la poca fuerza que le quedaba, susurró:
—Porque si estás aquí, ellos sabrán que el bebé sobrevivió.
Me quedé helado.
—¿Quiénes?
Elena apretó las sábanas.
—Tu familia.
Y entonces miró hacia la puerta.
—Dorian… tienes que sacarnos de aquí.
Sentí que la sangre se me congelaba.
—¿De quién tienes miedo?
Elena respondió en un susurro:
—De tu padre.
Mi respiración se detuvo.
—Mi padre murió hace cinco años.
Ella negó con la cabeza.
—Eso es lo que te hicieron creer.