—No quise decir eso.
Lucas permaneció sentado frente a mí, con el tubo de pomada entre las manos.
—Entonces, ¿qué quisiste decir?
No respondió.
Por primera vez, parecía no encontrar una orden capaz de resolver la conversación.
—Solo pensé que estabas exagerando lo ocurrido con Valeria —admitió finalmente.
Asentí.
—Entiendo.
Me levanté.
—¿Adónde vas?
—A casa de mi madre este fin de semana.
—¿Por qué?
Lo miré.
—Porque necesito descansar.
Lucas frunció el ceño.
—¿De mí?
—De esperar.
La palabra lo dejó inmóvil.
Esa noche hice algo que nunca había hecho durante nuestros años de matrimonio.
Dejé de preparar la cena.
No porque quisiera castigarlo.
Simplemente porque ya no quería seguir actuando como si todo fuera normal.
Lucas llegó tarde.
Encontró la casa completamente en silencio.
Sobre la mesa había una carpeta.
La misma que yo había guardado durante años en el fondo del armario.
Él la abrió.
Dentro estaban todas las fotografías de nuestras primeras misiones juntos.
Los permisos.
Las cartas.
Y una hoja doblada.
Lucas la reconoció inmediatamente.
—¿De dónde sacaste esto?
—Estaba entre mis documentos.
Su expresión cambió.
—¿La leíste?
—No.
—Entonces no deberías abrirla.
Lo miré.
—¿Por qué?
Lucas apretó la hoja entre los dedos.
—Porque no tiene nada que ver contigo.
Aquella respuesta fue suficiente.
—Entonces ahora sí quiero saber qué dice.
La carta había sido escrita seis meses antes de que Valeria llegara a nuestra unidad.
Estaba dirigida a Lucas.
Pero nunca había sido entregada.
La firma pertenecía a un oficial superior.
“Capitán Silva:
Hemos recibido información sobre una relación impropia entre usted y una integrante recién incorporada al destacamento.
Si continúa utilizando su posición para favorecerla, ambos quedarán sujetos a una investigación formal.
Se le recomienda cortar cualquier trato personal que pueda comprometer la cadena de mando.”
Sentí que el aire desaparecía.
Levanté la vista.
—¿Lo sabías?
Lucas no respondió.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
—¿Y nunca me dijiste?
—Porque no había nada.
—Entonces, ¿por qué la carta?
—Porque alguien nos denunció.
—¿Quién?
Lucas guardó silencio.
Lo miré fijamente.
—¿Quién nos denunció?
Finalmente respondió:
—Tu hermano.
Me quedé paralizada.
—Eso es imposible.
—No.
Sacó su teléfono.
—Él fue quien envió el informe.
Mi hermano llevaba meses trabajando como asesor civil para el Ministerio de Defensa.
Nunca me había contado que había recibido información sobre Lucas.
Tampoco sabía que había abierto una investigación informal.
Pero había una segunda parte.
Lucas deslizó otra fotografía sobre la mesa.
Era una imagen de Valeria entrando en un edificio.
No estaba con él.
Estaba con otra persona.
—¿Quién es?
—El coronel Herrera.
Reconocí el nombre.
Era uno de los oficiales que supervisaban las asignaciones especiales.
—¿Qué tiene que ver ella con él?
Lucas negó con la cabeza.
—Eso todavía no lo sabemos.
—Entonces ¿por qué llevas semanas protegiéndola?
Lucas bajó la mirada.
Y por primera vez, su voz perdió toda autoridad.
—Porque me pidió ayuda.
—¿Para qué?
—Dijo que alguien la estaba presionando para que entregara información interna.
Sentí un escalofrío.
—¿Información sobre qué?
Lucas levantó los ojos.
—Sobre nuestra brigada.
El silencio fue absoluto.
De pronto, todos aquellos pequeños detalles adquirieron otro significado.
Las preguntas de Valeria.
Sus constantes acercamientos.
Su insistencia en acompañar a Lucas.
La chaqueta.
Los entrenamientos.
Y aquella familiaridad que yo había interpretado como una provocación.
Quizá había otra historia detrás.
Pero eso no borraba lo demás.
—¿Por qué no me lo contaste?
Lucas respondió:
—Porque la investigación era confidencial.
—¿Y yo?
—¿Qué?
—Soy tu esposa.
Él cerró los ojos.
—Lo sé.
—No.
Negué lentamente.
—No lo sabes.

Me fui a casa de mi madre aquella misma noche.
Lucas no intentó detenerme.
Al día siguiente, mientras desayunábamos, mi madre recibió una llamada.
Me miró.
—Es tu hermano.
Contesté.
—¿Qué pasa?
Su voz sonaba tensa.
—Elena, necesito que escuches algo antes de tomar cualquier decisión sobre Lucas.
—¿Qué?
—La investigación cambió esta mañana.
Me incorporé.
—¿Cómo?
—Encontraron quién estaba filtrando la información.
—¿Quién?
Hubo un silencio.
—No fue Valeria.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Entonces, ¿quién?
Mi hermano respiró profundamente.
—Alguien de tu propia familia.
Me quedé helada.
—¿Quién?
—No puedo decirlo por teléfono.
—¿Por qué?
—Porque acaba de emitirse una orden para revisar la casa de Lucas.
Miré a mi madre.
Ella ya había comprendido por mi expresión que algo grave ocurría.
Mi hermano continuó:
—Y Elena…
—¿Sí?
—Tu nombre también aparece en el expediente.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Mi nombre?
—Sí.
—¿Por qué?
Su respuesta llegó en un susurro.
—Porque alguien lleva meses utilizando tus credenciales para acceder a información militar.
Colgué.
No podía respirar.
Lucas había creído que yo estaba molesta porque había protegido a Valeria.
Yo había creído que estaba enamorado de otra mujer.
Pero ahora existía una posibilidad mucho peor.
Alguien había estado utilizando mi identidad para entrar en información que podía comprometer a toda nuestra brigada.
Y si la investigación demostraba que yo era responsable…
Lucas no tendría que elegir entre su esposa y Valeria.
Tendría que decidir si entregaba a la mujer que amaba para salvar su carrera.
Y todavía ninguno de los dos sabía quién había puesto mi nombre en aquel expediente.