PARTE 2: LA CÁMARA OCULTA QUE REVELÓ EL VERDADERO PLAN DE SOFÍA

Sofía lanzó el brazo hacia Alejandro.

El objeto metálico brilló bajo la luz de la luna.

Alejandro reaccionó por instinto. Sujetó la muñeca de su esposa antes de que pudiera alcanzar su pecho y ambos chocaron violentamente contra una mesa auxiliar.

Una bandeja cayó al suelo con un estruendo ensordecedor.

El monitor cardíaco comenzó a emitir una alarma desesperada.

—¡Suéltame! —gritó Sofía, retorciéndose con furia.

Alejandro apretó su muñeca hasta obligarla a abrir la mano.

El pequeño objeto metálico cayó junto a la cama.

No era un cuchillo.

Era una llave.

Una diminuta llave plateada con el número 317 grabado en uno de sus lados.

Alejandro la miró desconcertado.

—¿Qué abre esto?

Sofía dejó de forcejear.

Durante un segundo, el miedo reemplazó por completo su arrogancia.

—No significa nada.

Alejandro recogió la llave sin apartarse de su madre.

—Entonces, ¿por qué intentabas esconderla?

Antes de que Sofía pudiera responder, la anciana movió débilmente la mano y señaló el armario situado al fondo de la habitación.

Alejandro siguió la dirección de su dedo.

En la parte inferior del mueble había una pequeña caja de seguridad empotrada en la pared. Sobre su cerradura aparecía el mismo número.

Sofía se abalanzó hacia él.

—¡No la abras!

Alejandro la apartó con el hombro y corrió hacia la caja.

La llave encajó perfectamente.

Dentro encontró una carpeta médica, varios frascos vacíos y una memoria de video.

También había un sobre con su nombre escrito por su madre.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Qué has hecho?

Sofía retrocedió lentamente hacia la puerta.

—Tu madre estaba enferma antes de que yo llegara.

—Eso no responde a mi pregunta.

Alejandro abrió la carpeta.

Los documentos mostraban cambios inexplicables en el tratamiento de la anciana. Durante tres meses, alguien había autorizado dosis de medicamentos que no aparecían en el historial oficial del hospital.

La firma del médico estaba falsificada.

La persona que recogía los frascos aparecía registrada como Sofía Mendoza.

Alejandro sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—La estabas enfermando poco a poco.

Sofía soltó una carcajada nerviosa.

—No puedes demostrarlo.

Alejandro levantó la memoria de video.

—Veremos qué contiene esto.

Conectó el dispositivo al televisor de la habitación.

La pantalla tardó unos segundos en encenderse.

Entonces apareció una grabación tomada desde una cámara instalada sobre la cama.

En las imágenes se veía a Sofía entrando durante la madrugada, cerrando las cortinas y cambiando los medicamentos de la anciana por otros frascos sin etiqueta.

En otro video, presionaba una almohada contra su rostro durante varios segundos antes de detenerse al escuchar pasos en el pasillo.

Alejandro quedó paralizado.

—Monstruo…

La anciana comenzó a llorar en silencio.

Sofía corrió hacia el televisor para arrancar la memoria, pero Alejandro la sujetó y la empujó lejos de la cama.

—¡Seguridad! —gritó con todas sus fuerzas.

Nadie respondió.

Sofía sonrió.

—Te dije que nadie vendría.

Sacó su teléfono del bolsillo y mostró la pantalla.

Había enviado un mensaje al personal de guardia informando de una falsa fuga de gas en otra ala del hospital.

El sector entero había sido evacuado.

—Todo estaba preparado —confesó—. Cuando encontraran los cuerpos, parecería que intentaste salvarla y moriste durante el forcejeo.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque tu madre cambió el testamento.

La anciana cerró los ojos.

Sofía continuó hablando, incapaz de detenerse.

—Me dejó fuera de todo. Las propiedades, las cuentas, la clínica privada… todo quedaría en manos de una fundación.

—¿Qué fundación?

—Una creada para investigar la desaparición de tu hermano.

Alejandro se quedó inmóvil.

Su hermano Daniel había desaparecido doce años atrás. La familia siempre creyó que había huido después de robar dinero de la empresa.

—Daniel no huyó —murmuró la anciana con enorme esfuerzo.

Era la primera vez que pronunciaba palabras claras desde su ingreso.

Alejandro corrió hacia ella.

—Mamá, ¿qué sabes?

La mujer señaló a Sofía.

—Ella estaba allí.

El rostro de Alejandro perdió todo color.

Sofía había conocido a la familia mucho después de la desaparición de Daniel.

Al menos, eso era lo que siempre había afirmado.

—Nunca te había visto antes de nuestra boda —dijo Alejandro.

Sofía guardó silencio.

En ese instante, la puerta se abrió violentamente.

Un médico y dos agentes de seguridad entraron en la habitación. Detrás de ellos apareció una enfermera joven sosteniendo una tableta.

—Recibimos la transmisión de la cámara oculta —explicó—. Su madre pidió que la instaláramos hace una semana.

Sofía intentó escapar, pero los guardias bloquearon la salida.

—No pueden detenerme sin una orden —gritó.

La enfermera levantó la tableta.

—La policía ya viene en camino.

Sofía miró a Alejandro con puro odio.

—Tu madre destruirá todo lo que amas.

—No —respondió él—. Tú ya lo hiciste.

Los guardias la sujetaron.

Mientras la arrastraban hacia el pasillo, Sofía soltó una última amenaza.

—Pregúntale a tu madre quién encontró primero el cuerpo de Daniel.

Alejandro giró hacia la cama.

La anciana estaba completamente pálida.

—Mamá, ¿encontraron su cuerpo?

Ella comenzó a llorar.

—No encontramos un cuerpo.

—Entonces, ¿qué encontraron?

La mujer apretó la mano de su hijo y susurró una verdad que llevaba doce años enterrada.

—Encontramos una habitación llena de sangre… y una fotografía de Sofía junto a Daniel.

Alejandro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Su esposa no había llegado a aquella familia por casualidad.

Ella había estado ligada a su hermano desde el principio.

Y tal vez Daniel nunca había desaparecido.

Tal vez seguía vivo detrás de las mismas paredes de aquel hospital.

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