PARTE 2: LA MEMORIA USB QUE REVELÓ EL VERDADERO PLAN DE CAMILA

—Mariana.

La voz de Alejandro sonó diferente.

No era enojo.

No era autoridad.

Era miedo.

Me giré lentamente.

—¿Qué quieres?

Miró la carta de aceptación que todavía sostenía en mi mano.

—¿Vas a irte?

—Sí.

—¿Por dos años?

—Sí.

Su rostro cambió.

Como si por primera vez entendiera que esta vez no estaba amenazando con irme.

Ya me había ido.

—No puedes tomar una decisión así de repente.

Lo miré.

—¿De repente?

Solté una pequeña sonrisa.

—Alejandro, llevo tres años tomando decisiones pensando en ti.

Él bajó la mirada.

—Mariana…

—Cancelé oportunidades por ti. Dejé tratamientos por ti. Esperé por ti.

Hice una pausa.

—Y hoy descubrí que mientras yo guardaba dinero para construir una familia contigo, tú lo usabas para cuidar a otra mujer.

—No es así.

—Entonces explícame los 450 mil pesos.

Silencio.

No respondió.

Porque no podía.


Esa noche, Alejandro llegó a casa.

Pensé que vendría a disculparse.

Pero llegó con otra intención.

—Tenemos que hablar de esto como adultos.

Lo observé desde el sofá.

—¿De esto?

Señalé los documentos del divorcio sobre la mesa.

—¿O de Camila?

Su expresión se endureció.

—No conviertas esto en un problema familiar.

La frase me sorprendió.

No porque fuera nueva.

Sino porque confirmaba algo.

Para él, yo era el problema.

No la mentira.

No el dinero.

No la traición.

Yo.

—Entiendo.

Me levanté.

—Entonces hagamos algo sencillo.

Tomé mi maleta.

—Mañana me voy a Ciudad de México.

—¿Vas a abandonar nuestro matrimonio?

Lo miré.

—No.

Negué lentamente.

—Voy a dejar de abandonarme a mí misma.


Tres días después estaba en el departamento temporal que la universidad me había proporcionado.

Mi vida cabía en tres maletas.

Documentos.

Libros.

Algunas fotografías.

Y una caja con recuerdos que ya no sabía si quería conservar.

Entonces llegó el mensaje del número desconocido.

Otra vez.

“Si realmente quieres saber quién es Camila, revisa el contenido del USB.”

Había una dirección.

Un casillero.

Nada más.

Al principio pensé en ignorarlo.

Pero algo me decía que no era una simple venganza.

Demasiadas cosas no encajaban.

El embarazo.

El dinero.

La cita conmigo.

La forma en que Camila había mencionado los 450 mil pesos.

Ella quería que yo supiera.

Pero ¿por qué?


Esa misma tarde fui al lugar indicado.

Dentro del casillero había un pequeño sobre.

Y una memoria USB.

No tenía nombre.

Solo una fecha.

La fecha en que Alejandro y yo nos casamos.

Llegué al departamento.

Conecté la memoria.

Había tres carpetas.

La primera:

“Camila Navarro”

La segunda:

“Alejandro Reyes”

La tercera:

“Accidente”

Sentí un escalofrío.

Abrí la primera.

Había contratos.

Transferencias.

Conversaciones.

Y entonces vi algo que me hizo detener la respiración.

Camila no estaba divorciada.

Su supuesto exmarido seguía vivo.

Y aparecía en los documentos como socio de una empresa que había recibido pagos de Alejandro.

Abrí otro archivo.

Una conversación entre Camila y alguien llamado “A”.

Camila: Ya hice que sospeche.

A: No exageres. Necesito que ella sea quien descubra la verdad.

Camila: ¿Y después?

A: Después Alejandro quedará libre.

Sentí un frío recorrerme.

La persona que escribía no era desconocida.

Conocía demasiado bien a Alejandro.


Abrí la carpeta de Alejandro.

Al principio solo había documentos de trabajo.

Hasta que encontré un archivo oculto.

Un informe médico.

Mi nombre apareció en la primera página.

Fecha: dos años atrás.

Mi embarazo ectópico.

Abrí el documento.

No era mi expediente oficial.

Era una copia solicitada por alguien externo.

¿Quién había pedido información médica privada sobre mí?

Bajé la página.

Aparecía una autorización.

La firma era de Alejandro.

Me quedé inmóvil.

Él había solicitado mis registros.

Sin decirme nada.


La última carpeta era la más pequeña.

Solo tenía un video.

Lo abrí.

Aparecieron Alejandro y Camila sentados en un restaurante.

Era reciente.

Mucho más reciente de lo que él había admitido.

Escuché sus voces.

—¿Estás seguro de que ella aceptará irse?

Era Camila.

Alejandro respondió:

—Mariana siempre piensa en los demás antes que en ella.

Sentí que el corazón se me congelaba.

—¿Y si no funciona?

—Funcionará.

Pausa.

—Después del divorcio podremos arreglar todo.

Camila sonrió.

—¿Incluso lo del bebé?

Alejandro guardó silencio.

Entonces dijo:

—Solo necesitamos tiempo.

El video terminó.

Me quedé mirando la pantalla.

Porque había una pregunta que no podía dejar de hacerme.

¿Alejandro sabía que Camila estaba mintiendo?


Al día siguiente llamé a Sofía.

—Necesito modificar la estrategia del divorcio.

—¿Encontraste algo?

—Sí.

Le envié los archivos.

Cinco minutos después me llamó.

Su voz era completamente distinta.

—Mariana.

—¿Qué?

—No inicies ninguna conversación con Alejandro todavía.

—¿Por qué?

—Porque si estos documentos son reales, no estamos hablando solo de una infidelidad.

Silencio.

—¿Entonces de qué hablamos?

Sofía respondió:

—De fraude.


Esa tarde Alejandro apareció en mi departamento.

No sé cómo consiguió la dirección.

Pero sabía que algo había cambiado.

—Mariana, tenemos que hablar.

No lo dejé entrar.

—¿Sobre qué?

—Sobre Camila.

Me quedé quieta.

—¿Ahora sí?

Él tragó saliva.

—No es lo que parece.

—Entonces dime qué parece.

Silencio.

Por primera vez vi algo en sus ojos.

Culpa.

—Camila me buscó hace meses.

—¿Por qué?

—Dijo que estaba en problemas.

—¿Y tú le creíste?

Bajó la mirada.

—Sí.

—¿Y el embarazo?

No respondió.

Eso fue suficiente.

—Alejandro.

Levantó la vista.

—¿El bebé es tuyo?

Su silencio fue la respuesta.

Pero antes de que pudiera decir algo, su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Y su rostro perdió todo color.

—¿Quién es?

No respondió.

Le arrebaté la mirada al teléfono.

Había un mensaje.

De Camila.

Solo decía:

“Ya sabe lo del USB. Haz lo que acordamos antes de que ella hable.”

Alejandro cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Porque ambos sabíamos algo.

Él no había sido solamente una víctima.

Había sido parte del plan.

La pregunta era:

¿Desde cuándo había estado jugando conmigo?

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