PARTE 2: EL DIVORCIO QUE NUNCA DEBIÓ FIRMARSE

—Señora Cross, necesito hacerle algunas preguntas.

Asentí.

Dorian estaba sentado en la esquina de la habitación.

No hablaba.

No interrumpía.

Pero podía sentir su mirada sobre mí.

La doctora revisó mis signos vitales.

—¿Náuseas principalmente por la mañana?

—Sí.

—¿Sensibilidad a ciertos olores?

Dudé.

—Sí.

—¿Cansancio extremo?

Bajé la mirada.

—Sí.

La doctora escribió algo.

Después levantó la vista.

—Alina, necesito preguntarle algo más.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Existe posibilidad de embarazo?

El silencio llenó la habitación.

Dorian dejó de respirar por un segundo.

Yo miré mis manos.

Durante semanas había evitado esa palabra.

Porque decirla en voz alta la hacía real.

—No lo sé.

La doctora sonrió suavemente.

—Entonces vamos a averiguarlo.


Diez minutos después, estaba sentada en la camilla esperando los resultados.

Dorian seguía en silencio.

Era extraño.

Un hombre que podía controlar reuniones con cientos de personas.

Un hombre que nunca parecía perder el control.

Ahora estaba sentado con las manos juntas, mirando una pared blanca.

—Dorian.

Levantó la mirada.

—¿Sí?

—No tienes que quedarte.

La expresión de su rostro cambió.

—¿Crees que me iría?

No respondí.

Porque seis meses antes, quizá habría dicho que no.

Pero los últimos meses me habían enseñado que las personas podían desaparecer incluso estando al lado de ti.

La puerta se abrió.

La doctora Mercer entró con una carpeta.

Sonrió.

Pero no era una sonrisa profesional.

Era una sonrisa de alguien que traía una noticia importante.

—Alina.

Mi garganta se cerró.

—¿Sí?

La doctora miró a Dorian.

Luego volvió hacia mí.

—Felicidades.

El mundo pareció detenerse.

Dorian se quedó completamente inmóvil.

—Está embarazada.

No lloré.

No inmediatamente.

Simplemente miré a la doctora mientras esas palabras atravesaban todo lo que había intentado negar.

Embarazada.

Un bebé.

Nuestro bebé.

Dorian se levantó lentamente.

—¿Está segura?

La doctora asintió.

—Los análisis son claros.

Él cerró los ojos durante un segundo.

Y cuando los abrió, ya no parecía el hombre frío que había firmado los papeles de divorcio.

Parecía alguien que acababa de recuperar algo que creía perdido.

—¿Cuánto tiempo?

—Aproximadamente ocho semanas.

Ocho semanas.

Hice los cálculos.

La fecha coincidía.

La última noche antes de que todo cambiara.

La última noche en que Dorian me había abrazado como si yo fuera lo único importante en el mundo.


La doctora salió para dejarnos solos.

Durante varios segundos ninguno habló.

Finalmente Dorian dijo:

—¿Por qué no me lo dijiste?

Su voz no tenía enojo.

Solo dolor.

Lo miré.

—Porque pensé que no querías nada de mí.

Su rostro se tensó.

—Alina…

—Tú pediste el divorcio.

Silencio.

—Tú te alejaste.

Bajó la mirada.

—No fue porque dejara de quererte.

Solté una pequeña risa amarga.

—Entonces ¿por qué?

Dorian no respondió inmediatamente.

Y esa fue la primera vez en mucho tiempo que vi algo que nunca había visto en él.

Miedo.


—Hace seis meses descubrí algo —dijo finalmente.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

Miró hacia la ventana.

—Alguien estaba intentando destruir mi empresa.

Fruncí el ceño.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Todo.

Se pasó una mano por el rostro.

—Encontré documentos falsificados. Transferencias. Información confidencial filtrada.

—¿Y pensaste que yo estaba involucrada?

Su silencio respondió antes que él.

Sentí una presión en el pecho.

—Dorian.

—No.

Negó rápidamente.

—No pensé que tú fueras culpable.

—Entonces ¿qué?

Su mandíbula se apretó.

—Pensé que estabas en peligro.

No entendí.

—¿Qué significa eso?

Dorian se acercó un poco.

—La persona que estaba detrás de todo sabía que tú eras mi punto débil.

Me quedé en silencio.

—Si se acercaban a mí, no podían destruirme.

Hizo una pausa.

—Pero si te lastimaban a ti…

No terminó la frase.


—Entonces fingiste alejarte de mí.

Dorian bajó la mirada.

—Sí.

No podía creerlo.

—¿Me pediste el divorcio para protegerme?

—Pensé que si todos creían que ya no significabas nada para mí, dejarías de ser un objetivo.

Mi voz salió más baja.

—Me rompiste el corazón.

Cerró los ojos.

—Lo sé.

—Pensé que me habías dejado.

—Lo sé.

—Pensé que había perdido a mi esposo.

Dorian se acercó.

Pero se detuvo antes de tocarme.

—Y yo pensé que estaba perdiendo a mi esposa para mantenerla viva.


Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

Caleb apareció.

Su expresión era seria.

—Señor Cross.

Dorian se volvió.

—¿Qué ocurre?

—Encontramos quién filtró la información.

Dorian cambió inmediatamente.

Volvió a ser el hombre que todos temían.

—¿Quién?

Caleb miró hacia mí.

Dudó.

—Es alguien cercano.

Mi estómago se cerró.

—¿Quién?

Caleb sacó su teléfono.

Mostró una imagen.

Una captura de seguridad.

Una persona entrando a la oficina privada de Dorian.

La reconocí.

Y sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Porque era alguien que había estado en nuestra casa.

Alguien que había cenado con nosotros.

Alguien en quien ambos confiábamos.

Dorian miró la pantalla.

Su expresión se volvió helada.

—No puede ser.

—Sí, señor.

Caleb bajó la voz.

—Fue ella.

Miré a Dorian.

—¿Quién?

Él tardó unos segundos en responder.

Entonces dijo un nombre que hizo que mi corazón se detuviera.

—Mi hermana.


Esa noche, los papeles del divorcio seguían sobre la mesa del despacho.

Sin firmar.

Pero ya no eran lo importante.

Porque ahora había una pregunta mucho más peligrosa.

No era si Dorian y yo volveríamos a estar juntos.

Era:

¿Por qué su propia familia había intentado destruirnos?

Y, sobre todo…

¿Qué haría alguien capaz de arruinar un matrimonio para evitar que naciera nuestro hijo?

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