Durante unos segundos no respondí.
No porque no tuviera nada que decir.
Sino porque de repente entendí algo que durante diez años había intentado negar.
Xie Xingzhou nunca había pensado que yo pudiera irme.
Para él, yo siempre había sido la persona que esperaba.
La que entendía.
La que perdonaba.
La que caminaba dos calles lejos de todos para poder volver a casa con él.
—¿Fingir? —pregunté suavemente.
Al otro lado de la llamada hubo silencio.
—Sí, Luo Wanke.
Su voz seguía fría.
—Cada vez que te enojas, haces lo mismo.
—Dices que vas a irte.
—Luego vuelves.
Cerré los ojos.
Porque tenía razón en una cosa.
Siempre había vuelto.
Pero no porque él me lo pidiera.
Sino porque yo seguía creyendo en la promesa que me hizo cuando éramos jóvenes.
La promesa de que algún día dejaríamos de escondernos.
La promesa de que algún día me elegiría delante de todos.
Solo que ese día nunca llegó.
—Xie Xingzhou.
Mi voz salió tranquila.
—¿Sabes qué es lo más triste?
Él no respondió.
—No es que hayas elegido a Qingxue.
—Tampoco es que hayas mentido durante diez años.
Pausa.
—Lo más triste es que todavía crees que mi vida gira alrededor de ti.
Por primera vez, él se quedó callado.
Miré hacia la calle.
El restaurante donde habíamos celebrado diez años de graduación seguía iluminado detrás de mí.
Dentro estaban nuestros antiguos compañeros.
Celebrando una historia de amor que nunca existió.
—Durante diez años pensé que esperaba el momento correcto.
—Pero ahora entiendo que solo estaba esperando a alguien que ya había tomado una decisión.
Xie Xingzhou apretó la mandíbula.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—Por fin lo sé.
Colgué.
Sin despedirme.
Sin llorar.
Sin esperar una respuesta.
Esa noche no caminé hasta el lugar de siempre.
No fui dos calles más lejos.
No esperé escondida junto a una esquina para que nadie supiera que éramos pareja.
Tomé un taxi directamente frente al restaurante.
Y por primera vez en diez años…
dejé que el mundo me viera.
Al día siguiente, desperté con más de veinte mensajes.
Todos eran de Xie Xingzhou.
【¿Dónde estás?】
【¿Por qué apagaste el teléfono?】
【Luo Wanke, deja de comportarte así.】
【Tenemos que hablar.】
Los leí todos.
Pero no respondí.
Luego llegó otro mensaje.
De Xu Qingxue.
【Wanke, creo que hubo un malentendido.】
【Xingzhou y yo solo éramos amigos.】
【No quiero que nuestra amistad se arruine por esto.】
Me quedé mirando esa pantalla durante mucho tiempo.
La misma frase.
Siempre la misma frase.
“No pasa nada.”
“Solo somos amigos.”
“Estás pensando demasiado.”
Durante años acepté esas palabras porque venían de las dos personas en las que más confiaba.
Pero esta vez no sentí dolor.
Solo cansancio.
Respondí:
【Qingxue, no necesito que me expliques lo que pasó.】
【Lo vi durante diez años.】
【Y durante diez años decidí no verlo.】
Después bloqueé la conversación.
Tres días después regresé a la oficina.
Todos sabían algo.
Los rumores corrían más rápido que las noticias.
Algunos me miraban con lástima.
Otros con curiosidad.
Pero nadie se atrevió a preguntarme directamente.
Hasta que mi jefe me llamó a su despacho.
Sobre la mesa había una carpeta.
—Luo Wanke, ¿recuerdas el proyecto de Shanghai que rechazaste hace dos años?
Asentí.
Era una oportunidad enorme.
Una promoción internacional.
Pero Xie Xingzhou me dijo que no aceptara.
“Si te vas, estaremos demasiado tiempo separados.”
Y yo elegí quedarme.
Mi jefe abrió la carpeta.
—Volvieron a ofrecerte el puesto.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué ahora?
Sonrió.
—Porque esta vez no preguntamos si alguien te permite ir.
Pausa.
—Preguntamos si tú quieres hacerlo.
Mis dedos se quedaron sobre la carpeta.
Durante años había tomado decisiones pensando en nosotros.
Ahora, por primera vez, podía pensar en mí.
Firmé.
Dos semanas después, Xie Xingzhou apareció en mi apartamento.
Cuando abrí la puerta, parecía diferente.
Cansado.
No como un hombre que hubiera perdido una discusión.
Sino como alguien que acababa de perder algo que daba por seguro.
—Tenemos que hablar.
Me aparté.
—Pasa.
Entró.
Miró alrededor.
Entonces vio una maleta junto a la pared.

Su expresión cambió.
—¿Te vas?
Asentí.
—A Shanghai.
Silencio.
—¿Cuándo decidiste eso?
Sonreí ligeramente.
—Cuando entendí que llevaba diez años esperando que tú decidieras algo.
Bajó la mirada.
—Wanke…
Por primera vez no sonaba seguro.
—No pensé que realmente te irías.
Lo miré.
—Ese fue tu error.
Se quedó callado.
Después dijo:
—Nunca quise hacerte daño.
Negué.
—Pero lo hiciste.
—Muchas veces.
Pausa.
—Y lo peor es que siempre esperaste que mi amor por ti fuera suficiente para soportarlo.
Sus ojos se pusieron rojos.
—¿Entonces ya no me amas?
La pregunta llegó demasiado tarde.
Porque durante años esa fue la única pregunta que me importó.
Ahora ya no.
—Todavía recuerdo cómo te amé.
—Pero ya no quiero volver a ser esa persona.
Xie Xingzhou no dijo nada.
Antes de irse, dejó algo sobre la mesa.
Era una pequeña caja.
La abrí después.
Dentro estaba la primera foto que nos tomamos en la universidad.
Detrás había una frase escrita por él.
“Algún día estaremos juntos sin escondernos.”
La leí varias veces.
Luego la guardé.
No porque quisiera volver.
Sino porque era parte de mi historia.
Una historia que terminó.
Seis meses después, estaba en Shanghai.
Tenía un nuevo trabajo.
Nuevos amigos.
Una vida donde nadie me pedía esconderme.
Un día recibí una noticia.
Xie Xingzhou y Xu Qingxue no estaban juntos.
La famosa promesa de diez años había terminado antes de empezar.
No sentí alegría.
Ni satisfacción.
Solo una extraña tranquilidad.
Porque finalmente entendí:
No perdí a un hombre que me amaba.
Perdí diez años intentando convencer a alguien de que me eligiera.
Y el día que dejé de esperar…
fue el día en que finalmente empecé a elegirme a mí misma.