Me detuve frente al ascensor.
No quería girarme.
No quería volver a caer en aquella voz.
—Serena.
Esta vez estaba más cerca.
Escuché sus pasos.
—¿Eres tú?
Respiré profundamente y finalmente me giré.
Sebastian estaba allí.
Más maduro.
Más serio.
Pero sus ojos seguían siendo exactamente los mismos.
Durante unos segundos ninguno habló.
Él me observó como si intentara asegurarse de que realmente estaba frente a él.
—Has vuelto.
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
Sonreí ligeramente.
—No lo sé.
Su mirada descendió hasta mi mano.
No llevaba anillo.
Sus dedos se tensaron.
—¿Te casaste?
Negué.
Por primera vez vi algo parecido al alivio en su rostro.
—Entonces… ¿por qué desapareciste?
Solté una pequeña risa.
—¿Desaparecí?
Lo miré directamente.
—Tu familia me obligó a marcharme.
Sebastian frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Antes de que pudiera responder, una mujer apareció al final del pasillo.

Lily.
La misma mujer que había visto aquella noche frente al bar.
Se acercó lentamente.
Cuando me vio, se quedó inmóvil.
Sebastian giró la cabeza hacia ella.
Luego volvió a mirarme.
Y entonces Lily habló.
—Serena… tienes que escucharme.
Su voz temblaba.
—Hay algo que Sebastian nunca te contó.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué?
Lily miró a Sebastian.
—Tu divorcio nunca fue culpa de él.
Sebastian cerró los ojos.
—Lily, basta.
—No.
Ella negó con la cabeza.
—Han pasado cuatro años. Ya no podemos seguir escondiéndolo.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Esconder qué?
Lily sacó un pequeño sobre de su bolso.
Se acercó y me lo entregó.
—Esto era para ti.
Miré el nombre escrito en la parte delantera.
Serena Blake.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era de Sebastian.
Abrí el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una sola fotografía.
Era de nuestra boda.
Pero detrás había una fecha.
La misma fecha en que yo había firmado nuestro contrato matrimonial.
Y debajo, una frase:
“Serena no puede saberlo hasta que esté a salvo.”
Levanté la mirada.
—¿A salvo de quién?
Sebastian permaneció en silencio.
Entonces Lily susurró:
—De tu propia familia.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Cuatro años había creído que Sebastian me había sacrificado por otra mujer.
Cuatro años había odiado a un hombre que quizá había estado protegiéndome.
Pero antes de que pudiera preguntarle nada, Sebastian dio un paso hacia mí y dijo:
—Serena, hay una razón por la que acepté aquel matrimonio.
Pausa.
—Y cuando descubras quién ordenó que te castigaran aquel día…
Su mirada se volvió fría.
—Vas a entender por qué tuve que dejarte ir.