Parte 2: “NO ERA UN VIAJE PARA ESPERARLO, ERA MI ÚLTIMO VIAJE” ADRIAN DESCUBRIÓ LA VERDAD EN ISLANDIA Y TUVO QUE ENFRENTAR A LA MUJER QUE HABÍA PERDIDO

Adrian permaneció inmóvil junto al pasillo del autobús.

Había leído apenas unas palabras del mensaje en mi teléfono.

Pero fueron suficientes.

“Tus análisis son muy graves.”

“Necesito saber dónde estás.”

No sabía qué significaban.

Pero por primera vez desde que me reconoció, dejó de mirarme como a una desconocida.

—Luna.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

Señaló mi teléfono.

—¿Estás enferma?

Guardé el aparato en el bolsillo.

—No es asunto tuyo.

Su mandíbula se tensó.

—Te vi caer afuera.

—Fue el frío.

—No.

Su voz bajó.

—No fue solo el frío.

Lo miré durante unos segundos.

Después aparté la mirada.

—No tienes que preocuparte por mí.

Aquella frase pareció herirlo.

Porque tres años atrás yo habría dicho lo contrario.

“Quédate conmigo.”

“Cuídame.”

“Necesito que estés aquí.”

Ahora ya no.


La cabaña donde nos alojamos era pequeña, pero acogedora.

La tormenta había cerrado varias carreteras y el guía nos informó que permaneceríamos allí hasta la mañana siguiente.

Emily se sentó a mi lado junto a la chimenea.

—Luna, ¿puedo preguntarte algo?

Asentí.

—¿Estás realmente bien?

Sonreí.

—Estoy cansada.

Ella me observó.

—Eso no es lo mismo.

No respondí.

Emily bajó la voz.

—Adrian está preocupado.

Miré hacia el otro extremo de la sala.

Él estaba junto a una ventana.

No fumaba.

Solo miraba la tormenta.

—No debería estarlo.

Emily suspiró.

—Ustedes dos se conocen, ¿verdad?

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—Fuimos pareja.

Ella se quedó quieta.

—¿Tú eres Luna?

No pregunté cómo lo sabía.

Probablemente Adrian había hablado de mí alguna vez.

—Sí.

Emily bajó la mirada.

—Ahora entiendo muchas cosas.

—No necesitas entenderlas.

—Creo que sí.

Me miró.

—Porque durante todo este viaje he sentido que hay algo entre ustedes.

Sonreí con tristeza.

—Ya no hay nada.

En ese momento Adrian se acercó.

—Emily.

Ella levantó la cabeza.

—¿Sí?

—¿Puedes acompañar al guía un momento?

Emily miró a ambos.

Después se levantó.

—Claro.

Cuando se alejó, Adrian se sentó frente a mí.

No dijo nada durante varios segundos.

Finalmente preguntó:

—¿Por qué volviste?

Miré el fuego.

—Porque tenía una promesa pendiente.

—La de Islandia.

Lo miré sorprendida.

—¿La recuerdas?

Soltó una pequeña risa sin alegría.

—Nunca la olvidé.

Mi pecho se apretó.

—Entonces, ¿por qué no viniste hace tres años?

Adrian bajó la mirada.

—Porque pensé que tú ya no querías verme.

—Tú dijiste que no querías volver a saber de mí.

—Lo sé.

—Me dijiste que había destruido todo lo que teníamos.

—Lo sé.

—Entonces no me preguntes por qué no regresé.

Él cerró los ojos.

—Pensé que te había perdido.

—Me perdiste.

La frase salió tranquila.

—Pero no fue porque dejáramos de amarnos.

Adrian levantó la mirada.

Y por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

—Entonces ¿por qué?

No respondí.

Porque todavía no estaba preparada para decirle la verdad.


Aquella noche no dormí.

Saqué de mi mochila una carta.

La había escrito semanas antes.

Era para Adrian.

No tenía intención de entregársela personalmente.

Quería dejarla junto al lago glaciar al que habíamos prometido regresar.

No para esperar que volviera.

Sino para cerrar una etapa de mi vida.

La carta comenzaba con una frase sencilla:

“Adrian, finalmente cumplí nuestra promesa.”

Doblé el papel.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¿Es para mí?

Me giré.

Adrian estaba en la puerta.

—No deberías leerla.

—No iba a hacerlo.

Pausa.

—Solo quería saber si necesitabas ayuda.

Guardé la carta.

—Estoy bien.

—Deja de decir eso.

Su voz se quebró.

—No estás bien.

Me quedé inmóvil.

Adrian dio un paso adelante.

—¿Qué tienes?

No respondí.

—Luna.

—Cáncer.

La palabra salió tan baja que casi desapareció.

Adrian dejó de respirar por un instante.

—¿Qué?

—Cáncer de estómago.

Su rostro perdió color.

—¿Desde cuándo?

—Hace casi un año.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Lo miré.

—Porque ya no éramos nada.

—Eso no importa.

—Para mí sí.

—¡Luna!

Su voz resonó en la habitación.

Después bajó la cabeza.

—Perdón.

Se sentó frente a mí.

—¿Está avanzado?

Asentí lentamente.

—Los médicos dicen que el tratamiento será difícil.

No añadí más.

No necesitaba hacerlo.

Adrian se quedó mirando sus manos.

Durante mucho tiempo no habló.

Después preguntó:

—¿Por eso viniste?

—Vine porque quería volver a un lugar que una vez significó mucho para mí.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Y qué pensabas hacer después?

Lo miré.

—Seguir con mi tratamiento.

Adrian levantó la cabeza.

—¿Pensabas abandonar el tratamiento?

Negué.

—No.

Mi voz fue firme.

—Quiero vivir todo el tiempo que pueda. Solo necesitaba dejar de vivir esperando algo que ya no existía.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo existía.

—No entonces.

Silencio.

—Ahora sí.


Al amanecer, Adrian tomó una decisión.

Canceló el resto de sus planes con Emily.

No porque ella hubiera hecho nada malo.

Sino porque necesitaba hablar conmigo.

Emily, para mi sorpresa, fue quien más insistió.

—Ve con ella —le dijo.

Adrian la miró.

—Emily…

—No estoy enojada.

Sonrió con tristeza.

—Si realmente quieres casarte conmigo algún día, primero tienes que cerrar esta historia.

Él bajó la mirada.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

Emily me miró.

—Solo espero que esta vez no huyan el uno del otro.


Llegamos al lago glaciar dos días después.

El cielo estaba despejado.

El hielo brillaba bajo una luz pálida.

Me quedé mirando el paisaje.

Era exactamente como lo habíamos imaginado.

Adrian estaba a unos pasos.

—¿Es aquí?

Asentí.

—Aquí prometimos volver.

Sacó algo del bolsillo.

Era una pequeña fotografía.

Nosotros dos, tres años antes.

Éramos jóvenes.

Sonreíamos.

Parecíamos convencidos de que el tiempo nos pertenecía.

—La llevé conmigo durante tres años —dijo.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque no pude tirarla.

Sonreí.

—Yo tampoco.

Sacó aire lentamente.

—Luna, no sé cuánto tiempo tengo para arreglar lo que hice.

—No tienes que arreglarlo todo.

—Quiero intentarlo.

—No puedes cambiar el pasado.

—Lo sé.

Me miró.

—Pero puedo acompañarte en el futuro.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Adrian…

—No te estoy pidiendo que vuelvas conmigo.

Pausa.

—Solo quiero que no atravieses esto sola.

Miré el lago.

Durante tres años había imaginado este momento de muchas maneras.

Pero nunca así.

Nunca había pensado que volvería enferma.

Nunca había pensado que él estaría allí.

Y nunca imaginé que escuchar esas palabras pudiera doler tanto.

—Tengo miedo —susurré.

Adrian se acercó.

No intentó abrazarme.

Solo permaneció a mi lado.

—Yo también.

Lo miré.

—¿De qué?

—De llegar demasiado tarde.


Regresamos a China un mes después.

Mi tratamiento comenzó inmediatamente.

Adrian estuvo presente.

No como esposo.

No como novio.

No como alguien que exigía un lugar.

Solo como una persona que había decidido quedarse.

Emily también continuó su vida.

Nuestra historia no se convirtió en una competencia.

Ella entendió que había cosas que Adrian necesitaba resolver antes de comenzar cualquier matrimonio.

Y eso fue precisamente lo que hizo.


Los meses siguientes fueron difíciles.

Hubo días buenos.

Hubo días malos.

Pero yo seguí luchando.

No por Adrian.

No por el pasado.

Por mí.

Por las personas que todavía me querían.

Por las mañanas en que podía despertar y sentir el sol.

Por las pequeñas cosas que antes daba por sentadas.

Y Adrian estuvo allí.

A veces solo se sentaba junto a la ventana.

A veces me llevaba comida.

A veces hablábamos durante horas.

Nunca volvió a decirme que debía perdonarlo.

Solo esperaba.


Un día, casi un año después de nuestro viaje a Islandia, recibí los resultados de mis pruebas.

El médico sonrió.

—Hay una respuesta favorable al tratamiento.

Me quedé inmóvil.

—¿Eso significa…?

—Significa que tenemos razones para ser optimistas.

Salí de la consulta llorando.

Adrian estaba esperando afuera.

Cuando me vio, se levantó inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Lo miré.

Y sonreí.

—Tenemos buenas noticias.

Su rostro cambió.

Me abrazó.

Esta vez no me aparté.

No porque hubiera olvidado el pasado.

Sino porque había aprendido que perdonar no significaba regresar al lugar donde te hicieron daño.

Significaba decidir qué parte del pasado ya no debía gobernar tu futuro.


Dos años después, volvimos a Islandia.

Esta vez no fui para despedirme de una etapa.

Fui para comenzar otra.

Adrian caminaba a mi lado.

No había promesas imposibles.

No había juramentos de que nada volvería a romperse.

Solo dos personas que habían aprendido demasiado tarde a hablar.

Cuando llegamos al lago, saqué aquella antigua carta.

La abrí.

Y después la guardé nuevamente.

Adrian me miró.

—¿No vas a dejarla?

Negué.

—No.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque ya no necesito despedirme.

Miré el paisaje blanco.

—La escribí para cerrar una historia.

Tomé su mano.

—Pero ahora quiero escribir otra.

Adrian apretó suavemente mis dedos.

Y por primera vez, Islandia no parecía el lugar donde habíamos perdido nuestro amor.

Parecía el lugar donde finalmente habíamos aprendido a vivir sin miedo.

Porque tres años después de separarnos, creí que había vuelto para cerrar una puerta.

Pero encontré algo mucho más valioso:

No el pasado que había perdido.

Sino un futuro que todavía podía elegir.

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