PARTE 2: LA FIRMA QUE DANIEL NO PODÍA EXPLICAR

Adrián esperó hasta que salimos del edificio para abrir la carpeta.

—No revisemos esto en la calle —dijo—. Si realmente falsificaron documentos, quiero fotografiar cada hoja antes de tocar nada más.

Fuimos a su despacho.

Durante casi una hora comparó fechas, sellos y firmas mientras yo permanecía frente a él intentando comprender cómo mi matrimonio podía haber terminado sin que yo siquiera estuviera presente.

De pronto dejó de pasar páginas.

—Elena.

—¿Qué?

Señaló una fotocopia.

Era mi identificación.

—Mira la fecha de expedición.

La observé.

—Es mi INE anterior.

—Exactamente.

Sentí un escalofrío.

Esa credencial llevaba casi dos años vencida.

—Daniel sabía dónde estaba —murmuré—. La guardé con documentos viejos.

Adrián siguió revisando.

Entonces encontró algo peor.

En el expediente aparecía que yo había comparecido personalmente para ratificar el convenio.

Fecha: 14 de mayo.

—Ese día estabas conmigo —dijo Adrián.

Lo miré confundida.

—¿Cómo sabes?

Sacó su teléfono.

—Porque llevé a don Jorge al hospital contigo.

Encontró una fotografía que me había enviado aquella tarde. Yo aparecía sentada junto a don Jorge en urgencias.

La hora estaba registrada.

Exactamente veintisiete minutos antes de que, según el expediente, yo hubiera firmado al otro lado de Guadalajara.

Me quedé helada.

—Entonces puedo demostrar que no estuve allí.

—No solamente eso.

Adrián señaló otro documento.

El acuerdo de divorcio establecía que yo renunciaba voluntariamente a cualquier reclamación económica relacionada con los beneficios que Daniel recibiría al terminar su servicio.

Ahí estaban los 300 mil pesos.

—Esto fue planeado —dijo.

Mi celular sonó.

Daniel.

Adrián hizo una señal.

—Contesta. Pon altavoz. No lo provoques.

—¿Bueno?

—Elena, necesito verte.

—¿Para qué?

—Para arreglar esto.

—¿Qué exactamente?

Daniel guardó silencio.

—Lo del divorcio se salió de control.

Adrián levantó lentamente la mirada.

—¿Cómo puede salirse de control algo que yo nunca solicité?

—Verónica contrató a alguien.

—¿Verónica?

—Yo pensé que solamente estaban adelantando documentos.

Casi me reí.

—¿Y también pensaste que mi firma aparecería sola?

—Escúchame…

—¿Dónde está el dinero?

Silencio.

—Daniel.

—Ya no está completo.

—¿Cuánto queda?

—Elena…

—¿Cuánto?

—Como cuarenta mil.

Sentí que me ardía la cara.

—¿Gastaste más de 250 mil pesos en un mes?

—Compramos algunas cosas.

Recordé el anillo verde de Verónica.

—¿El anillo?

Daniel no respondió.

Eso bastó.

Adrián escribió algo en un papel:

“Pregúntale quién presentó los documentos”.

—Daniel, ¿quién llevó mi identificación y mi firma?

—No sé.

—¿Quién?

—Verónica tenía un gestor.

—Nombre.

Colgó.

Adrián inmediatamente guardó la grabación.

—Acaba de admitir demasiado.

Pero todavía faltaba algo.

Aquella misma tarde presentamos una denuncia y solicitamos preservar los registros del trámite.

Dos días después recibimos las primeras imágenes de las cámaras.

Yo esperaba ver a Verónica.

No estaba preparada para ver a la persona que apareció.

Una mujer entraba a la oficina usando lentes oscuros, mi antigua identificación y una blusa muy parecida a una que yo tenía.

Adrián amplió la imagen.

—¿La conoces?

Sentí que el estómago se me hundía.

—Sí.

Era Patricia Cruz.

La hermana de Daniel.

La misma mujer a quien yo había ayudado económicamente durante años.

La misma que me llamaba “hermana”.

La misma que sabía perfectamente cómo firmaba porque había visto cientos de documentos mientras yo administraba las cuentas de don Jorge.

—No puede ser.

Adrián pasó al siguiente video.

Patricia salió veinte minutos después.

Verónica la esperaba dentro de un automóvil.

Las dos se abrazaron.

Me quedé mirando la pantalla.

—Todos lo sabían.

—Parece que sí.

Esa noche Daniel apareció en mi puerta.

No lo dejé entrar.

—Elena, por favor.

—¿Patricia falsificó mi firma?

Su rostro cambió.

Fue suficiente.

—¿Tú lo sabías?

—No desde el principio.

—¿Cuándo te enteraste?

—Después.

—¿Y no hiciste nada?

—Ya estaba hecho.

Lo miré durante varios segundos.

Cinco años esperando.

Tres años cuidando a su padre.

Y él resumía mi divorcio fraudulento con cuatro palabras:

Ya estaba hecho.

—Entonces ahora también hay algo hecho.

—¿Qué?

—La denuncia.

Daniel palideció.

—¿Denuncia?

—Suplantación de identidad, falsificación de documentos y todo lo que mi abogado considere necesario.

—¡Elena, Patricia tiene dos hijos!

—Y yo tenía un matrimonio.

Intentó agarrarme la mano.

Retrocedí.

—No me toques.

Entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.

Un vehículo adaptado se detuvo frente a la casa.

Verónica bajó furiosa.

Detrás venía don Jorge.

—¡Daniel! —gritó—. Yo no voy a seguir cuidando a tu padre.

Daniel corrió hacia ella.

—Te dije que contrataría a alguien.

—Pues contrátalo hoy.

Verónica abrió la cajuela y comenzó a bajar bolsas.

Yo observaba desde mi puerta.

Don Jorge levantó lentamente la cabeza.

Al verme, extendió una mano.

—Elena.

Solo dijo mi nombre.

Y sentí que algo se rompía dentro de mí.

No era culpa suya.

Me acerqué.

Daniel sonrió, creyendo que había ganado.

—Sabía que no ibas a dejarlo.

Lo miré.

—No confundas querer a tu padre con seguir resolviendo tu vida.

Adrián había llegado justo en ese momento.

Se acercó a don Jorge.

—Señor Jorge, tenemos que preguntarle algo.

El anciano parecía confundido.

Adrián sacó una copia del expediente y señaló la firma de un testigo.

Yo no había reparado en ella.

Nombre:

Jorge Cruz Ramírez.

—Supuestamente su padre también firmó el divorcio.

Daniel dejó de respirar.

—Eso no importa.

Adrián lo miró.

—Importa muchísimo.

Porque don Jorge apenas podía mover la mano derecha desde el accidente.

Y aquella firma era perfecta.

—Señor Jorge —pregunté suavemente—, ¿usted firmó esto?

El anciano miró el documento.

Después negó.

—No.

Daniel cerró los ojos.

Verónica empezó a retroceder.

Pero don Jorge hizo algo inesperado.

Señaló a su hijo.

—Daniel…

Luego señaló la carpeta.

Y dijo dos palabras que consiguió pronunciar con enorme esfuerzo:

—Mi dinero.

Todos quedamos en silencio.

—¿Qué dinero? —pregunté.

Don Jorge empezó a agitarse.

Adrián se inclinó hacia él.

—Despacio.

El anciano señaló nuevamente a Daniel.

—Cuenta… banco.

Daniel palideció.

Verónica lo miró.

—¿De qué está hablando?

Entonces comprendí que los 300 mil pesos quizá no eran el único dinero que Daniel había movido utilizando documentos falsos.

A la mañana siguiente, Adrián consiguió autorización de don Jorge para revisar sus cuentas.

Cuando abrió el primer estado bancario, se quedó completamente inmóvil.

—Elena…

—¿Qué pasó?

Giró la computadora hacia mí.

Durante los últimos ocho meses habían salido transferencias periódicas de la cuenta de don Jorge.

Diez mil.

Quince mil.

Veinte mil.

La suma total superaba los 480 mil pesos.

Todos terminaban en la misma cuenta.

Titular:

Daniel Cruz Martínez.

Pero había una transferencia diferente.

Una realizada hacía apenas seis días.

Por 200 mil pesos.

Destino:

Verónica Salgado.

Miré a Adrián.

—Ella dijo que se había quedado con el dinero.

—Sí.

—Creíamos que hablaba de la compensación de Daniel.

Adrián negó lentamente.

—Tal vez estaba hablando del dinero de don Jorge.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Verónica.

“Tenemos que hablar. Daniel me mintió también. Encontré algo en su departamento que tienes que ver.”

Debajo había una fotografía.

Un sobre abierto.

Dentro aparecían varias copias de identificaciones.

La mía.

La de don Jorge.

Y otras tres personas que yo no conocía.

Pero fue el documento colocado debajo lo que me dejó sin respiración.

Era una autorización notarial.

Y arriba, escrito claramente, aparecía mi nombre.

La fecha era del día siguiente.

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