Parte 2: DOS HORAS DESPUÉS DE ENCONTRAR A MI PROMETIDO CON MI HERMANA, LE PEDÍ A UN DESCONOCIDO QUE DESTRUYERA MI BODA… SIN SABER QUE ERA EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE CHICAGO

—Dime dónde es la boda, Nora.

Me quedé mirando al desconocido.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Él señaló mi bolso.

La invitación de boda sobresalía del bolsillo lateral.

NORA BENNETT Y ARTHUR COLE.

Solté el aire.

—Por un segundo pensé que eras un psicópata.

El camarero casi dejó caer el vaso que estaba limpiando.

El hombre sonrió.

—Algunos dirían que eso sería una mejora.

—¿Quién eres?

—Dante Moretti.

El nombre no significó nada para mí.

Pero sí para todos los demás.

El camarero retrocedió.

Un hombre junto a la barra pagó inmediatamente y salió.

Dante observó mi confusión.

—De verdad no sabes quién soy.

—¿Debería?

—Probablemente sea mejor así.

Le conté todo.

Arthur.

Lydia.

Los trescientos invitados.

Los casi cuarenta mil dólares que yo había puesto en la boda.

Cuando terminé, Dante hizo una sola pregunta.

—¿Quieres cancelar la boda?

—No.

Sus cejas se levantaron.

—Quiero que ocurra.

—Interesante.

—Arthur lleva tres años diciéndome que sin él no soy nadie. Lydia lleva toda la vida quitándome cosas y luego llorando hasta que nuestra familia la perdona.

Me incliné hacia él.

—Esta vez quiero que todos vean quiénes son.

Dante dejó finalmente su whisky.

—Entonces no quieres destruir una boda.

Sus ojos oscuros encontraron los míos.

—Quieres destruir una mentira.

A la mañana siguiente recibí una llamada de Arthur.

—Nora, gracias a Dios. Lydia y yo podemos explicarlo.

—No hace falta.

—¿Entonces cancelamos todo?

Miré el mensaje que Dante acababa de enviarme.

NO CANCELES NADA.

Sonreí.

—Claro que no.

Arthur quedó en silencio.

—¿Qué?

—Tenemos trescientos invitados. Los proveedores están pagados. Casémonos.

—Nora…

—Nos vemos en el altar.

Colgué.

Durante los siguientes cinco días, Dante descubrió algo mucho peor que una infidelidad.

Arthur había retirado dinero de nuestra cuenta conjunta durante casi un año.

Más de ciento veinte mil dólares.

Parte había pagado viajes y regalos para Lydia.

Pero el resto había ido a una empresa que yo nunca había escuchado nombrar.

Dante deslizó una carpeta frente a mí.

—Cole Development Holdings.

—Arthur dijo que esa empresa pertenecía a su padre.

—No.

Pasé la primera página.

Mi nombre aparecía en varios documentos.

—¿Qué es esto?

—Solicitudes de crédito.

Sentí frío.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

Dante señaló las firmas.

—Tu prometido estaba utilizando tu identidad para financiar una empresa al borde de la quiebra.

Me quedé sin palabras.

Entonces apareció otra fotografía.

Arthur entrando en un hotel con Lydia.

La fecha era de hacía once meses.

—¿Once meses?

Dante asintió.

—No fue un error de una tarde, Nora.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

—¿Desde cuándo?

—Al menos catorce meses.

Cerré la carpeta.

—Entonces la boda sigue adelante.

Dante sonrió lentamente.

—Esperaba que dijeras eso.

El sábado, la iglesia estaba llena.

Trescientos invitados.

Flores blancas.

Un cuarteto de cuerda.

Mi madre lloraba en primera fila.

Lydia estaba junto al altar con mi vestido de dama de honor, mirándome como si nada hubiera ocurrido.

Arthur sonrió cuando aparecí.

Caminé hacia él.

Llegué al altar.

El sacerdote abrió el libro.

Entonces las puertas de la iglesia volvieron a abrirse.

Dante entró.

Traje negro.

Sin prisa.

El silencio cayó inmediatamente.

Arthur perdió el color.

—¿Qué demonios hace él aquí?

Lo miré.

—¿Lo conoces?

Arthur no respondió.

Dante ocupó un asiento en la última fila.

Sonreí.

—Continúe, padre.

Llegó el momento de los votos.

Arthur tomó mis manos.

—Nora, desde que te conocí…

Retiré las mías.

—Antes de continuar, preparé un video.

Lydia palideció.

Una pantalla descendió detrás del altar.

Primero aparecieron las transferencias bancarias.

Después las reservas de hotel.

Después fotografías de Arthur y Lydia.

Un murmullo atravesó la iglesia.

Mi madre se levantó.

—Lydia…

—¡Mamá, no es lo que parece!

Entonces apareció la imagen definitiva.

Los documentos financieros falsificados.

Arthur se lanzó hacia mí.

—¡Apaga eso!

Dos hombres de Dante se levantaron.

Arthur se detuvo inmediatamente.

Lo miré.

—¿Qué ocurre? ¿No quieres que nuestros invitados conozcan la empresa que construimos juntos?

—Nora, podemos hablar en privado.

—No.

Miré a los invitados.

—Llevas más de un año acostándote con mi hermana y utilizando mi identidad para conseguir préstamos.

Lydia comenzó a llorar.

—¡Él me dijo que iba a dejarte!

La iglesia quedó completamente en silencio.

Arthur giró hacia ella.

—¡Cállate!

Lydia lo señaló.

—¡Tú dijiste que después de la boda transferirías el dinero y te divorciarías de ella!

Sentí que mi respiración se detenía.

Eso no estaba en los documentos.

—¿Qué dinero?

Lydia comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.

Arthur agarró su brazo.

—No digas nada más.

—Suéltala —ordené.

Lydia se liberó.

—Los dos millones.

Mi madre jadeó.

—¿Qué dos millones?

Arthur cerró los ojos.

Dante se puso de pie.

—Creo que esa es mi parte favorita.

Caminó hacia nosotros y dejó otro documento frente a mí.

Era el testamento de mi abuelo.

Yo heredaría dos millones de dólares exactamente treinta días después de casarme.

Miré a Arthur.

—¿Tú sabías esto?

No respondió.

Lydia sí.

—Por eso no podía dejarte antes.

Aquellas palabras hicieron más daño que encontrarla contra mi pared.

Arthur nunca había querido casarse conmigo.

Me había necesitado.

—Después pensábamos irnos juntos —soltó Lydia desesperadamente—. Él dijo que tú recibirías suficiente dinero del divorcio.

Arthur la miró con odio.

—Eres una idiota.

Lydia dejó de llorar.

—¿Qué dijiste?

Arthur soltó una carcajada amarga.

—¿De verdad creías que iba a casarme contigo después?

La expresión de mi hermana cambió.

Y entonces comprendí algo.

Arthur había engañado a las dos.

Me quité el anillo.

—Gracias.

Arthur me miró.

—¿Por qué?

—Porque acabas de destruirte sin que yo tuviera que hacerlo.

Dos investigadores entraron por las puertas laterales.

Arthur retrocedió.

Dante habló tranquilamente.

—Fraude financiero, falsificación de documentos y apropiación indebida. Parece que tus planes para la luna de miel tendrán que esperar.

Arthur me miró con furia.

—¿Crees que Moretti está ayudándote gratis?

Todos guardaron silencio.

—Pregúntale quién es realmente.

Miré a Dante.

—¿De qué está hablando?

Dante sostuvo mi mirada.

—Mi familia conoce a Arthur desde hace años.

Arthur rio.

—Díselo todo.

Dante permaneció callado unos segundos.

—Arthur pidió dinero prestado a personas relacionadas con mi organización.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué organización?

Dante respondió sin cambiar de expresión.

—La familia Moretti.

Esta vez reconocí el nombre.

Todo Chicago lo conocía.

Los periódicos.

Los rumores.

Los negocios que nadie hacía preguntas sobre ellos.

Miré hacia la última fila y comprendí por qué todos habían evitado mirarlo aquella noche en el Brass Nickel.

—Tú eres ese Moretti.

—Sí.

—¿El hombre al que llaman…?

—Probablemente.

Me aparté.

—¿Por qué me ayudaste?

Dante miró a Arthur.

—Porque él utilizó tu nombre para intentar pagar una deuda conmigo.

Arthur palideció.

Pero Dante volvió a mirarme.

—Eso explica por qué investigué.

Hizo una pausa.

—No por qué me quedé.

Arthur fue detenido esa misma tarde.

Lydia salió de la iglesia sola.

Antes de marcharse, se acercó a mí.

—Nora…

—No.

—Soy tu hermana.

—Precisamente.

La miré a los ojos.

—Un extraño me mostró más lealtad en cinco días que tú en toda nuestra vida.

Lydia comenzó a llorar.

Esta vez no intenté consolarla.

—Espero que algún día cambies. Pero no voy a seguir destruyéndome para darte otra oportunidad.

Se marchó.

Meses después, los cargos fraudulentos fueron retirados de mi nombre y recuperé gran parte del dinero que Arthur había tomado.

Vendí el apartamento.

Cancelé cada contrato que todavía me unía a él.

Y una tarde regresé al Brass Nickel.

Dante estaba sentado en la misma cabina.

Coloqué una botella sobre la mesa.

—La más barata que tenían.

Sonrió.

—Pensé que nunca volvería a verte.

—Yo también.

Me senté frente a él.

—Pero me debes algo.

—¿Qué?

—Una presentación adecuada.

Dante dejó su vaso.

—Dante Moretti.

Extendió la mano.

—Empresario con una reputación cuestionable.

Tomé su mano.

—Nora Bennett. Mujer que casi se casó con un idiota.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Me levanté.

Dante frunció el ceño.

—¿Ya te vas?

—Sí.

—¿Entonces para qué viniste?

Lo miré por encima del hombro.

—Para preguntarte si quieres cenar conmigo.

Por primera vez desde que lo conocía, conseguí sorprender al hombre que parecía no temerle a nada.

—¿Eso es una cita?

Sonreí.

—Solo si dices que sí.

Dante dejó dinero sobre la mesa y se levantó.

—Nora.

—¿Sí?

—La primera vez que me hablaste me preguntaste qué me parecía destruir una boda.

—Lo recuerdo.

Abrió la puerta para dejarme pasar.

—Me alegra que destruyéramos la correcta.

Salimos juntos al calor de Chicago.

Arthur había pensado que aquella boda sería la forma perfecta de quedarse con mi dinero.

Lydia había pensado que podría quedarse con mi prometido.

Y yo había pensado que encontrar a ambos juntos había sido el peor día de mi vida.

Me equivoqué.

**A veces descubrir una traición no destruye tu futuro.

Solo destruye el futuro equivocado para obligarte a construir uno mejor.**

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