PARTE 2: LAS DIECIOCHO LLAMADAS

Gabriel se quedó mirando el teléfono.

Dieciocho llamadas.

Dieciocho intentos de localizarlo mientras su padre estaba en una sala de cirugía.

—No sabía que era tan grave —murmuró.

—Sí lo sabías.

Deslicé el dedo sobre la pantalla.

El audio comenzó a reproducirse.

Mi voz, temblando:

—Gabriel, tu padre está sufriendo un infarto. Están entrando a cirugía.

Después apareció la voz de Felicity:

—El director está ocupado. Yo se lo comunicaré.

Gabriel cerró los ojos.

—¿Ella me dijo eso?

—Dieciocho veces.

—Pero yo…

—Tú decidiste no contestar.

No levanté la voz.

Eso pareció afectarle más.


Gabriel salió de casa sin decir nada.

Una hora después me llamó desde el hospital.

—Naomi.

—¿Sí?

—Mi padre despertó.

Cerré los ojos.

Por primera vez en ocho días pude respirar tranquila.

—Me alegro.

—Preguntó por ti.

No respondí.

—Dijo que si no hubieras estado allí, probablemente no habría sobrevivido.

Miré la carpeta que tenía frente a mí.

—Hice lo que cualquiera habría hecho.

—No.

Su voz se quebró.

—Yo no lo habría hecho.


Esa misma tarde, Gabriel regresó.

Traía una expresión distinta.

No parecía el hombre que había entrado gritando unas horas antes.

Parecía alguien que acababa de comprender el tamaño de su propio error.

—Quiero preguntarte algo.

—Dime.

—¿Por qué nunca me dijiste que pagaste el depósito?

—Porque estabas ocupado.

—¿Treinta mil yuanes?

—Sí.

—¿Y todos los demás gastos?

—También.

Miró la carpeta.

—¿Cuánto llevas gastando por mi padre?

—No importa.

—Para mí sí.

Abrí la primera página.

Ocho años.

Consultas.

Medicamentos.

Transporte.

Cuidados.

Días que había tenido que pedir permiso en mi trabajo.

No eran solo cifras.

Eran años de mi vida.

Gabriel pasó los dedos sobre las páginas.

—Nunca vi nada de esto.

—Porque nunca preguntaste.


Entonces mencioné a Felicity.

—¿Ella sabía que tu padre estaba en cirugía?

Gabriel levantó la cabeza.

—Sí.

—¿Y te dijo que yo estaba exagerando?

No respondió.

Sacó su teléfono.

La llamó.

—Felicity, necesito que me digas exactamente qué te comunicó Naomi.

Hubo silencio.

Después ella respondió:

—Dijo que tu padre estaba mal.

—¿Eso fue todo?

—Sí.

Gabriel apretó la mandíbula.

—¿Te dijo que estaba en cirugía cardíaca?

Silencio.

—No.

—¿Te dijo que necesitaba autorización?

—No.

Gabriel terminó la llamada.

Me miró.

—¿Por qué haría eso?

—No lo sé.

Pero tampoco necesitaba averiguarlo esa noche.


Al día siguiente, el hospital llamó.

Mi suegro había empeorado ligeramente durante la madrugada, pero estaba estable.

Gabriel pasó todo el día a su lado.

Por la noche, su padre le preguntó:

—¿Naomi está aquí?

—No.

—Entonces ve a buscarla.

Gabriel bajó la mirada.

—Papá…

—Esa mujer estuvo conmigo cuando tú no estabas.

Silencio.

—No vuelvas a permitir que alguien te haga olvidar quién estuvo a tu lado cuando más lo necesitabas.


Dos días después, Gabriel llegó a casa con una caja.

Dentro estaban todas mis cosas que había dejado en casa de sus padres durante años.

—¿Qué haces?

—Quiero que dejes de cargar con responsabilidades que nunca fueron tuyas.

Dejó las llaves sobre la mesa.

—Voy a contratar a alguien para cuidar a mi padre.

Lo miré.

—Bien.

—Y voy a pagar todas las deudas que tengo contigo.

Negué.

—No quiero que me pagues por haber cuidado de tu familia.

—Entonces ¿qué quieres?

Lo miré directamente.

—Quiero que entiendas que el matrimonio no significa que una persona pueda desaparecer y dejar a la otra resolviendo todo.

Gabriel asintió lentamente.

—Lo entiendo.


Pensé que aquello sería suficiente.

Hasta que una semana después recibí un correo.

Era del departamento financiero de la empresa.

Habían revisado los gastos del viaje a Sanya.

Había algo extraño.

Una parte de las comidas y habitaciones de Gabriel y Felicity había sido cargada a una cuenta corporativa.

Pero otra parte había sido pagada con una tarjeta vinculada a nuestra cuenta matrimonial.

Y había un concepto que llamó mi atención:

“Acompañamiento ejecutivo — gastos especiales.”

La cantidad era enorme.

Abrí el archivo adjunto.

Había varias facturas.

Todas firmadas por Felicity.

Y una de ellas tenía una fecha que me hizo quedarme inmóvil.

Era el mismo día en que yo había llevado a mi suegro al centro médico.

La misma noche en que Gabriel me había dicho que no podía cambiar su viaje.


Llamé a Gabriel.

—Necesito que vuelvas.

—¿Qué pasó?

—Encontré algo sobre el viaje.

—¿Qué cosa?

Le envié el documento.

Tardó casi un minuto en responder.

Finalmente escribió:

“Yo nunca autoricé esto.”

Sentí un escalofrío.

—Entonces alguien utilizó tu autorización.

Gabriel respondió:

“Naomi, no borres nada.”

Miré la carpeta.

—No pienso hacerlo.


Esa noche, Gabriel llegó a casa.

Traía su computadora.

—El viaje no fue solo por el contrato.

—¿Qué quieres decir?

Abrió varios correos.

Felicity había estado enviando información financiera de la empresa a una dirección externa.

Y algunos documentos coincidían con operaciones realizadas durante los últimos seis meses.

Gabriel palideció.

—Creo que alguien está desviando dinero de la empresa.

—¿Felicity?

—No lo sé.

Me miró.

—Pero hay algo peor.

—¿Qué?

Abrió un último archivo.

Era un informe interno.

Una de las cuentas utilizadas para recibir transferencias estaba registrada a nombre de una empresa recién creada.

El administrador aparecía claramente.

Naomi Zhou.

Sentí que el aire desaparecía.

—Yo nunca he creado esa empresa.

Gabriel me miró fijamente.

—Lo sé.

Entonces ambos entendimos lo que significaba.

Alguien no solo había intentado separar a Gabriel de su familia.

También había utilizado mi identidad.

Y si ese documento llegaba a manos de las autoridades…

yo podía terminar siendo la responsable de un fraude que nunca había cometido.

Gabriel cerró lentamente la computadora.

—Naomi…

—¿Sí?

—Creo que el viaje a Sanya nunca tuvo como objetivo cerrar ese contrato.

Lo miré.

—Entonces, ¿para qué fueron?

Gabriel tragó saliva.

—Para preparar algo que necesitaba que tú pagaras.

Y por primera vez, las dieciocho llamadas dejaron de ser el centro de aquella historia.

Eran solo la primera prueba de una conspiración mucho más grande.

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